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Para nosotros, los kiwis son unas frutas deliciosas. Pero a los neozelandeses les gusta llamarse a sí mismos kiwis y no los hace muy felices descubrir que el mundo no los relaciona con el ave terrestre que es el símbolo de su país, la kiwi (a la que nadie conoce en el mundo exterior y que no es especialmente atractiva), sino con un cítrico peludo que ni siquiera es de allí, sino de China: un empresario local consiguió adaptarlo al medio ambiente de las islas y, para vendérselo al mundo, desechó el poco carismático nombre inglés de gooseberry (frutilla del ganso) y lo cambió por kiwi.
Efecto imprevisto: su éxito fue tan amplio que la fruta se comió la identidad nacional.
Pero ni vegetales ni personas: si hay algo omnipresente en Nueva Zelanda, eso son las ovejas, hay catorce por cada ciudadano. La imagen más repetida en las islas es la de una campiña extensísima de variados tonos verdiocres (fondo de montañas cubiertas de nieve), con largas vallas de madera y grandes rebaños de animales de pelaje blanco, madres pastando y grupos de ovejitas infantiles que juegan a saltos. Parece broma, pero la contribución de Nueva Zelanda a los humos que provocan el calentamiento global no deriva de los vehículos ni de las industrias (escasas), sino de los gases intestinales que producen estos ovinos. Un impuesto que se les pretendió imponer para reducir o controlar tan olorosas emisiones fracasó cuando los granjeros amenazaron con derribar al gobierno.
Auckland es lo más aproximado que hay en Nueva Zelanda a lo que conocemos como una gran urbe cosmopolita (1.4 millones de personas; lo que para ellos es tráfico y criminalidad, para los chilangos es una broma infantil). Pero es la puerta de entrada al país y también la primera muestra de los deportes de aventura que abundan en el país. El salto de bungy alcanza aquí otra dimensión, pues se realiza desde la burbuja giratoria en lo alto de la torre de televisión Sky City de 308 metros de altura. También es posible escalarla.
La oferta de vida nocturna es decente e incluye uno de los bares del mundo con menor tiempo de estancia promedio de sus clientes, 30 minutos como máximo, porque está completamente hecho de hielo (hasta los vasos) y se llama Menos 5º. La actividad preferida atañe más al espíritu marinero y en la “Ciudad de las Velas” afirman tener el mayor número de embarcaciones per cápita en el mundo (la Copa de las Américas, el principal premio mundial de veleo, estuvo aquí desde 1995 hasta 2003, pero el campeón kiwi, Russell Coutts, navegó ese año bajo la bandera suiza y al vencer, se la llevó a ese país sin mar).
Auckland, como todo en la Isla Norte del archipiélago, está marcada por las erupciones y fue construida sobre siete volcanes… muy pequeños, sobre todo si se los compara con el que dio origen al lago más extenso del país, el Taupo, un enorme cráter de más de cien kilómetros de circunferencia en el que dicen que tuvo lugar la mayor explosión volcánica registrada, a fines del primer milenio. En algunos manuscritos chinos se mencionan grandes resplandores rojos al sureste.
Nueva Zelanda está muy abierta a los visitantes y a muchas nacionalidades, como las latinoamericanas, no se les exige visa para entrar. De todos modos, tienen su manera de dar lata. Todo el mundo debe tener un vuelo confirmado de salida del país para ser admitido. Desde que uno llega, hay montones de policías revisando a los pasajeros cuando apenas salen del avión. Muy al estilo kiwi, con sonrisas y amabilidad. Al pasar migración, a la oficial le pareció extraño que mi pasaporte tuviera tantos sellos y visas (me quedan muy pocas hojas libres) y me mandó allá atrasito para que me investigaran más a fondo. Ahí estaban también como siete personas: tres alemanes, un francés con su novia kiwi, una pareja china de edad (pobrecitos, hablaban muy poco inglés), y se nos hacía un muy amable (todo aquí es amabilidad) interrogatorio. ¿A qué vienes, por cuánto tiempo, a qué sitios turísticos quieres ir, los puedes mencionar por favor, cómo vas a ir ahí, sabes si se llega en tren o si hay nieve ahí?, porque es una playa y nieve no vas a encontrar, o es al revés…
Por fortuna, en el avión venía una chica kiwi muy entusiasmada en detallarme los lugares que yo debía visitar y les pude dar un discursillo a los guardias. Checaron mis tarjetas, mi efectivo y se quedaron satisfechos. Bienvenido a NZ, disfruta tu viaje.
Tres segundos después, al recoger mi equipaje, dos policías con quienes ya había hablado mientras esperaba mi interrogatorio, volvieron a hacerme las mismas preguntas y a checar mis papeles. Qué onda guys, saben perfectamente que acabo de responder a esto mismo por 20 minutos, oh, no te preocupes entonces mate, esto durará menos… ¡Diablos, a mi amigo Sonsón, quien una vez fue devuelto de Canadá por no responder bien en migración, ya lo hubieran puesto con sus guajolotes en el vuelo de regreso!
Y después... ¡control de bioseguridad! Te preguntan en qué países has estado, si acampaste, si traes tu tienda de campaña y si mis botas traen lodo asiático, por suerte ya no me quedaban frasquitos de mole porque me hubieran multado con 2000 dólares por introducir comida a sus islitas…
Ya en Auckland todo fue mejor. Mi amigo Mac, el inglés con el que viajé por Tanzanía y Kenya hace ya un año, me contactó con Sara, una amiga suya que me invitó a una fiesta en su casa, la gente compró cerveza Corona y tequila y se pusieron a mirarme un poco sorprendidos de que yo no trajera un big sombrero. Todos muy elegantes y perfumados… Según parece, es una cosa muy kiwi eso de ponerse guapísimos para salir, los únicos con camiseta éramos Dan, un diseñador londinense muy simpático, y yo. Dan dice que los kiwis nunca beben entre semana, pero en viernes y sábados lo hacen hasta morir, y que si se van a morir, quieren estar bien vestidos. En cambio, dice Dan, los mexicanos y los ingleses bebemos en cualquier oportunidad y no necesitamos de ceremonias. La consecuencia de tomarnos las cosas sin tanta formalidad es que, después de pasar por otra fiesta (el cumpleaños de un hombre de unos 60 años que es una bomba de energía, tremendo, y los asistentes eran personas de todas las edades, desde veinteañeros hasta muy respetables doñas con abrigos largos… tiene una gran colección de sombreros y nos dejó payasear con ellos), terminamos en un club nocturno en donde no nos dejaron entrar… a Dan por la camiseta, a mí por traer botas de montaña. Leighton, un amable kiwi mitad maorí, trató de sacar a la gente del antro para ir a otro, pero nosotros preferimos irnos… eran las 5 am, suficiente para una primera noche en Auckland.
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