|
Pingyao es la estampa persistente de la China pre-Deng (Deng Xiao-ping fue el líder que lanzó el proceso de apertura y modernización a la muerte de Mao). Es un antiguo pueblo amurallado de callejuelas polvorientas, casas al estilo tradicional --portones semiabiertos permiten ver pasillos resguardados por emblemas de buena suerte--, edificios bajos --¡qué alivio olvidarse de los rascacielos!--, bicicletas, triciclos y muchos niños juguetones.
Jugamos pool en mesas de billar agujereadas, una zapatera callejera arregló nuestras sandalias --¡una maestra!, revivió hasta las de Kazzy que ya son muertas en vida-- y jugamos badmington con jóvenes chinas.
Pingyao fue capital imperial en algún periodo antiquísimo. No es Xian ni Beijing, sino mucho más pequeña y provincial, que es precisamente de donde viene su sabor: un grandiosidad milenaria y prudente, como quien tiene mucho pero lo muestra poquito a poquito, sólo cediendo a las solicitudes del visitante.
Hacia nosotros tuvo un gesto muy especial, sin embargo. Perdidos por aquí y por allá, llegamos a un patio de la muralla en el que unas 300 personas ensayaban una gran representación inspirada en el esplendor antiguo: enormes tambores, cientos de soldados con lanzas, funcionarios imperiales y bellas cortesanas. Pudimos movernos libremente para apreciar el espectáculo desde diversos ángulos. Y sentirnos parte de él, del Pingyao de tiempos de gloria que nos halagaba con sus lujos como nos había abrazado en su humildad.
|