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Más allá de los putos
26-junio-2014
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Caminaba sola por la lateral de Reforma, a la altura de la Estela de Luz, el lunes por la noche. Con excepción de los carros que lentamente la recorrían a mi lado, casi todo estaba vacío: la vida de la ciudad, conmocionada por el triunfo de la Selección de ese día, se encontraba unas cuadras más al norte. Al principio, dudé que la voz que escuché se refiriera a mí. En esta urbe caótica, no es extraño acabar atrapada entre conversaciones ajenas. Unos pasos después, sin embargo, me percaté que la voz provenía de un carro que avanzaba paralelo a mí: cada metro que yo caminaba, éste, repleto de hombres, borrachos, con la bandera mexicana de fuera, me seguía. La palabra dejó de ser inaudible: «¡machorra!», vociferó. No respondí. Entre la oscuridad de la calle y el alcohol que corría por el festejo, preferí simplemente seguir. Aumenté mi paso. «¡Enseña las tetas, machorra!» No me detuve. El carro sí. Lo perdí.

Horas antes de este suceso, la FIFA había determinado que el grito de «puto» por parte de la porra mexicana no ameritaba una sanción para el equipo de futbol. Con ello culminó una discusión social de cinco días sobre las palabras y su relación con la discriminación. No pude más que conectarlo todo: mi «puto» era un «machorra», pero la pregunta era la misma: ¿qué significaba? ¿Para mí? ¿Para el Estado? ¿Cuál era su efecto? ¿Su causa? Y, lo más fundamental: ¿qué debía hacer con eso?

+++

La experiencia del lunes me recordó a los otros momentos en mi vida en los que me han llamado de la misma manera. La primera vez que recibí un «pinche marimacha» fue en un partido de futbol, en tercero de primaria, después de que le quité el balón a un compañero, mismo que decidió responder refiriéndose así a mí. El profesor de deportes lo escuchó y lo regañó. Yo seguí jugando sin decir nada. Sí: me sentí agredida, no tanto por lo que me dijo («marimacha»), sino porque sentí que quería ofenderme. Quizá una palabra, por sí sola, no tiene éxito como un insulto; pero eso no anula el hecho de que haya alguien, profiriéndola, queriendo que lastime. Lo mismo me pasó el lunes en la noche: ser una mujer “masculina”, una «machorra», a mí no me parece ofensivo. Pero también sé que para muchas personas con una concepción de género específica, sí lo es: una mujer masculina es una aberración, como lo es un hombre femenino («marimacha» es el «puto» de las mujeres). De ahí que lo preocupante no sea sólo la palabra, sino que busquen lastimar con ella.

Claro: eso digo hoy. Desde tercero de primaria y hasta hace poco, me pesaba saber que, ante los ojos de la sociedad de la que yo era parte, no era lo suficientemente femenina. El «marimacha», que no es un insulto que se lanza indiscriminadamente, me lo hacía saber: fallaba en conformarme a los estándares que una mujer debía cumplir. Estándares que no siempre están relacionados con la orientación sexual. Robarle el balón a un niño en tercero de primaria nada tiene que ver con lesbianismo. El «marimacha» va más allá de las lesbianas, como el «puto» va más allá de los homosexuales: son palabras que están vinculadas al control de la masculinidad en los hombres (todos) y la feminidad en las mujeres (todas). Y por lo general se profieren cuando alguien violenta el mandato que le corresponde seguir conforme a su sexo. En tercero de primaria no contaba con la capacidad de cuestionar la norma desde la cual me insultaban. No sabía que existían mundos alternos en los que los cuerpos de los hombres y de las mujeres no estaban atados a ciertos comportamientos, actividades, espacios, atuendos y deseos. No me atreví a contarle a alguien por miedo a que me respondieran que me lo busqué: si sólo no actuara como actuaba, todo sería distinto. Estaba sola con mi insulto, que no hacía más que reflejarme mi fracaso. De ahí que me doliera.

Lo que erradicó con los años ese dolor no fue que la ofensa cesó (porque, como ilustra mi lunes en la noche, no ha cesado), sino que mi contexto mental, social, político y jurídico cambió. Primero, está el factor de la edad: las herramientas con las que cuento para enfrentar la vida no son las mismas a mis 29 que a mis 8 años. Segundo: está el acceso que tuve durante la universidad (si bien de manera escasa) a literatura sobre la historia del género y la sexualidad. Fue el suficiente para embarcarme en un viaje permanente que me ha permitido cuestionar los fundamentos de este orden sexual y al menos imaginar mundos alternos. Tercero: está la transformación radical en el tratamiento jurídico del género y la sexualidad que hemos visto en los últimos años en lugares como el Distrito Federal; en la aceptación social de la diversidad de género y sexual; y en la disponibilidad de narrativas (televisivas, musicales, literarias) sobre estas formas de ser y vivir. Todo lo anterior no es menor: ha cambiado el mundo que habito.

Hubo un punto en el que ser mi amiga representaba un costo para mis compañeras de la escuela. En el universo que vivíamos, lo «marimacha», como lo «puto», era algo que se podía contagiar y el insulto servía para controlar no sólo a la persona que directamente infringía la norma (yo), sino a quienes la acompañaban (ellas). En este mismo universo, la casa tampoco era un espacio seguro, al cual podía acudir para consolarme de lo insultos recibidos en la esfera pública. En mi caso, como en el de muchos otros, éste también era un lugar en el que llegué a escuchar el «marimacha» ser proferido en mi contra. En el que se me dijo, varias veces, que la gente era así de cruel, juzgona y discriminadora, y que debía pensar seriamente si quería seguir con mi comportamiento, dadas las consecuencias inevitables que ello me generaría. El mensaje era claro: la que debía cambiar era yo, no el mundo. Si el «insulto» u otros tipos de maltratos me llegaban, era porque yo me los buscaba; lo que me hacían y quienes me lo hacían desaparecían de la conversación.

Si bien hay personas con la suficiente fuerza para luchar solas contra la injusticia, para plantarse frente a los insultos incesantes y responder con una carcajada, cómo ayuda saber que no se está sola. Cómo tranquiliza saber que, por más que al patrón no le guste, es ilegal que me despida por mi orientación sexual. Que, por más que al policía le parezca aberrante, es arbitrario que me detenga por mi sola expresión de género. Que, por más que mi madre no se imagine una boda entre dos mujeres, puedo casarme, si quiero. Cuánta tranquilidad da saber que, al menos jurídicamente, mi casa, mi trabajo, mi cuerpo, mis afectos están protegidos. En este nuevo mundo, si bien la agresividad verbal no termina por erradicarse, pierde su fuerza. El insulto no es más que una gota en el gran mar de la democracia constitucional.

+++

Conectando todo lo anterior con la discusión que se suscitó por el caso ante la FIFA, quiero esbozar unas últimas ideas.

Tratándose del castigo estatal de una expresión, soy sumamente liberal. Mi posición la articulé de manera más amplia cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación emitió su resolución sobre las expresiones homófobas: creo que, más que dedicarse a castigar discursos, el Estado debería ver cómo fomenta que se multipliquen. Cómo protege a quienes luchan por la diversidad sexual y de género frente a la censura o cómo les asegura espacios para desplegar sus ideas, por ejemplo. Cómo garantiza que los niños, niñas, adolescentes cuenten con información sobre la sexualidad y los derechos que la protegen. Cómo promueve que la televisión, el cine, la literatura y la música incorporen historias que reflejen otro tipo de realidades. Todo esto, claro, al mismo tiempo en el que combate la discriminación en el acceso a la escuela, al trabajo, a la vivienda, al espacio y servicios públicos, a la política y a la protección familiar.

Mi renuencia a aceptar el castigo estatal a una expresión, sin embargo, no significa que no reconozco lo agresiva que puede llegar a ser para una persona y que no haré todo lo posible para disminuir esa violencia, a través de otras vías. La crítica y castigo social (como el que pudo haber provenido de la FIFA) a expresiones que lastiman o que tienen un vínculo histórico con la discriminación son clave. Pero también hay que ser cuidadosos con las críticas y castigos que, desde lo social, se despliegan o no serán tan efectivos.

Creo que es diferente el «puto» que le profieren un grupo de niños a uno solo en la escuela, al «puto» del estadio. Sí: existe una conexión entre ambos. Pero si lo que se busca es que las personas dejen de utilizar ciertas expresiones, creo importante reconocer cómo las emplean y explicar por qué, a pesar de sus intenciones, pueden ser problemáticas. Pensé, por ejemplo, en la palabra «muchacha» que muchas personas usan para referirse a las trabajadoras domésticas. No dudo que lo hagan sin el afán de menospreciar. Más que acusarlas de discriminación, habría que explicar el bagaje histórico que carga esa palabra y apuntar a las alternativas. (Refiero a «muchacha» y no a «gata», porque no imagino que alguien pueda sostener que la segunda palabra no se dice en un espíritu ofensivo.) Lo mismo aplica para el «puto»: si algo ha sido valioso en los últimos días, lo son las historias que han salido a relucir sobre cómo ha lastimado a tantos. Después de esto, si insisto en utilizarla, lo haré sabiendo lo que implica para algunos. La pregunta es sencilla: ¿Por qué arriesgarme a provocar esos sentimientos negativos en otros?

Eso no significa que crea que las palabras no pueden resignificarse. El «puto», como el «machorra», pueden llegar hasta a ser divertidos entre amigos y seres queridos. No todos utilizan estas palabras para insultar; y no todos tienen la capacidad de reírse, como su primera y única reacción, ante esos insultos. Me parece importante reconocer los matices, las diferencias, porque no se puede olvidar que no son sólo las palabras las que importan: es quién se las profiere a quién, cuándo, dónde, para qué y por qué.

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Me parece que ese día o al día siguiente que te insultaron en Reforma estuviste en un programa de televisión y contaste en el programa lo que te había sucedido. Cuando escuché tu historia sentí vergüenza, pena y hasta asco de lo que te dijeron. Primero porque uno de los valores que considero más importantes dentro de la sociedad es el respeto; y segundo, porque durante el poco tiempo que vi y escuché tu manera de expresarte y compartir tus ideas con tus compañeros de foro, me transmitiste ser una persona bastante gentil y de mente abierta, además de obviamente ser mujer. De verdad siento mucho que te hayan gritado de ese modo y en el contexto que te encontrabas, seguramente fue bastante fuerte para tí. No sabía que eras columnista de este diario hasta el día de hoy y me encontré más a detalle la explicación de lo que viviste esa noche que la selección mexicana ganó en el mundial. Me parecen muy interesantes y reflexivos tus pensamientos, gracias por compartirlos. Y no te aflijas por lo que la gente te puede decir o juzgar por tu apariencia o forma de ser. Eres una mujer que denota mucha inteligencia e integridad, y a parte de todo muy guapa,tal vez eso es lo que realmente asusta a los hombres que te insultan (la combinación de inteligente y guapa). Saludos.

 Enviado por Isaac López - 10-julio-2014 a las 18:01 Enviar mail al autor

 

Hola, Hoy me di la oportunidad de leer tu articulo te felicito me gusto y coincido con tus palabras. ¡saludos!

 Enviado por Gina - 10-julio-2014 a las 16:12 Enviar mail al autor

 

El mejor análisis que he leído sobre el tema. Solo quería decir eso porque se dijeron tantas cosas a partir de no reconocer lo que escribes al final, que las palabras tienen fuerza a pesar de las intenciones de quien las usa pero al mismo tiempo hay que tomar en cuenta en qué contexto lo dicen. Discutir cuál es la "verdadera intención" de otra persona - la mayoría de textos iban por ahí; desde que un inglés leyó en el diccionario la definición de la palabra - al decir algo es ridículo. Ánimo. Un mundo donde no te agredan en la calle es cuestión de tiempo, estoy seguro.

 Enviado por anonimo - 10-julio-2014 a las 13:23 Enviar mail al autor

 

...................!!SIN EMBARGO , PUTO NO DEJA DE SER UNA PALBRA OFENSIVA, DECRIMINATORIA, NACA Y MALSONANTE ¡¡¡¡¡¡...............

 Enviado por ALE - 26-junio-2014 a las 14:26 Enviar mail al autor

 

ay lo tuve que leer dos veces pero si, las palabras hacen eco en uno por el contexto en que se dan pero sobre todo por la intención que llevan..que situación tan peligrosa la del primer párrafo :S

 Enviado por lia - 26-junio-2014 a las 13:03 Enviar mail al autor

 

Es la primera vez que leo a Estefanía. La perspectiva en la que enfoca este asunto en base a su propia experiencia hace reflexionar en torno a la intolerancia de la sociedad a todo lo que no encaja en los moldes establecidos. Todo lo que es diferente es agredido e insultado. Su punto de vista es enriquecedor y nos enseña lo que muchas veces olvidamos que puede haber muchos puntos de vista y opiniones ante la misma situación, que son simplemente diferentes, sin entrar en valorar si son correctas o no, que dependen de nuestras experiencias previas y de nuestra realidad, nada más. Necesitamos escuchar y atender a más opiniones del mayor número de gentes con diferentes puntos de vista, eso nos hace bien como sociedad. Bien por esta publicación.

 Enviado por Manuel Iraizos - 26-junio-2014 a las 15:16 Enviar mail al autor

 

pero, las palabras no discriminan. explicar lo que significan las palabras y de donde vienen esta bien. en tus ejemplos, lo que preocupa no son las palabras que se usan sino las conductas/delitos que las personas realizan. acosarte sexualmente en la calle es un delito, la falta de derechos en el trabajo domestico es al menos una falta a la ley federal del trabajo. el problema no es que cuando varios tipos le estén partiendo la madre a un homosexual, por ser homosexual o por ser afeminado, le griten puto. el problema es que le están partiendo la madre. no creo que tengas que dejar de usar palabras porque puedes lastimar los sentimientos de alguien, esa no es una razón valida y no creo que exista una razón valida. decir una palabra no te convierte en racista/homologo/misógino, si ese fuera el caso javier tello seria racista por el simple hecho de mencionar la palabra nigger en televisión en lugar de "the n word".

 Enviado por mcc - 27-junio-2014 a las 12:50 Enviar mail al autor

 

Me parece que ese día o al día siguiente que te insultaron en Reforma estuviste en un programa de televisión y contaste en el programa lo que te había sucedido. Cuando escuché tu historia sentí vergüenza, pena y hasta asco de lo que te dijeron. Primero porque uno de los valores que considero más importantes dentro de la sociedad es el respeto; y segundo, porque durante el poco tiempo que vi y escuché tu manera de expresarte y compartir tus ideas con tus compañeros de foro, me transmitiste ser una persona bastante gentil y de mente abierta, además de obviamente ser mujer. De verdad siento mucho que te hayan gritado de ese modo y en el contexto que te encontrabas, seguramente fue bastante fuerte para tí. No sabía que eras columnista de este diario hasta el día de hoy y me encontré más a detalle la explicación de lo que viviste esa noche que la selección mexicana ganó en el mundial. Me parecen muy interesantes y reflexivos tus pensamientos, gracias por compartirlos. Y no te aflijas por lo que la gente te puede decir o juzgar por tu apariencia o forma de ser. Eres una mujer que denota mucha inteligencia e integridad, y a parte de todo muy guapa,tal vez eso es lo que realmente asusta a los hombres que te insultan (la combinación de inteligente y guapa). Saludos.

 Enviado por Isaac López - 10-julio-2014 a las 18:01 Enviar mail al autor

 

Hola, Hoy me di la oportunidad de leer tu articulo te felicito me gusto y coincido con tus palabras. ¡saludos!

 Enviado por Gina - 10-julio-2014 a las 16:12 Enviar mail al autor

 

El mejor análisis que he leído sobre el tema. Solo quería decir eso porque se dijeron tantas cosas a partir de no reconocer lo que escribes al final, que las palabras tienen fuerza a pesar de las intenciones de quien las usa pero al mismo tiempo hay que tomar en cuenta en qué contexto lo dicen. Discutir cuál es la "verdadera intención" de otra persona - la mayoría de textos iban por ahí; desde que un inglés leyó en el diccionario la definición de la palabra - al decir algo es ridículo. Ánimo. Un mundo donde no te agredan en la calle es cuestión de tiempo, estoy seguro.

 Enviado por anonimo - 10-julio-2014 a las 13:23 Enviar mail al autor

 

...................!!SIN EMBARGO , PUTO NO DEJA DE SER UNA PALBRA OFENSIVA, DECRIMINATORIA, NACA Y MALSONANTE ¡¡¡¡¡¡...............

 Enviado por ALE - 26-junio-2014 a las 14:26 Enviar mail al autor

 

ay lo tuve que leer dos veces pero si, las palabras hacen eco en uno por el contexto en que se dan pero sobre todo por la intención que llevan..que situación tan peligrosa la del primer párrafo :S

 Enviado por lia - 26-junio-2014 a las 13:03 Enviar mail al autor

 

Es la primera vez que leo a Estefanía. La perspectiva en la que enfoca este asunto en base a su propia experiencia hace reflexionar en torno a la intolerancia de la sociedad a todo lo que no encaja en los moldes establecidos. Todo lo que es diferente es agredido e insultado. Su punto de vista es enriquecedor y nos enseña lo que muchas veces olvidamos que puede haber muchos puntos de vista y opiniones ante la misma situación, que son simplemente diferentes, sin entrar en valorar si son correctas o no, que dependen de nuestras experiencias previas y de nuestra realidad, nada más. Necesitamos escuchar y atender a más opiniones del mayor número de gentes con diferentes puntos de vista, eso nos hace bien como sociedad. Bien por esta publicación.

 Enviado por Manuel Iraizos - 26-junio-2014 a las 15:16 Enviar mail al autor

 

pero, las palabras no discriminan. explicar lo que significan las palabras y de donde vienen esta bien. en tus ejemplos, lo que preocupa no son las palabras que se usan sino las conductas/delitos que las personas realizan. acosarte sexualmente en la calle es un delito, la falta de derechos en el trabajo domestico es al menos una falta a la ley federal del trabajo. el problema no es que cuando varios tipos le estén partiendo la madre a un homosexual, por ser homosexual o por ser afeminado, le griten puto. el problema es que le están partiendo la madre. no creo que tengas que dejar de usar palabras porque puedes lastimar los sentimientos de alguien, esa no es una razón valida y no creo que exista una razón valida. decir una palabra no te convierte en racista/homologo/misógino, si ese fuera el caso javier tello seria racista por el simple hecho de mencionar la palabra nigger en televisión en lugar de "the n word".

 Enviado por mcc - 27-junio-2014 a las 12:50 Enviar mail al autor

 
 
Acerca del autor
 
Estefanía Vela Barba

Estudió derecho en la licenciatura y en la maestría. Ahora se dedica a la docencia y a la investigación sobre la relación entre el derecho y la sexualidad –y todos los puntos en los que se tocan–.

@samnbk http://samnbk.tumblr.com/

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