Por Javier Távara
Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, llegaron a España desde Ecuador a buscar trabajo y tranquilidad, al igual que muchos otros latinoamericanos. La muerte les sorprendió echando una cabezada en el aparcamiento de la Terminal 4 del madrileño aeropuerto de Barajas. Una potente bomba dejada en un furgón por los terroristas de ETA acabó con sus vidas y con sus sueños el pasado 30 de Diciembre.
Carlos, obrero de una fábrica de plásticos, de 35 años, murió por solidario. Su amigo Hernán tenía que viajar desde Valencia hasta Madrid para recoger a su mujer, que venía de Ecuador. Y Carlos no quiso que su amigo hiciera solo el viaje de 350 kilómetros, así que decidió acompañarle. Tal vez creyó mejor dejar a solas a la pareja en su reencuentro y quizás le dijo a su amigo: vaya usted compadre a recoger a su mujer, que yo les espero en el carro echando una cabezadita. Esa decisión le costaría la vida.
A Diego le costó la vida el cansancio. A sus 19 años trabajaba de albañil. Este duro oficio no le quitaba las ganas de disfrutar de la vida y la noche anterior –viernes- había estado con Verónica, su novia, bailando salsa en una discoteca latina. Ella tenía que recoger a su madre en el aeropuerto. Diego la acompañó pero decidió esperar en el carro durmiendo. En la Terminal 4 de Barajas, el tiempo que transcurre desde que un avión aterriza, hasta que el viajero puede salir a encontrarse con los suyos, alcanza las dos horas. Diego debía saberlo, así que prefirió echar una cabezada hasta que llegara su suegrilla. Murió por eso.
Ni a Carlos ni a Diego se les pasó por la cabeza que ir al aeropuerto fuera lo último que harían en la vida. Unos miserables que desde hace 40 años han convertido su malestar identitario en una guerra contra el Estado español, decidieron darle al gobierno de Madrid un escarmiento por la supuesta falta de avances en lo que ellos llaman la solución del conflicto político vasco. Los de ETA decidieron también avisar, para no pasarse en el escarmiento. Pero no se privaron de colocar centenares de kilos de explosivo en un lugar público, como es el aparcamiento de un gran aeropuerto, utilizado por millares de viajeros que dejan allí sus automóviles. No se pudo evacuar a todos los que allí se encontraban. La fuerza de la detonación hizo que el edificio del aparcamiento colapsara y se llevara la vida de los dos modestos trabajadores ecuatorianos.
Costó varios días dar con los cadáveres de los asesinados y tras muchas horas de esfuerzo, los bomberos pudieron sacar los cuerpos del amasijo de hierro y cemento para entregarlos a sus familiares, quienes decían a la prensa no saber nada del tema vasco y que sus muertos sólo habían venido a España a buscar mejores condiciones de trabajo. Carlos y Diego tenían la documentación en regla tras haber obtenido la autorización de trabajo y residencia durante la última regularización, terminada en 2005, en la que el gobierno concedió los papeles a los inmigrantes que trabajaban “de ilegales” en España.
El Presidente Rodríguez Zapatero había efectuado unas declaraciones asombrosamente torpes el día anterior a la detonación. Zapatero se mostraba optimista con la marcha del proceso y quitaba hierro a los indicios existentes sobre la vuelta de ETA a las armas. (Lo comentábamos aquí hace un mes, hablando de ETA, del alacrán y la rana.) La tremenda bomba de Barajas pilló al Presidente con el pasó cambiado y ni siquiera atinó a romper ipso facto el llamado proceso de paz.
Al menos, Zapatero ordenó a su gobierno atender al máximo a las familias de las víctimas. Los familiares directos de Carlos y Diego obtendrán la nacionalidad española, una cuantiosa indemnización y trabajos fijos. Parece un sarcasmo que ahora que están muertos el Estado conceda a sus familiares derechos que las víctimas apenas disfrutaron en vida, pues tuvieron que trabajar precariamente y sin contratos durante el tiempo que carecieron de permiso de trabajo. Tampoco tenían contratos de trabajo indefinidos como los que tendrán sus deudos. Viendo el tiempo en que han estado los familiares de Carlos y Diego en los noticieros españoles, acompañados de los principales líderes políticos, me viene a la memoria la canción del papalote, de Silvio Rodríguez: Pobre del que pensó, pobre de toda aquella gente, que el día más importante de tu existencia fue el de tu muerte.
Carlos y Diego fueron enterrados en sus lugares de origen, en Ecuador. Sirva este escrito de homenaje, modesto pero sincero, a la memoria de estos dos hombres. Descansen en Paz.
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