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La tarde de ayer recibí un e-mail de parte de una europea judía molesta por unos comentarios que hice sobre un texto de propaganda barata del extremismo judío que ella me había pasado. En su opinión, yo no debería tener amistad con judíos ni israelíes.
Su actitud es una de ésas que serían utilizadas para justificar los prejuicios antisemitas. Sin embargo, para su disgusto, mi relación con judíos e israelíes no puede ser determinada por extremistas. Casualmente, poco antes de leer e incomodarme con su perorata, shalom!, había sido invitado a participar de una cena de sabbath por tres amigos: Vanessa Pardo, una guapa franco-israelí de origen sefardí --por eso es que su nombre parece hispano--, y Oshri y Yitzhak, un joven matrimonio de Jerusalén que se autodescribe como judío-ortodoxo (aunque ni para mí ni para Vanessa encajan en la imagen que tenemos de los ortodoxos).
Cocinaron, cantaron y rezaron en hebreo, y después de una cena deliciosa --totalmente kosher, por supuesto-- nos relajamos en una larga plática sobre el servicio militar israelí, que los tres hicieron (los judíos de otros países, como Vanessa, pueden reforzar sus vínculos con Israel al hacerlo completo o en parte; su tarea en el ejército era de una especie de "guía turística": coordinar a los judíos extranjeros que iban a hacerlo por periodos cortos, dos meses o algo así; me sorprendió cuando me dijo que el grupo nacional más numeroso, por mucho, era el de judíos mexicanos, que le contaron que entre la comunidad judía mexicana tiene mucho reconocimiento ir a hacer el servicio a Israel: según ella, "todos los jóvenes lo quieren hacer").
Los hombres hacen tres años de servicio y las mujeres dos. Es en serio, no el simbólico cotorreo que es el de México: vivir en cuartel, entrenamiento rudo y, en casos como el de Yitzhak (aunque no entramos en detalles), combate: disparar y recibir disparos, matar y saber que en cualquier momento te puede tocar. (Claro que no a todos les toca ser combatientes, muchos hacen el servicio en tareas de logística o administrativas, como Vanessa y Oshri.)
Algunos dueños de restaurantes y hoteles en el Sudeste de Asia se quejan de los israelíes: más allá de particularidades culturales, después de tres años de régimen militar, los chicos se van de vacaciones ansiosos de libertad y reventón, y algunos tienen actitudes que no les ganan muchos puntos en los concursos de popularidad.
Como suele ocurrir, es el mal comportamiento de unos cuantos el que les crea mala fama a los demás. Con los que estuve ahora son sosegados, amables y abiertos (mis amigos israelíes de Yangshuo, Uri, Kiki, Matan y Amir, tampoco parecen tener las marcas que uno supone que debe dejar la guerra y convivir con ellos es muy agradable; aunque algunos grupos de israelíes se aíslan de los demás viajeros, otros son muy abiertos e integradores). Yo no lo puedo comprender (no me veo como militar), pero los tres que conocí aquí en Xian parecen haber disfrutado mucho el servicio, la pareja se conoció mientras ambos lo hacían; Yitzhak, además, hizo lo que describe como sólidas amistades entre sus compañeros de unidad. Supongo que tiene que ver la mística de cumplir con la forma en que perciben el deber hacia su país. (El problema, desde mi punto de vista, está en quienes aceptan que cumplir con el deber hacia el país --cualquier país-- demanda o justifica la comisión de actos humanamente reprochables, pero éste no es un tema que traté en esta ocasión, en ello consumí mucho tiempo con los de Yangshuo.)
Otro amigo no lo hizo: se las arregló para pasar por loco. Fue al psiquiatra militar, que de entrada le dijo ni creas que me vas a convencer, pero él había recibido asesoría de una ONG pacifista y al final demostró su presunta "insanidad mental". ¡Mejor que meterte al cuartel o ir a la cárcel!
La cena de sabbath es en viernes (yo suponía que al día siguiente) y se trata de preparar el propio sabbath (sábado), cuando se supone que nadie puede trabajar (porque Jehová descansó, según entiendo). Los ortodoxos ni siquiera deben usar tecnología. Si están de viaje, lo suspenden. Si están en la oscuridad, no pueden encender la luz ni "casualmente" hacerte saber que necesitan que la enciendas. Ya si tú lo haces por tu cuenta (Kazzy se la pasó hoy encendiendo y apagando luces por donde ellos andaban), pues qué bien.
En todo caso, resulta difícil ser judío observante de los preceptos religiosos y viajar: no pueden comer en la mayoría de los establecimientos, tienen que arreglárselas para conseguir los productos adecuados, viajar con cazuelas propias, pedir que los dejen cocinar. Bueno, imagino que le debe ir peor a un vegetariano en Argentina. O a un comedor de guacamole y salsa de chile de árbol en China, como yo. Pero no es así para mí: desde el principio del viaje, supe que la nostalgia por la comida mexicana sería una de mis debilidades y la cancelé eficazmente, a pesar de que nunca falta otro viajero occidental que se emocione al decirte cómo le gustan las quesadillas y las chimichangas. Cuando consideras que es dios (o tu gurú new age de Tepoztlán) quien te ha dicho lo que se vale comer y lo que no, aplica la ley de Herodes.
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