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Los monstruos feministas
27-noviembre-2014
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 El lunes se publicó un artículo intitulado «Feminazi», escrito por Anna Bolena Meléndez. Empieza de la siguiente manera: «Me molesta cuando se refieren a alguien orgullosamente como ‘feminista’, ‘Zutana, escritora y feminista sostiene que...’. Ser feminista es tan grave como ser machista, el machismo genera muertes, opresión, violencia y dolor. El feminismo podría llegar a lo mismo. Ser feminista no tiene nada de qué sentirse orgullosa, ser feminista es tan arcaico como ser machista, tan extremista e ignorante como ser eso que tanto nos hemos quejado, las mujeres, que nos ha oprimido durante la historia.»

La autora recibió críticas tanto en Twitter, como en Facebook. Se disculpó en múltiples ocasiones. Al día siguiente publicó otro artículo, en el que buscaba aclarar la intención que había tenido con el previo. Cito otra vez textual: «No me gustan las mujeres que confunden el término ‘feminismo’, no me gusta que una noble y compleja lucha como ha sido lograr la igualdad de las mujeres y los hombres sea tergiversada y convertida en el vicioso extremo que promete improperios, alias ser feminazi. Cuando me referí a que ser ‘feminista’ era igual de grave que ser machista, me mal expresé, mi error fue utilizar la palabra inadecuada aunque en mi cabeza supiera lo que intentaba decir. Ese ‘feminista’ lo quisiera reemplazar por feminazi[.]»

Son varios los problemas con sus artículos. Para empezar y como escribió Regina Larrea: asume que existe un único feminismo, el cual se puede «pervertir» o «desnaturalizar». En el mundo de Meléndez, existen Las (Verdaderas) Feministas y su degeneración: las feminazis. Además de lo problemático de asumir una visión esencialista del feminismo (que puede llevar, entre otras cosas, a replicar la lógica combativa del «estás-con-nosotros-o-en-nuestra-contra»), entender así la lucha feminista es históricamente impreciso. Hay muchos feminismos. Porque hay muchas maneras de entender el problema de la «desigualdad» (de hecho, ni siquiera hay consenso sobre cómo debe entenderse el problema mismo), por no decir que hay una multiplicidad de discusiones sobre las soluciones al mismo. «Ser feminista» a veces quiere decir muy poco, fuera de que se cree que se están perpetuando ciertas injusticias y que hay que remediarlas. En el cuáles y cómo está toda la discusión. 

El artículo de Meléndez se pudo haber insertado en la larga tradición de críticas a los feminismos, lanzadas desde los mismos feminismos. Digamos lo obvio: si hay muchos feminismos es porque hay mucho desacuerdo (como hay desacuerdo en tantas otras teorías políticas y movimientos sociales). El problema es cómo Meléndez realiza su crítica: se lanza en contra de lo que parecen ser fantasmas, en un mundo que parece más fantástico que real.

Escribe Meléndez que el feminismo ya logró lo que quería: la «igualdad es prácticamente inherente.» Sí, reconoce, «las excepciones suceden, pero ¿qué sería de una regla sin ellas?» Primero: ¿igualdad en cuanto a qué? ¿Igualdad en el acceso a derechos? Suponiendo que esta sea la igualdad a la que ella se refiere, siguen existiendo múltiples disparidades. Por mencionar algunas: en algunos pueblos de este país, las niñas no gozan del derecho a la educación en la misma medida que los niños. En México, el derecho al trabajo tampoco se disfruta de la misma manera. Si bien muchas mujeres ya trabajan, por lo general no tienen acceso al mismo tipo de trabajos que los hombres (lo que muchas veces condiciona el tipo de salarios y prestaciones que reciben); y cuando tienen acceso al mismo trabajo, persiste el problema de la brecha salarial: no ganan lo mismo. La división del trabajo doméstico sigue siendo desigual. El tipo de violencia que sufren también es dispar, especialmente si uno se enfoca en la violencia sexual.

Reconocer estos problemas no implica descalificar las conquistas que han existido hasta el momento. Es diferente decir que no han existido avances a que éstos han sido insuficientes para garantizar el acceso pleno a ciertos derechos. Especialmente si se distingue entre cuáles han sido las mujeres que se han beneficiado de ellos. Tomemos el caso del trabajo doméstico. Antes, por mandato legal a las mujeres les correspondía el cuidado de su hogar y de sus hijos e hijas. Con la incorporación de la «igualdad ante la ley» entre hombres y mujeres en la Constitución en 1974, ese tipo de normas se invalidaron. La pregunta es: ¿qué mujeres pudieron dejar de cuidar a sus hijos e hijas? ¿En qué condiciones? Y si ellas lo dejaron de hacer, ¿quiénes lo están haciendo ahora? ¿En qué condiciones? Lo que ocurrió con el trabajo doméstico es que se dio un relevo entre mujeres: de las madres a las abuelas, a las tías, a las hermanas, en ciertos casos; de la «señora de la casa» a la empleada doméstica en otros. El problema de género persistió; lo que pasó es que la clase (y raza) permitió que recayera sobre otros cuerpos (en condiciones muchas veces más injustas que las anteriores). Para estas personas, el problema de la desigualdad de género (esto es, la desigualdad en el acceso a derechos provocada por un sistema de género) no es una excepción, es su vida. Desde aquí, el problema, insisto, es el mundo que parece existir para Meléndez... y el que no: todo lo que no ve, que es lo que le permite calificar al nombrarse como feminista como un sinsentido.

Ahora, incluso en el mundo que ella parece habitar, libre de cualquier atadura de género, existe un problema adicional: que el «feminismo», afirma ella, se ha extralimitado. «El problema es que como ya tenemos lo que queríamos, ahora muchas quieren más, quieren seguir por inercia con un feminismo que se anquilosa justo al lado del machismo. Ya no se trata de hombres refiriéndose a un marido que colabora en casa como: mandilón o maricón (en el más ofensivo de los casos), sino de mujeres que insultan a otras con términos como: mantenidas, sin ambiciones, dejadas, entre otros, porque libremente tomaron la decisión de quedarse en casa para ser madres o esposas.»

El siguiente problema con el texto de Meléndez es cómo le imputa a El Feminismo ciertas actitudes o actos, sin demostrar qué feministas, qué textos que se proclaman como feministas o qué reformas que se han hecho en nombre del feminismo los defiende. El texto de Meléndez me recordó a lo que parece ser una práctica común de ciertos críticos de El Feminismo: señalar las que creen son sus «incoherencias»: ¡las mujeres quieren la igualdad en el trabajo, pero quieren que los hombres paguen la cena y les abran la puerta! ¡Se quejan de la cosificación de las mujeres, cuando hacen lo mismo con los hombres: no sólo no los dejan ver a sus hijos, sino que los obligan a pagar, reduciéndolos a una billetera!

A las incoherencias que señalan las llamo los monstruos feministas. La feminista peluda odiahombres es el monstruo por excelencia, pero la acompañan la que acusa a hombres inocentes de «violación» (¡les dan tantito poder y abusan de él!), la que desde su pedestal de la auto-realización laboral juzga a las inocentes y pobres amas de casa (¡qué no se trataba de libertad!), la manipuladora e insaciable que quiere aprovechar lo mejor de ambos mundos: ¡un trabajo y un tonto que la mantenga! (¡qué no se trataba de igualdad!), entre otras.

El problema con estos «monstruos» es que se le imputan a El Feminismo, sin demostrar que son, de hecho, su resultado. Y que se les da un papel central en la discusión, cuando, si existen, parecen ser marginales comparados con los que son los verdaderos monstruos para los feminismos: las muertes, las violaciones y otro tipo de privaciones provocadas por el sistema de género. En lugar de estar descifrando cómo diablos combatir estas injusticias, aquí estamos, derramando tinta por fantasmas. Por monstruos imaginarios. Por miedos infundados.

No es que dentro del feminismo no se puedan encontrar personas que, por ejemplo, argumenten por qué las mujeres deberían tener una presunción a favor de la guardia y custodia de sus hijos e hijas en caso de divorcio. Martha Fineman, por ejemplo, ha escrito sobre los problemas con la igualdad formal, especialmente aplicada a la maternidad y paternidad. Lo que pasa es que una vez que uno se toma la molestia de leer su libro (The Neutered Mother, The Sexual Family and Other Twentieth Century Tragedies) o incluso uno de los artículos que escribió al respecto («The Neutered Mother»), no hay manera de calificar su postura como un capricho. Lo que ofrece son argumentos. Quizá no convencen a todo mundo, pero hay razones de peso detrás de su postura. Lo que corresponde es desarticular cada uno de esos argumentos, no tildarla de monstruosa e incoherente sin más. 

Como escribió Regina Larrea: tomarse a la crítica en serio.

 

P.D.

La imagen de este post está sacada del cuento ilustrado: «Straw Feminists», disponible en línea. Es el relato, precisamente, de las monstruosas feministas que se esconden en el clóset de los niños y niñas y salen en las noches a asustarlos. «Sólo les queremos decir que todos los hombres son basura», dice una. «Y que las mujeres nunca se equivocan», dice otra. «No es cierto», lloran los niños. «¡Lo es! Y la única manera de hacerlos entender es gritando y gritando y culpándolos de todo!» No se lo pierdan. Es una joya.

  P.D. II

 

Un último comentario: leí otro texto de Meléndez, intitulado «Las nuevas mujeres no son hombres». Escribe: «El hecho de haber obtenido la libertad e igualdad de nuestro género no nos da el derecho de convertirnos en los nuevos hombres. Nosotras somos mujeres, pateamos como mujeres, corremos como mujeres, gritamos como mujeres y lloramos como mujeres. Reímos como mujeres, amamos como mujeres, nos equivocamos como mujeres y somos tan frágiles como siempre lo hemos sido.» Aquí es donde se revela lo limitado de decir que lo problemático con personas como Meléndez es que no se han molestado siquiera en leer la definición de «Wikipedia» de feminismo (parafraseando: el feminismo «es la lucha por la igualdad en derechos entre hombres y mujeres»). Uno de los puntos más revolucionarios que han hecho algunos feminismos, es cuestionar si existen, siquiera, los «hombres» y las «mujeres». Ojo: lo que cuestionan no es que existan cuerpos con rasgos diferentes. Lo que cuestionan es cómo se interpretan, leen, entienden esos cuerpos. Qué se construye a partir de ellos (identidades, sistemas de organización social, etcétera).

 

Esta parte de los feminismos es lo que permite cuestionar otra de las grandes preocupaciones de Meléndez: la descalificación de las eligen dedicarse al hogar. Los feminismos invitan, más que a descalificar a las que deciden dedicarse al hogar, a cuestionar por qué siempre tienden a ser unas, en lugar de otros los que realizan ciertas actividades. Esto no se trata de si se eligen ciertas cosas o no, sino de por qué ciertas personas tienen más acceso que otras a qué elecciones. Se trata de ver al sistema que termina por producir esas personas que corren, lloran, aman, cuidan, luchan, cocinan, cogen, trabajan, se embarazan y mueren de cierta manera.

 

P.D. III.

 

Sobre los problemas con el feminismo pop, vuelvo a recomendar muchísimo este texto de Lina Céspedes-Báez.

 

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Acerca del autor
 
Estefanía Vela Barba

Estudió derecho en la licenciatura y en la maestría. Ahora se dedica a la docencia y a la investigación sobre la relación entre el derecho y la sexualidad –y todos los puntos en los que se tocan–.

@samnbk http://about.me/samnbk

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