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Un instituto o centro de investigación científica no es de otros mundos, no son monasterios o claustros donde los pastores de hombres están encerrados en sus celdas meditando. Tampoco son necesariamente unas largas mesas con estufas de gas de un solo quemador, con unas ollas de vidrio surrealistas, con líquidos burbujeantes de color de gelatina o agua de jamaica.
Sí son lugares que requieren de espacios vitales para cada individuo, para la reflexión, sí, más no sólo. Los cubículos también son modestas salas de visitas y también hay “salas de juntas” donde no hay gerente ejecutivo al cual rendirle cuentas. Son lugares y reuniones donde sin mucha, más bien nada, de ceremonia se cuentan, se narran los pensamientos, apoyados por esquemas, antes en pizarrones, no hace mucho todavía con acetatos rayoneados con plumiles y hoy con el power point se dicen lo que se piensan los iguales, los “pares” y eso incluye a los estudiantes. Y si vamos más lejos, a mí me consta, que si alguien del público se entera y se cuela a una de esas reuniones colectivas, nadie le dirá nada.
También hay los momentos, los pretextos para chismosear, para hacer lobby, para echar un chascarrillo. De hecho, los chascarrillos parecen el pan de cada día, las guapas, los tímidos, las mandonas, los mamilas, al que nadie soporta, pero ante estos singulares e infaltables personajes el comportamiento es el políticamente correcto, ¡claro que también hay problemas de personalidades! En resumen, es la vida común de tu trabajo, lector, del mío, del de ella, ellos.
Flota en la atmósfera el respeto y la admiración por los viejos y viejas lobas. No abundan reverencias ni el nivel de conocimientos, ahí lo que entra en juego es el “don de gentes”. Sí, para hablar con esos sabios en el más humilde sentido de la palabra es porque se tiene algo qué decir, o qué preguntar, despertarles el interés por tu pregunta más que por tu persona o apariencia.
Los jóvenes dirían como con una papa en la boca, o sea… puros “nerds” ¡Falso de toda falsedad!, es en ese sentido de las personas o los grupos, la “gregareidad” (diría un espeso) es una réplica de la escuela, sea kinder, primaria, prepa, oficina o club, hay de todo.
Bueno, pues imagínense que un día me dicen que he sido elegido por insaculación, con y otras más, para que recibamos unas pláticas y organicemos un simulacro de evacuación por alguna amenaza natural o causada por negligencias o accidentes. Ahí está el doctor, el técnico académico, la jefa de departamento, la administrativa, los de servicios generales… Tenemos que organizar la evacuación porque decidimos que hay un sismo… No falta el chascarrillo que expresa que cuando realmente tengamos que evacuar en ciudad universitaria es porque el DF ya no existe. La “amenaza” la consensamos después de recibir un seminario dado por bomberos y expertos en prevención de todo tipo de amenazas improbables pero no imposibles.
Para no hacérselas más larga, a cierta hora convenida había que empezar a echar chiflidos desaforados a falta de silbatos (más realista digo yo) y en menos de un minuto pasar por todos los cubículos, laboratorios, salas de juntas, cada responsable su ruta. Había que irrumpir “con tranquilidad pero con firmeza” (yo pienso que como forajido profesional, “levanta las manos, no grites, lárgate por ahí o te disparo)… ¡Se imaginan abrirle la puerta sin tocar al los doctores y doctoras Poveda, Peimbert, a la Dultzin, Julieta Fierro, Margarita Rosado, Jorge Cantó, Salvador Curiel similares y conexos “levantése con traquilidad y rápido, vayan por esa puerta, diríjanse al pasillo y salgan”.
No sonó la alarma, reaccionamos dos minutos tarde, sacamos a todos a las marcas de reunión verdes, en tres minutos… El terremoto acabó con buena parte de la comunidad astronómica de México, quedaron bajo los escombros; es posible que algunos hubieran quedado junto a su escritorio a salvo, pero atrapados bajo enormes vigas de concreto encima del pequeño nicho en el que respiran polvo.
Bueno, era un simulacro y todos lo hicieron muy bien. Son muy discutidores, pero esta vez sólo uno discutió y nos mandó al diablo. Si hubiéramos sustituido la alarma a tiempo, dos minutos antes, sólo habríamos tenido la baja de “el mamón”. Habría que hacerlo todos hasta que salga bien, es la cultura de la prevención… que no tenemos.
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