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REUTERS. Fidel Castro y Augusto Pinochet en Santiago de Chile |
La muerte del tirano Augusto Pinochet tuvo consecuencias para mi bolsillo: perdí una apuesta. Dije que iba a morir primero la otra cara de la moneda de las dictaduras latinoamericanas: Fidel Castro. Pero no, le ganó Pinochet.
La semana pasada preparamos en la redacción unas páginas especiales para el caso de que muriera alguno de los opresores a horas intempestivas y no tuviéramos tiempo de reaccionar. Y todo parecía indicar que el barbudo caribeño dejaría este mundo cruel antes que el prusiano del Cono Sur.
Para empezar, fluía información de lo que le sucedía a Pinochet, por más que al principio hubo quien dijo que era un montaje más para eludir la acción de la justicia. Mientras que en el caso de Castro, su estado es una caja negra de la que no sale ninguna noticia de su estado de salud. Y la información que venía de Chile decía que el ex dictador que nunca se arrepintió se estaba recuperando. Unas dos horas antes de que falleciera, un parte médico informaba que estaban a punto de darlo de alta, pero sorpresas de la vida, una descompensación (lo que sea que eso signifique) se lo llevó al otro barrio.
Lo curioso del asunto es que ambos dictadores se conocieron cuando Fidel ya era Fidel y Pinochet fungió como su guía (su gato, dice una colega) durante la estancia del cubano en Santiago de Chile, en la época del gobierno de la Unidad Popular.
Es probable ambos militares sondearan sus diferencias en ese momento y se odiaran a muerte. Castro era un comunista tropical, desordenado en sus hábitos (vivió de noche durante toda su vida, dicen) y su afición por la vestimenta militar se limitaba a un desaliñado uniforme verde oliva que igual podía ser de comandante que de soldado raso. Era un soldado salido de la guerrilla, mientras que el puntilloso Pinochet era un enamorado de la parafernalia prusiana, con sus uniformes vistosos de portero de hotel, fanático de la disciplina y el ritual castrense. Tienen que haberse odiado nada más conocerse. Aunque uno de nuestros corresponsales a quien no cito por su nombre porque no le pedí permiso para contar la anécdota, trató por razones del destino que no viene a cuento contar aquí a Pinochet antes del golpe de Estado y dice que el tipo tenía un trato amable y sentido del humor. Luego demostró que tenía también otras “cualidades” como la de torturador y asesino, pero eso no se podía adivinar en una charla y menos con un maestro de la simulación como Pinochet, que engaño a su jefe Carlos Prats y al presidente Salvador Allende, quienes le dieron toda su confianza y a quienes luego traicionó.
Pero volviendo al tema. Qué hombres más diferentes. Uno comunista y el otro fascista. Uno tropical y el otro austral. Uno desaliñado y el otro figurín. Ambos dispuestos a mandar asesinar a quien tuviera la ideología del otro.
Y al mismo tiempo qué parecidos: militaristas, represores, tiranos y fanáticos los dos.
Como quiera que sea, si sus ideologías los separaron después de ese encuentro en Chile en los años 70, en la primera década del siglo vuelven a compartir algo: el lecho de muerte. (Ya se que Castro no se ha muerto, al menos oficialmente).
¡Qué no descansen en paz! No se lo merecen.
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