CUANDO DESPERTÉ la mañana del seis y crucé la cálida habitación para dirigirme hacia la sala con piso de madera, no encontré mi acostumbrado regalo de Reyes Magos. "No puede ser, pinches Reyes Magos, ¿cómo pueden hacerme esto?". Esperaba -como siempre, en vista de que me he portado lo bastante bien- una mujer como sucede en las películas: envuelta en celofán, escasa ropa, cabello largo, de veintitantos, sonrisa impregnada de lúdicos futuros y con su dedo índice diciéndome: "Ven, ven..."
Pero no. Encima he perdido las gafas, y como soy muy métodico para todo -incluso para el dolor- me senté en el sillón rojo a leer el periódico, y luego, a llamar por telefóno a todos mis amigos para conocer cuáles fueron los obsequios que recibieron esa mañana. El regalo más extraño lo recibió Melquiades. Dice que cuando amaneció no sabía que era Día de Reyes, pero cuando entró al baño halló junto a la taza un par de muñecas inflables (de esas que casi hablan tres idiomas y bailan Reggaeton).
Lo primero que supuso -me dijo- es que se trataba de los juguetes de su hermano que los había escondido en ese lugar para espantarlo, aunque enseguida lo descartó por inviable. Luego creyó que las había raptado de la fiesta de la noche anterior y que con la borrachera no se acordaba de nada.
En ese momento sonó el teléfono.
- ¿Sí?
- ¿Oye, imbécil, qué te pasa? ¿Por qué me dejaste en la casa del Nacho? -le gritó una mujer al otro lado del auricular. Era su novia.
- ¿Qué?
- Sí, idiota. Subiste al cuarto de tu cuate, te quedaste un buen rato allá arriba y cuando fui a buscarte ya no estabas... Me dijeron que te habías fugado con un par de muñecas.
- Ah... ¿sí?
- Yo pensé....
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