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FOTO: NEWS TRIBUNE. El escurridizo Semaj Booker |
Ayer llegó un cable a la redacción que daba cuenta que un niño de 9 años robó un coche y luego viajó como polizón en dos aviones para ir a ver a su abuelo en Dallas, Texas. Semaj Booker (es el nombre del chico precoz) no tomó gratis un tercer vuelo porque la policía lo atrapó.
Curiosamente, no pude encontrar la noticia en la CNN, ni en The New York Times, ni en The Washington Post, ni tampoco en Los Angeles Times. El que sí traía la noticia era el News Tribune, un periódico de Tacoma, Washington. ¿Por qué? Tal vez la consideraron una noticia menor, anecdótica o muy local. No lo sé, pero a mi no me lo parece.
Que un mocoso de nueve años se ande robando coches ya es de por sí noticia. Sobre todo que no es la primera vez que lo hace, según dice el News Tribune citando a la policía local y a la propia madre del diablillo. El domingo, sin ir más lejos, se robó un auto y la cosa acabó en persecución policíaca a alta velocidad. El chico es un viejo conocido de los sherifs del lugar. “Probablemente aprendió a conducir en los videojuegos”, dijo la mamá, quien por otra parte es toda una ficha como madre, pues al no poder controlar a su hijo pidió que lo guardaran en la cárcel de menores de Tacoma, lo que no fue posible.
Pero que, además, el angelito se robe un coche en Lakewood, Washington, conduzca hasta el aeropuerto de Seattle, se meta a escondidas en un avión de la compañía Southwest Airlines hacia Phoenix, Arizona. Ahí transborde (sin pase de abordar, claro) a otro vuelo hacia San Antonio, Texas, donde es pillado tratando de subirse a un avión hacia Dallas, es noticia nacional. Y no sólo por lo anecdótico.
¿Cómo pudo un pequeño pillo violar los controles de seguridad más estrictos del mundo? No es cosa banal. A Estados Unidos le va mucho en el buen funcionamiento de esos controles después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Washington y Nueva York.
A dónde quería ir el niño es lo de menos (supuestamente a visitar a su abuelo en Dallas). Sus raterías de automóviles y su pericia al volante adquirida en la Playstation tampoco importan gran cosa al lado de lo que pone en evidencia: los tremendos agujeros en la seguridad aérea en los que Estados Unidos ha gastado miles de millones de dólares en lo que va de siglo. Todo para que un pícaro de nueve años se los pase alegremente por Le Arc de Triomphe.
Los periódicos luego se gastan mucho dinero para colar a periodistas en los aviones de forma que se salten los controles de seguridad y luego poder denunciar las faltas. La moraleja de dichos reportajes es: “si eso hicimos nosotros, imaginen lo que pudo haber hecho un terrorista”. Ahora pensemos, sí un niño de 9 años se roba un coche y se cuela a dos aviones, ¿qué no habría hecho un terrorista? A lo mejor a los radicales islámicos no se les había ocurrido utilizar a enanos disfrazados de niños en sus ataques suicidas. De ahora en adelante ya no podremos confiar ni en los pequeños.
En fin, que hasta al mejor editor se la va la la liebre.
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