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Volví a Donostia (San Sebastián), en la península ibérica. Otra vez en invierno, pero esta vez no llevaba en mente encuentros con el majestuoso océano Atlántico, en la parte que corresponde a Vizcaya. Regionalismos aparte, es el mismo y único tremendo oceanote desde Inglaterra hasta América.
Esta vez el móvil del viaje hasta allá fueron un par de “tocadas”, un par de palomazos roqueros (ruckeros), un saldo pendiente del año anterior en las entrañas de aquella magnífica operativa, bella y disfrutable ciudad, sin prisas, sin miedo (fíjense lo que estoy afirmando, sin miedo).
No obstante, el océano mismo se encargó de gritarme ¡oye gilipollas, yo estoy aquí, no puedes ignorarme, no te puedes hacer p...! Esta ocasión la visita resultó ser más íntima, “recogida”. Lo sorprendente es que así se encontraba en general la sociedad donostiarra, más “recogida”, son los ciudadanos de una de las ciudades importantes del polémico País Vasco.
¡Qué impresionante es captar en la calle, en los bares, cafés, tertulias, “tocadas” la conciencia ciudadana, la reflexión de su destino común, con sus peculiaridades, el legítimo derecho a ser peculiares, es todo, al tiempo de reprobar uno sí y otro también la imbecilidad de la última acción criminal de ETA. Se trata de una sociedad cosmopolita, con un nivel y calidad de vida bastante uniforme con muy altos mínimos de bienestar social.
Mis anfitriones fueron un profesional de la comunicación, experto en técnicas de medición de mercados y/o de públicos y una doctoranda en comunicación de la ciencia. Esta última, se perfiló como una eficiente profesional en convocatorias para las tocadas, incluyendo las suyas, ¡desde luego!
Pero tuve otro tipo de anfitriones, aquellos que conocen los rincones de la ciudad, de las sidrerías, de los reventones “nacionales” (tamborradas y esas cosas), de los bares, de los alimentos variados y sustanciosos, de los signos, los símbolos, las señales, de la historia.
Para mi suerte, todos ellos y ellas hicieron algo parecido a un círculo de protección, porque a mí se me da enrollarme con quien sea. Curioso y significativo es que se trata de ciudadanos europeos, y se sienten y saben tan vascos como el más milenario, eso es algo que no debe soslayar nadie.
Así, de bar en bar, de terraza en terraza, de tocada en tocada escuché del derecho a una lengua: la tienen, y la ejercen. No existe prácticamente un letrero de calle, de tienda o gran almacén cuyos anuncios no estén en euskera, y tampoco a nadie que se resista a comprenderlo con mayor o menor intensidad. Y sí, en efecto, el euskera no se parece a ninguno otro idioma.
En las inacabables charlas, de persona a persona o en tertulia, surgían elementos para formarse una opinión informada: el Olantxero es acusadamente más antiguo que cualquier papá Noel o Santa Claus, y más sensato, si te portaste bien el robusto vasco con su chapela (boina) te regala dulces y si te portaste mal carbón, para que por lo menos no pases frío (hoy día es simbólico, el carbón también es dulce). No existen majaderías en la lengua euskera. Hay vestigios en Atapuerca de habitantes humanos (Homo ancestor) por lo menos hace 800 mil años. Cuando Carlo Magno pasó por aquí ya había una sociedad formada y sólida. Todo eso nadie, ni un Aznar se los va a quitar.
Confrontando mi reflexiones con la naturaleza, una mañana límpida y fría caminé con una amiga por los farallones del “Paseo Nuevo”, allá adelante se veían las olas invadir el camino. “Nos vamos a mojar”, qué importa. Un par de chiquillos lo hacen vigilados por su abuelo. Ahora que lleguen a casa dirán las “tías” al abuelo: “mira como traes empapados a los chicos” y el abuelo responderá: pero cómo se han divirtido. Por la madrugada, después de la tocada Stefano, Luca, Claudia y su servidor vimos una ola tremenda invadir la calle.
“Míra Rolando, las olas que te gustan recordó Stefano mi colaboración en El Universal on line de hace un año, ¿nos mojamos? dije yo. Y eso hicimos, no lo podrá borrar el estallido de ETA, bastante distinto y absurdo comparado con los estallidos de las olas del tremendo océano y la explosiva generosidad y alegría del plural pueblo vasco, sin miedo.
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