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En una parada del Tranzalpine, en los Alpes del Sur |
Entre las islas Norte y Sur existe un estrecho de aguas y vientos agitados. Las diferencias entre ambas empiezan por su carácter geológico: la Norte es marcadamente volcánica, la Sur está dominada por los Alpes Meridionales, una cadena montañosa de 650 kilómetros creada por el choque de la placa indo-australiana y la pacífica: tiene 27 picos por arriba de los 3000 metros (el Monte Cook alcanza 3750), y a causa del continuo enfrentamiento entre las dos grandes masas tectónicas, se ha convertido en una especie de elevador express geológico que, si el proceso no cambia, podría hacerla crecer en altura diez veces en unos pocos millones de años.
La combinación de la influencia alpina con la de su australidad provocó que el paisaje de la Isla Sur fuera modelado por el hielo: cada vez que se enfriaba el clima de la Tierra, los glaciares rompían abruptamente las montañas en su descenso hacia el mar; cuando se calentaba, retrocedían. La parte occidental exhibe todas las cicatrices causadas: las montañas son sumamente escarpadas y en donde las corrientes heladas alguna vez alcanzaron el océano, ahora hay impresionantes fiordos que navegan barcos que se antojan minúsculos junto a las altas cumbres que se elevan desde el agua más de mil metros en ángulo de noventa grados.
Para ir de Christchurch, la ciudad más grande de la Isla Sur, en el este, a Greymouth, un pueblo en el oeste (esta región fue siempre la de más difícil acceso y sólo se abrió comunicación terrestre en los años sesenta. Según me dijeron, a causa de ello su población es ruda y áspera. A mí me parecieron muy cordiales y simpáticos, como suelen ser los kiwis en general), hay que atravesar los Alpes del Sur o Alpes Meridionales. Eso se hace en un tren panorámico, el Tranzalpine, que corre al pie de picos nevados.
Ahí conocí a la guapa Sally, mi compañera de asiento... que en principio luce como una tranquila señora kiwi, pero que en realidad es una aussie que tuvo aventuras increíbles en su juventud, cuando vivió dos años en África trabajando en reservas de vida salvaje o en lo que fuera. Ahora, cuando su hija se fue de vacaciones con sus amigas a Hong Kong y regresó con la foto de un guapo chinito, Sally se dio cuenta de que ya podía empezar a liberarse de algunas de las ataduras de la maternidad y, para empezar a estirar los músculos, se vino a NZ a recorrerla en bicicleta. Es una aventurera inquieta que regresa a los polvos del camino. ¡Bienvenida!
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