Por Ricardo Tapia
Bruselas, Bélgica. No hace mucho publiqué un texto (disculpen la megalomanía) donde hacia una analogía entre la red y el Aleph; la invención literaria de Borges que a mi gusto reflejaba (con las debidas proporciones) lo que es el Internet: un punto que contiene todos los puntos; un punto donde cada cosa es a su vez un número infinito de cosas.
El texto versaba sobre esa doble dimensión del ciberespacio: la virtual (que en sentido estricto tendría que ser la única) y la otra, la que abonada a lo virtual, permite abordar un avión con un billete que en su origen carece de cualquier valor en el mundo real.
Es este fenómeno que abre el universo a través de una pantalla, el que me parecía extraordinario.
Digo me parecía porque mi última crisis informática ha dado al traste con todo.
Cuando los hombres de Belgacom (mi proveedor de Internet) me explicaron algunos tecnicismos básicos en el funcionamiento de la red me obligaron a replantearme la idea.
He aquí mi descubrimiento.
Resulta que nuestras llamadas a Internet transitan por operadores que pueden conocer nuestros actos en fracción de segundos. Esta intrusión según entiendo, es posible gracias al número de identificación de nuestro puesto de trabajo; nuestra dirección IP (Internet Protocol.)
Con esta información, nuestros proveedores de acceso pueden determinar no sólo qué sitios hemos visitado sino qué elementos de sus páginas hemos descargado.
Con esto sólo falta que alguien decida (contra la ley o amparado por ella) dirigirse al proveedor para conocer nuestro estado civil, nacionalidad, correo electrónico, aficiones sexuales, tendencias políticas y por si fuera poco, nuestro número de cuenta bancaria.
Esto ya sucede en algunos estados (léase dictaduras, como la China o la Cubana) que van utilizando estas huellas para ejercer un control absoluto sobre la red.
El peligro comienza aquí, porque esta práctica (que parecería endémica de estos regímenes indeseables) no lo es en lo absoluto; democracias consolidadas como la estadounidense o la francesa están dotadas, en nombre de la lucha contra el terrorismo y la pedofilia, de legislaciones que autorizan la intromisión en la vida privada.
Las tentaciones autoritarias sobran. En Túnez por ejemplo, se exige a los proveedores conectar sus servidores a un ordenador central instalado en el ministerio del interior.
En otros casos mas “sutiles” como el de Arabia, el estado hace desparecer de ciertas páginas los elementos que le incomodan (el caso de China es emblemático por sus exigencias al sacrosanto Google y a otras empresas de eliminar ciertos contenidos en sus buscadores.)
Y aquí llego al punto.
¿Qué pasaría si ese punto que domina todos los puntos se convierte en el punto que controla y vigila todos los puntos?.
Y hablo de los hombres pero podría hablar de las máquinas, porque ya puestos a imaginar, si este orden se invierte y esta pantalla con teclas comienza a pensar (cosa extremadamente posible con esto de la inteligencia artificial), no sería ya una utopía imaginar lo qué pasaría con esos millones de ordenadores interactuando entre sí.
Cualquier profecía Orwelliana seria un juego de niños...
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