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El anómalo frío me ha estado dando de palos en la salud. Las gripes, influenzas, son cada vez más virulentas o a mí me pegan fuerte. Sin embargo, no tanto como para no correr riesgos. Uno de ellos fue una sorpresiva invitación del doctor Franco para que condujera el evento de su último informe al frente del Instituto de Astronomía, y por ende, del Observatorio Astronómico Nacional. Con el moco a cuestas y gustoso acepté.
En los “últimos informes” de los dirigentes de institutos o centros de investigación científica, relevante y competitiva internacionalmente es casi una tradición que esté presente el Rector de la UNAM, en este caso el doctor Juan Ramón de la Fuente, un personaje público indiscutible, pero fundamentalmente el gran concitador de la reconstrucción de la muy zarandeada Universidad Nacional Autónoma de México de hace siete años.
Es reconocido públicamente el saldo a favor de Juan Ramón de la Fuente. Recibió una Universidad convertida en una barricada con alambre de púas y respetabilísimos académicos vejados. A los universitarios nos representó el reto de ser objetivamente universitarios, servir en el exilio a la institución de educación superior e investigación científica del Estado mexicano, por la Constitución, por la historia y por antonomasia (por contrato social).
Aún falta un año para el término de su gestión, pero ya contamos con la Universidad Nacional más prestigiada, de calidad, competitiva de Iberoamérica, en las grandes ligas de la producción de conocimientos nuevos, de frontera en el mundo global. Un prestigio y una imagen ganada por toda la comunidad unamita que regresaba “del exilio” al campus. El doctor de la Fuente ha concitado con entusiasmo y complicidad el gran esfuerzo de revertir el desprestigio real y el de la propaganda negra deliberada de sus enemigos.
En ese contexto, a mi me pareció que si se sabía públicamente que en esta Universidad se producía más de la mitad de la producción científica competitiva, de impacto internacional, debíamos compartir también con la sociedad civil, con los ciudadanos, cuáles investigaciones, hechas por cuáles investigadores, cuáles institutos o centros de investigación, y con le derecho de poder comprender todos mínimamente de “que cosa” se trata.
Mucha gente, de todas las clases sociales y sabores, cree equivocadamente en la falsa disyuntiva ciencia pura vs. ciencia aplicada. Y en esta ambigüedad de percepción social de la ciencia, pensaba yo como divulgador de la ciencia académico y profesional, que la astronomía era un “flanco frágil”, su investigación de frontera aparentemente está más allá desde las 200 unidades astronómicas hasta miles de millones de años luz de distancia “de los problemas nacionales”.
También pensé que, frente al flanco frágil, por otro lado, la astronomía es una fuente inagotable de “temas misteriosos”, es “inquietante” para los auditorios mediáticos. Así que me pareció suculento contribuir a la información pública de los avances de ese instituto de investigación durante estos últimos tres años.
Parte de mi profesionalización como divulgador de la ciencia ha sido responsabilizarme de conducir actos públicos, desde la noche de los tiempos. Así que estaba yo cumpliendo con mi parte final del libreto como “vocero” en la gestión del doctor Franco. Di la bienvenida a los presentes, por supuesto destacando la presencia del rector de la Fuente y el doctor Drucker Colín, coordinador de la investigación científica. El acordeón acordado con Pepe decía que habría la proyección de unos videos, el informe del director del Instituto y luego invitar al rector y al coordinador a tomar su lugar en el presidium, pero… ‘ora sí que Juan Ramón se salió del guión, me pidió el micrófono y prefirió mejor sentirse a gusto ahí abajo, con los cuates, caminando por todo el frente, como cuando entre pares se presenta un avance en la investigación en la que se está ocupado.
El rector destacó el buen prestigio nacional e internacional de los astrónomos de la UNAM, de los importantes proyectos del Instituto en consorcios internacionales de astronomía, de la tecnología y procesos de gestión para la fabricación industrial de instrumentos astronómicos que han generado los académicos del instituto (o sea, tecnología de punta).
Pero con gran tristeza coincidieron ambos en que no se forman suficientes investigadores jóvenes. Y sí, de nada servirían contundentes avances si no habrá continuidad en el futuro. Formar investigadores es una responsabilidad social, de todos nosotros, no sólo responsabilidad de los académicos.
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