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Carlos Monsiváis. Rompecabezas
21-junio-2010
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Carlos Monsiváis, y uno/a de sus felinos/as tan amados
"Monsi, ¿qué vamos a hacer sin ti?", Elena Poniatowska.

(La lectura completa de la carta de Elena para Monsiváis, está en Milenio.com)

"Si la actividad de la máquina de escribir se transformara en electricidad, Monsiváis podría iluminar una ciudad de buen tamaño", Juan Villoro.

(Citado por Jorge Ricardo. Reforma.)

La máquina de escribir generaba electricidad, y Monsiváis iluminó, ilumina....iluminará... Ciudades. Un país. Varias ciudades de varios países.

Me siento mutista. Paralizada y ágrafa. Les propongo compañeras/os: creemos juntos un muro de imágenes y de palabras de/para/por Monsiváis. Cada quien elige. Esa memoria, esos momentos de vida en los que lo leyó, o lo escuchó, en los que quizá tuvo un encuentro con él. Esas palabras suyas que nos marcaron.

Encuentros reales o imaginarios, con un brillante rompedor de cabezas.

La tormenta acompañó a Monsiváis el sábado. Como a Bolívar Echeverría hace quince días. Como a Julieta Campos, hace ya casi tres años. Una vez más: "Algo se ha roto, algo se ha roto. Algo anda mal en el ruido de la lluvia", José Carlos Becerra.

AUTOBIOGRAFÍA (de juventud), Carlos Monsiváis

Escrita en 1966.



"FIRMES Y ADELANTE, HUESTES DE LA FE" (Así, escrito con mayúsculas)..."En la que el autor confiesa haber nacido en la Merced el 4 de mayo de 1938, acepta sin rubor su condición de héroe de esta historia, proclama su intolerable afición al D.F. y se presenta sin más trámite como precoz, protestante y presuntuoso."

El joven Monsiváis escribió en su último párrafo: "No admiro a mi generación: La veo demasiado uncida al régimen imperante, la recuerdo siempre ligada a las generaciones anteriores en el empeño de ahorrarse trabajo, de disfrutar lo conquistado por otros. La veo inerte, envejecida de antemano, lista para checar y reinar. Aunque, desde luego, admito y admiro y trato cotidianamente a las excepciones. Me apasionan mis defectos: el exhibicionismo, la arbitrariedad, la incertidumbre, el snobismo, la condición azarosa. No sé si pueda llevar a cabo una obra siquiera regular, pero no sirvo para las finanzas o la política. Me aterra terminar. Tengo 28 años y no conozco Europa".

Sugerido por Gabriela Cano: Monsiváis por Monsiváis, una autobiografía ficticia, Revista emeequis, Núm. 222, pag. 12.

Para Monsiváis, de su amiga Elena Poniatowska:

El cumple 72 de Monsi.

La Jornada.

4 de mayo.

Hoy Carlos Monsiváis cumple 72 años. El año pasado fuimos a felicitarlo a su casa y a cantarle Las Mañanitas con un trío femenino y feminista de mariachis de sombrero más ancho que su falda y luego desayunamos con él en la avenida Tlalpan, a un lado de la calle de San Simón.

Caminamos a su lado y la gente lo paraba en la calle. “Si sigue así voy a caer en la autoindulgencia.” Tras de él avanzaba una cauda invisible: su madre, doña Esther, Beatriz y Araceli, su tía, quien fue ama de llaves de Artemio de Valle Arizpe, quien le daba permiso de llevarse unos libros a su casa; sus amigos de toda la vida, Luis Prieto, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Fernando Benítez, Iván Restrepo, de la mano de Nelly; Francisco Toledo, Vicente Rojo, Rafael Barajas, El Fisgón; Jesús Ramírez, Chema Pérez Gay y Lilia, Rolando Cordera, Jenaro Villamil, Rogelio Naranjo, Eduardo del Río, Rius; Julio Scherer García, Ricardo Pérez Escamilla, Carlos Payán, Hugo Gutiérrez Vega, Neus Espresate, José Luis Ibáñez, 12 gatos con listones de colores en torno al cuello y las mil 500 personas que congrega cada vez que presenta un nuevo libro.

La avenida Tlalpan se llenó con los más diversos personajes, porque desde Días de guardar hasta Apocalipstick, Monsiváis convoca multitudes. Carlos reía, como ríe de ti y de mí, de nosotros, de ustedes, ríe de lo que pasó aunque no ríe del futuro y de lo que nos espera. En ese desayuno nos hizo reír mientras comía sus tacos de pollo con salsa verde acompañados por frijoles refritos y una Coca-Cola.

“Carlos: ni un taco más”, le dijo Marta Lamas, quien es su ángel de la guarda de alas que van de San Simón a Tlacopac y sobrevuelan todos los periféricos y los viajes por la República y los que van de Alaska a la Patagonia. Tan grande es su curiosidad, su azoro y su gratitud que Carlos a todo le dice que sí.

Hoy festejamos a Carlos Monsiváis, brindamos por él y por su pesimismo orgánico y sus revelaciones que tienen mucho de ironía y mucho de parábolas bíblicas.

Carlos Monsiváis se encuentra ahora en el Instituto Nacional de Nutrición porque sufre fibrosis pulmonar. Su corazón está en perfecto estado, dicen los médicos, y así tiene que ser porque el corazón de Monsiváis abarca todas las luchas sociales del siglo XX y del XXI.

Hace unas semanas defendió a Luz María Dávila, madre de dos de los 16 jóvenes asesinados en Ciudad Juárez. Desde su primera huelga de hambre para apoyar a los maestros en 1958, Monsiváis acompaña las grandes causas de nuestro país. A los 16 años, en 1954 le tocó ver a Frida Kahlo en una silla de ruedas empujada por Diego Rivera en una manifestación en contra del derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala y de allí para el real ha asistido a todas las marchas, las protestas, los actos de resistencia que sus crónicas consignan: la de los estudiantes en 1968, los damnificados de San Juanico en 1984, los del terremoto de 1985, los zapatistas en 2001, el feminismo, la despenalización del aborto, la persistencia de la homofobia, la lucha contra el neoliberalismo, el sida, la corrupción política y la defensa de nuestra historia y del arte del pueblo, sus luchas, sus querencias y sus entretenimientos en El Estanquillo.

Gran polemista, gran interlocutor, gran luchador social de toda la vida, gran promotor de la sociedad que se organiza, cronista, guía y gurú de los jóvenes de hoy que lo aman y lo siguen, Monsiváis, además de recoger con humor y sentido crítico los episodios de nuestra historia, ha denunciado todas las atrocidades sociales y lo consideramos desde hace muchos años la conciencia moral de México. Desde aquí le deseamos el regreso a la salud y al deseo de narrar lo vulnerables que nos sentimos sin él.

Para Monsiváis, de su amiga Sara Sefchovich:

Carlos Monsiváis: el cronista

El Universal


20 de junio

Carlos Monsiváis se dedicó a cronicar cómo viven las gentes, cómo se divierten, cómo se organizan y luchan, qué leen, miran y oyen, cuáles son sus ídolos. La suya era una mirada intelectual y emocional, tenía la voluntad de recoger lo que pasa y de construir un panorama de lo que es México y lo que son los mexicanos. Con él aprendimos a escuchar a Pedro Infante y a leer a Octavio Paz, a ver a Raúl Velasco en la televisión y a bailar en los antros. En sus crónicas estaba “la patria” con todo y líderes charros que la acompañan, políticos que la habitan, ricos que la despojan, escritores que la relatan, militantes que la quisieron salvar y que fueron encarcelados y asesinados. Con él conocimos también a quienes ejercían la democracia desde abajo y sin pedir permiso, a los que se enfrentaban al poder, el país de las colonias populares, de los obreros y estudiantes.

La suya fue una descripción, pero también una acusación: el verdadero fondo de los problemas son los sindicatos corruptos, los sueldos de hambre, las transas, “el desastre social que anticipa a la furia geológica”, las mentiras, la inexistencia de leyes que protejan, la falta de alternativas, el despojo, la represión. Y aquí “no se admite en método Rashomon”: no hay ninguna justificación posible a la negligencia y la voracidad, a la corrupción y el autoritarismo.

Monsiváis estuvo de modo inequívoco con los oprimidos y explotados y consideró que siempre la razón está de su lado. El mexicano no es esa criatura del descuido, el relajo, el fatalismo y la ineptitud que nos han querido hacer creer, sino el resultado de un capitalismo voraz y depredador.

Obsesionado con el crecimiento demográfico, afirmó que “el ámbito de las multiplicaciones reta al infinito y despoja de sentido a las profecías, obstinadamente minimiza todas las pretensiones triunfalistas”. México es demasiada gente, y toda con un único afán: consumir. Monsiváis siguió a la gente cuando iba al cine, a las fiestas, a los conciertos, a las manifestaciones, a los antros y a las universidades, la estudió por todos sus costados, en su pasado y en su presente, espió a los mexicanos cuando festejan el Día de las Madres o el de la Independencia, cuando dicen groserías y lloran con los mariachis, cuando aplauden y cuando votan, cuando hablan en los mítines y conversan en las cantinas, cuando ven televisión. ¡No se podía hacer nada en este país sin que viniera Monsiváis a sociologizar!

Monsiváis deletreó la sensibilidad colectiva, mostró a la sociedad en movimiento, amplió los límites de lo que se consideraba cultura, cronicó un amplio espectro de hechos, individuos, grupos, acontecimientos y procesos. Y todo eso libre de todo vestigio de oficialismo, de interpretaciones previas y cristalizadas y de moralina, con una prosa que transformó la manera de escribir y de pensar en México. ¿Qué fue antes, el lugar común o la frase del Monsi?

Él nos enseñó a mirar, a leer, a pensar, nos rompió los esquemas y los límites, nos abrió a nuevos temas y, sobre todo, nos quitó esa solemnidad pesada a que tan afectos hemos sido. Elaboró un estilo propio absolutamente original y único, tan complejo que ni siquiera ha podido tener imitadores. Octavio Paz afirmó por eso que Monsiváis “es un género en sí mismo”.

Se fue el amigo que lo sabía todo, el que escribió sobre cine y sobre pintura, sobre novela y poesía, sobre ideas y tendencias culturales, sobre política y los políticos, el arte y la literatura, los artistas y los literatos, el de las miradas totalizadoras imprescindibles para entender a México, el que estuvo en todas partes, dando conferencias y asistiendo a conciertos, en asambleas de jóvenes y en eventos académicos, en cenas en las casas de sus amigos y en los antros y las calles de la ciudad. Alegre, irónico, divertido, enojado, deprimido, siempre atentísimo mirando y oyendo todo, absorbiendo y pensando, explicando.

Hoy el dolor me oprime, los mexicanos perdimos a un gran sabio y a un defensor de las mejores causas, y yo perdí a un amigo muy querido y a un lúcido maestro.

Para Monsiváis, de su amigo José Emilio Pacheco:

Carlos Monsiváis

La Jornada


No puedo concebir un México sin la presencia ubicua de Carlos Monsiváis. Durante muchos años nos acostumbramos a leerlo, a escucharlo en conferencias por todas partes y en programas de radio, y a verlo en la televisión, a tal punto que parece imposible resignarse al nunca más.

Perdemos una conciencia crítica irremplazable. Nos queda, en cambio, una obra vastísima que empezó en Días de guardar (1970) y culminó en Apocalipstick (2009), uno de sus grandes libros.

Fue valiente, lúcido, implacable. Estuvo siempre con las minorías y los oprimidos. Esto lo saben todos. Menos apreciada es su labor de crítico literario y, en particular, de poesía. Era un excelente lector poético y, tal vez, el último que se sabía poemas de memoria. Para mí es una pérdida irreparable. Termina una amistad de medio siglo, pero no acaba la deuda muy grande con su inteligencia y agudeza. Estuvimos juntos en muchas partes, desde Estaciones en nuestra adolescencia hasta las revistas de este siglo XXI.

Lo descubrí en Medio Siglo, donde publicó dos ensayos deslumbrantes, uno sobre novela policial y otro acerca de ciencia ficción. Son obras de un adolescente de 18 años y sin embargo pueden leerse como si hubieran sido escritos anoche.

Ante su muerte sólo podemos leerlo y releerlo, y darle al fin el sitio que merece entre los grandes escritores mexicanos de todos los tiempos.

JOSE EMILIO PACHECO HABLA DE CARLOS MONSIVÁIS

Revista Nexos. 2008.

José Emilio Pacheco: La iniciación de Monsiváis (Mayo, 2008)

—¿Conoce usted a Carlos Monsiváis?

—No, para nada.

—Pero ha sido amigo suyo durante cincuenta años.

—Es cierto, sin embargo esa eternidad no me autoriza a decir que lo conozco. Oportunidades no han faltado: durante la adolescencia y la juventud, inmensas caminatas nocturnas por la ciudad de México, después largos trayectos aéreos, prolongadas estancias compartidas en otros países. Y no me refiero nada más a la vida íntima: en torno a él hay datos esenciales que ignoro por completo o acabo de enterarme de ellos.

—¿Por ejemplo?

—Algo tan importante como el lugar de su nacimiento. Por la Guía literaria del Centro Histórico que hizo Pável Granados, supe que Monsiváis había nacido en el edificio de Rosales en donde estuvo la Universidad Obrera y más tarde el Teatro del Caballito que recuerdo como primera sede del grupo Poesía en Voz Alta.

—¿Existe?

—Desapareció en 1964 cuando el entonces regente Uruchurtu demolió sin ninguna necesidad toda esa manzana para abrir el Paseo de la Contrarreforma. Se perdieron el edificio antiguo de Relaciones Exteriores, donde visitábamos a Octavio Paz y a Carlos Fuentes y un día fuimos presentados a José Gorostiza; la sede del PAN, antes un hotel que había sido el cuartel general de Álvaro Obregón, y la casa en que, bajo el mandato de Henry Lane Wilson, Huerta, Félix Díaz y Manuel Mondragón, el padre de Nahui Olin, firmaron el Pacto de la Ciudadela y la sentencia de muerte de Madero y Pino Suárez.

Para Monsiváis, para Sergio Pitol y para mí aquella plaza era un lugar importante porque enfrente estaban el café Kikos y la antigua librería de El Caballito. Pero Monsiváis jamás nos dijo: “Aquí nací”.

Tolerancias e intolerancias

—¿Y acerca de su infancia?

—Sé menos todavía. Me hubiera gustado preguntarle, pero jamás me dio la oportunidad, sobre algo que aparece en dos líneas supuestamente humorísticas de su Autobiografía de 1966. Al lado de las incesantes atrocidades de nuestra época, hay una conciencia que no existía antes por José Emilio Pacheco acerca de problemas tan graves como el abuso sexual y el acoso escolar y los daños irreparables que provocan. Monsiváis habla sonriente y como de pasada de lo que significó para él ser el único niño protestante en una escuela laica en la que sin embargo todos sus condiscípulos —aquí no puedo emplear el término “compañeros”— eran católicos.

Usted no puede imaginarse la virulencia de la intolerancia en aquellos años. Y al mismo tiempo se consideraban como algo meritorio y divertido lo que ahora vemos como auténticos crímenes. Por ejemplo, un maestro universitario, caballero cristiano decentísimo, padre de muchos hijos y pilar de la sociedad, nos invitaba a comer para vanagloriarse deportivamente ante nosotros sus alumnos de cómo, bajo otra identidad y promesa de matrimonio, seducía a sirvientas adolescentes y a muchachitas de las secundarias populares. Era como el cazador que presume de las liebres o las palomas abatidas en su última excursión de caza. Siempre me pareció algo terrible, pero tuve la cobardía de no reprochárselo y me arrepiento ya muy tarde.

—Entonces, ¿cree usted que la obra de Monsiváis es un largo ajuste de cuentas del niño que fue con ese México y todo lo que significa?

—Señalo el dato, de momento no me atrevo a hacer interpretaciones. Nada más le digo que esa situación tuvo su otra cara: el marginal que no participa en las diversiones de su edad es el lector y el espectador nato, por así decirlo. Además, y esto sí se ha apuntado, ese niño se forma en la Biblia de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, una obra maestra del Siglo de Oro a la que nunca se toma en cuenta como parte esencial de la gran literatura española, mientras para la mayoría de sus contemporáneos la prosa castellana era lo que leían en las más veloces y descuidadas traducciones, pagadas a un céntimo por línea.

—¿Usted leyó también la Biblia de Reina y Valera?

—Sí, pero tarde y gracias a Monsiváis. Yo ni siquiera me había acercado a las biblias católicas, excepto por supuesto a los Evangelios. En vez de la lectura directa, que nos desalentaban casi como una invitación al luteranismo, había clases de “Historia sagrada” en que nos contaban los relatos de Adán y Eva y el Diluvio y la torre de Babel.

El último polígrafo

—Pero Monsiváis no se ocupó nada más de textos religiosos.

—No, cuando lo conocí a sus diecinueve años, nadie de nuestra edad había leído tanto como él. A menudo se olvida que la lectura es tiempo y no podemos dar por leído lo que sólo hojeamos o picoteamos. Monsiváis a esa edad tenía ya una gran cantidad de libros perfecta y críticamente asimilados.

—Y ahora, con una actividad tan intensa como la suya, ¿a qué horas lee?

—No lo sé, no me lo explico. Creo que no duerme. Monsiváis paseó en su derredor lo que en inglés llaman un red herring, es decir, una pista falsa que desorienta a los rastreadores. Se hizo pasar por desorganizado y caótico y, todo lo contrario, es de una disciplina brutal y una capacidad de trabajo sobrehumana. De otra manera no se entiende lo mucho y lo bien que ha escrito.

—¿Ha escrito más que Alfonso Reyes?

—Más que nadie en el México actual. Compilar sus obras requeriría de cuarenta tomos como los de Guillermo Prieto. Él es nuestro gran hombre de letras, el último polígrafo que puede escribir (y hablar) sobre todas las cosas. Y digo hablar porque sus antepasados no daban conferencias y no había televisión ni radio, ni entrevistas ni declaraciones. A todo esto ahora hay que sumar internet. ¿Cuántas docenas de “correos” despachará al día Monsiváis?

—¿Y eso es bueno?

—La hiperproductividad tiene la desventaja de que impide el acabado total y, como nadie puede abarcar la obra en su conjunto, juzgamos el todo por la parte. Le juro que soy un auténtico lector de Monsiváis, lo he leído sin tregua durante estos cincuenta años. Y al ver la lista que usted me presenta no quiero engañarla y le confieso algo de lo mucho que desconozco: El crimen en el cine, Cultura urbana y creación intelectual, De qué se ríe el licenciado, El género epistolar, Sin límite de tiempo, con límite de espacio, Rostros del cine mexicano,

Luneta y galería, El bolero, Julio Ruelas, Modernista y muchos libros más.

—Hay que hacer una antología.

—Se pueden hacer muchas y no obstante me temo que le suceda lo mismo que pasa con Reyes. Por buena que sea la antología, y las hay excelentes, uno termina sintiendo que no lo representa: el sentido de la obra está en la variedad y en la vastedad inabarcables. Cada escritor es único y no es posible exigirle más de lo que puede darnos. O sí: podemos demandarle que no sea él, pero en ese caso la pérdida será para nosotros.

—Ahora le devuelven lo que él dijo un día: Se necesita una beca para leer a Monsiváis.

—Y no cualquier beca, sólo la MacArthur que se prolonga por cinco años y es nada más para escritores angloamericanos. Sí, en lo que me resta de vida me encantaría leer lo que desconozco de Monsiváis.

El arte de la memoria

—¿Por qué no escribe usted sus memorias de Monsiváis en esos años?

—Ya lo hizo inmejorablemente Sergio Pitol en El arte de la fuga. La suya será la versión clásica y la única realidad. Las cosas no existen mientras no hay un texto que las fije. Lo demás es la nebulosa llena de estruendo y confusión en que vivimos inmersos.

Lo que pasó es lo que está en el libro, no lo que sucedió en el mundo real ni en las imágenes. Pero al recordar por fuerza inventamos. Sergio y Carlos quedaron muy sorprendidos cuando les demostré que los hechos sintetizados en un día, como es privilegio de la literatura, sucedieron a lo largo de varios años.

El ensayo-relato de Pitol empieza en 1957. Yo no conocí a Sergio hasta el año siguiente. Monsiváis entrega a Excélsior su columna de televisión “La caja idiota”. Por supuesto, faltaban siglos para que colaboráramos en Excélsior. La sección sólo se publicó en La Cultura en México cinco años después, en 1962. De allí van a casa de Juan José Arreola donde yo losestoy esperando porque Arreola nos va a publicar nuestros primeros títulos: Victorio Ferri cuenta un cuento y La sangre de Medusa. Todo esto es cierto pero en 1957 yo no conocía tampoco a Arreola, los Cuadernos del Unicornio no comenzaron hasta 1958 y los nuestros no los publicó Juan José sino a finales de aquel año.

—¿Importan estas precisiones?

—No, importa de verdad lo que ambos significaron para mí en cuanto guías de lecturas y críticos feroces de mis primeros trabajos. Lo que valdría la pena es recrear la atmósfera cultural de aquellos años. Parecen a distancia de varios siglos. Usted no puede imaginarse un mundo ya no digamos sin internet ni Google ni Wikipedia ni celulares con cámaras ni iPods, sino carente de fotocopiadoras, grabadoras y hasta de teléfonos fijos. A fin de comunicarse con Monsiváis había que llamar a una miscelánea para que lo buscaran en su casa. Ante nosotros era inconcebible nada que no fuera el transporte público. Ni pensar en comprarse un coche. Sólo en casos de extrema urgencia se tomaban taxis o se hacían llamadas de larga distancia. Sin embargo, las cartas eran algo más de lo que es hoy el correo electrónico. Uno se escribía en cualquier ocasión. Y para quienes empezaban su trabajo literario resultaban impensables términos como “mercado”, “becas”, “premios”, “agentes”.

A la mitad del siglo

—¿Cómo eran los primeros textos de Monsiváis?

—Hay un Monsiváis que desconozco. Me han hablado de tres crónicas preparatorianas: una sobre la protesta por la invasión de Guatemala, otra sobre el velorio de Frida Kahlo y una tercera sobre el cantante y pianista cubano Bola de Nieve. Lo primero que leí de él, y no me he cansado de elogiar desde entonces, fue el ensayo “Acerca de la literatura policial” en la revista Medio Siglo.

—¡En 1953! ¡A los catorce años!

—No, en 1957, a los diecinueve, aunque una nota al pie dice que se trata de una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras, el 6 de julio de 1956. Entiendo su confusión porque hubo dos Medio Siglo, así como tres Revista Mexicana de Literatura, una de Fuentes y Carballo, otra de Alatorre y Segovia, la tercera de García Ponce y un grupo fluctuante porque casi invariablemente estábamos peleados.

—Hay grandes debates sobre cómo llamar a esa generación: ¿del Medio Siglo, de los cincuenta, de la Casa del Lago? ¿Usted qué piensa?

—Creo que se dan varias promociones quizá fundidas en una sola generación: 1) Una, la de 1950 agrupada en torno de la revista América: Juan Rulfo (pero no Arreola), Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Rubén Bonifaz Nuño, Ricardo Garibay, Dolores Castro, Enriqueta Ochoa, y los dramaturgos: Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández, Sergio Magaña. 2) Otra de la primera Revista Mexicana de Literatura con algunos que ya habían aparecido en el primer Medio Siglo: Carlos Fuentes, Marco Antonio Montes de Oca. 3) La de la Casa del Lago que no es en absoluto de los cincuenta: comienza como tal en 1961 con Tomás Segovia, ya bien pasado el medio siglo, y tiene su esplendor bajo Juan Vicente Melo entre 1962 y 1967, cuando termina trágicamente, como tantas cosas en México. La Casa del Lago es el eje de los sesenta mexicanos.

—No lo veo muy claro.

—Desde luego que no. El esquema presenta cuarteaduras: ¿en dónde pone usted a los españoles de México: José de la Colina, Tomás Segovia, Ramón Xirau que están presentes en varias de estas revistas? ¿Y qué hacemos con Monsiváis, nacido en 1938, veinte años después de Rulfo y Arreola (oriundos de 1918 como Chumacero que tiene su nicho en la promoción de Tierra Nueva, parte de la generación de Taller) y seis años más tarde de aquel 1932 en que parece haber llegado al mundo algo así como la mitad de los escritores mexicanos? (pero no Zaid ni Del Paso, entre tantos otros).

—¿Y nosotras las mujeres?

—Si usted me lo permite, quisiera rogar indulgencia y hacer un pacto para decir que la palabra “escritores” incluye, y en primerísimo plano, a las mujeres. Está muy bien haber reparado las injusticias y exclusiones, pero después de que Fox protegió a los cetáceos y a las cetáceas del Mar de Cortés, creo que debemos reflexionar sobre el caso y no perpetuar horrores como “l@s poetas de uno y otro sexo”, “l@s compañer@s de Monsiváis”. El colmo de la corrección lo encuentro en algunos manuales norteamericanos que llevan en su título la palabra writer. En el interior se habla invariablemente de the writer como she.

La exclusión de Benítez

—Yo nací en 1983 y por tanto contemplo el panorama como si viera las pirámides de Egipto, con perdón suyo. Mi conocimiento es hemerográfico, es decir, arqueológico. No tengo las pasiones de los vivos y por eso me adelanto a reclamar una injusticia: ¿por qué han excluido a Fernando Benítez y a los suplementos México en la Cultura (1949-1951) y La Cultura en México (1962-1971)? El suplemento que dirige Monsiváis a partir de 1972 es una cosa muy distinta, ¿no cree? Y los setenta no son en modo alguno los sesenta.

—Tiene usted razón. Hemos sido de una ingratitud radical con Fernando Benítez. El suplemento fue nuestra Biblia laica. Sergio Pitol ha contado cómo descubrió a Borges en la estación de autobuses de Tehuacán gracias a que México en la Cultura había publicado “La casa de Asterión”. Yo puedo citarle veinte ejemplos personales al respecto. Monsiváis otros tantos. Y en los suplementos sí colaboramos todos.

—Usted trabajó mucho en ellos ¿verdad?

—Fui secretario de redacción del primero en su último año y jefe de redacción del segundo durante nueve (excepto el 68 que me tocó en Inglaterra y en Francia, como lo muestra Jorge Volpi). Sin embargo, esto no figura en ningún lado. He desaparecido por completo en tanto editor o subeditor de los suplementos. El propio Monsiváis jamás me ha mencionado al hacer sus historias de La Cultura en México.

En modo alguno quiero pedirle cuentas ni cobrar protagonismo: mi labor fue muy constante y muy difícil pero muy secundaria frente a la importancia de Benítez y Vicente Rojo. Hice la talacha anónima de las notas y las traducciones aunque me autopubliqué muy pocas veces. Mis poemas salían en las revistas de mi generación. Respecto a la ética de todo esto, nunca dije en un texto sin firma o con pseudónimo nada que no hubiera dicho bajo mi nombre.

—Eso sí no lo sabía.

—Tampoco creo que haya habido una conspiración staliniana para borrarme o recortarme del retrato de familia. El suplemento ha llegado a identificarse casi por completo con Monsiváis porque fue, con Radio Universidad, su auténtico terreno de despegue. Muchas de las crónicas de Días de guardar aparecieron allí. Él tuvo una participación muy destacada durante el 68 y en 1971, cuando Benítez dejó en mis manos La Cultura en México, preferí renunciar y pedirle a Monsiváis que estaba en Londres venir a encargarse del suplemento, una decisión de la que no me arrepiento. Fue la mejor para todos.

La niebla y el acero

—No ha dicho nada de Estaciones.

—Resultó el primero de mis muchos trabajos en común con Monsiváis. Mi maestro Enrique Moreno de Tagle, que lo fue de muchos otros escritores mexicanos: Jaime García Terrés, Carlos Fuentes, Jorge Ibargüengoitia, Montes de Oca, Xavier Wimer y seguramente muchos más, me llevó con el poeta Elías Nandino, que era un hombre muy generoso, y él abrió un espacio no para los jóvenes sino para los adolescentes: ninguno de nosotros había cumplido aún los veinte años. En cuanto conocí a Monsiváis le pedí que hiciéramos en colaboración esas páginas.

—¿Qué es lo más notable que publicó allí Monsiváis?

—Su primer cuento y el único antes del Nuevo catecismo para indios remisos. “Fino acero de niebla” está agobiado por una retórica poetizante que entonces nos parecía estupenda pero que envejeció muy pronto y muy lastimosamente:

Intentó hundirse en la respiración que le brotaba, en la huida de sí a través de su cuerpo; creando situaciones para adentrarse en ellas evadiendo su rostro. Un ataúd sin puertas, una brisa surgida de las manos. Empañada en vaho la voz.

Yo estaba tan confundido como él. Escuche este parrafito: Enero se derrama encima del tálamo colectivo de los gatos. La azotea resiente el frío invernal y acoge a sus visitantes con indiferencia… Con el último gato que se aleja, las estrellas se cuelan por las tuberías y van a deshacerse en las coladeras.

Pero “Fino acero de niebla” es tal vez el primer cuento en que aparece la delincuencia juvenil de la época y la neohabla mexicana de entonces. Es como un leve presagio de la Onda. Si la niebla estaba en nuestra prosa infantil que nadie corregía, la finura y el acero se hallaban en el oído de Monsiváis para recoger y transformar lo que se escuchaba en las calles:

—Así que te rajas. Cuando todo está listo. Y tú qué dijiste, a éstos ya se los cargó. Pues te falló, pendejo. Si te avientas o no a esa vieja y por andar dándolas, le sacas, es tu movida. Ora te friegas. O jalas o te friegas.

Este cuento inició su entrenamiento como el narrador, a diferencia del ensayista, al que debemos los mejores relatos en sus crónicas.

Los contemporáneos del porvenir

—¿Y los ensayos?

—Brotaron con una naturalidad asombrosa. Aquí no parece haber habido aprendizaje en público. En once páginas Monsiváis puede hablar de cien libros y proponer una tesis que se volvió dominante: en México no hubo novela policial (a diferencia de la novela negra, impensada o innombrada entonces) porque siempre hemos desconfiado de la policía.

En el ensayo escribe por ejemplo:

Edgar Allan Poe, iniciador del género, es también el que señala elementos que posteriormente serán invitados casi obligatorios de la literatura policial: el investigador de gran capacidad y extraordinaria capacidad y extraordinaria facultad de raciocinio y de dominio en el uso de métodos analíticos y deductivos, su ayudante, admirador y consignador de la inteligencia del detective más desprovisto de ésta; los representantes del andamiaje oficial a quienes casi todos los investigadores han de poner en evidencia mostrando su incapacidad y su falta de recursos para descubrir a un criminal; el problema del cuarto cerrado; la acusación al inocente; el sorpresivo desenlace; la culpabilidad del menos sospechoso; la aparición del mayordomo y otros tantos que igualmente se repetirán.

Reyes y Enrique González Martínez habían hecho respetable la lectura del género; José Luis Martínez había escrito un artículo pionero. Sin embargo, no conozco ningún mexicano anterior a Monsiváis que haya instalado ese género “popular” en los recintos de la llamada entonces alta cultura.

Más valor se necesitaba para tomar como objeto de estudio literario la ficción científica. A unos meses del Sputnik que iba a cambiar el mundo al llevarnos a la era de los satélites, Monsiváis lo hizo en su ensayo de 1958 “Los contemporáneos del porvenir”, quizá la primera consideración mexicana del género desde sus antecedentes en Luciano de Samosata y Johannes Kepler hasta Ray Bradbury y Arthur C. Clarke.

—¿Hay otros textos notables de esta época?

—Muchos más. Me he limitado al espacio que va entre la publicación de dos libros fundamentales para nosotros: Piedra de sol en octubre de 1957 y La región más transparente en abril de 1958. Por gusto y por necesidad llenamos las pequeñas revistas, las publicaciones marginales, de artículos y notas, increíblemente malas por lo que a mí respecta. Contribuimos sin quererlo a la leyenda de que un solo grupo se había adueñado de todas las publicaciones mexicanas. No es así: fuimos la primera generación que intentó vivir sólo de su trabajo sin ocupar ningún puesto administrativo.

—¿Y la mafia?

—Es un término genial, un modelo del arte de injuriar que se atribuye indistintamente a Margarita Michelena y a Luis Spota para hablar de un grupo literario en tanto asociación delictuosa, delincuencia organizada. Desde 1880 por lo menos se infama en México a la “sociedad de elogios mutuos”. Como todo en este mundo, la real o supuesta mafia debe ser sometida a crítica implacable. Sin duda cometió graves errores y enormes injusticias. Pero también dio muchas cosas. Los excluidos tienen todo el derecho del mundo a protestar contra ella y atacarla póstumamente. Lo que me parece absurdo es que algunos de sus beneficiarios la injurien todavía cuando hace mucho dejó de existir.

También se habla de una elite cerradísima. De haber sido así jamás hubiéramos hallado oportunidad alguna Monsiváis y yo (Pitol se marchó a Europa), simples estudiantes de clase media que no teníamos apoyo alguno ni pertenecíamos a familias poderosas. Pero la justificación final está en los libros: medio siglo después seguimos leyendo Piedra de sol y La región más transparente, como seguiremos leyendo a Carlos Monsiváis y a Sergio Pitol.

—Gracias por todo lo que me ha dicho.

—Al contrario, mil gracias por su generosidad arqueológica al escucharme.

Vagón biblioteca: Autobiografía (1966), Días de guardar (1971), Amor perdido (1977), Nuevo catecismo para indios remisos (1982), Entrada libre. Crónicas de la sociedad que se organiza (1987), Escenas de pudor y liviandad (1988), Los rituales del caos (1995), Salvador Novo. Lo marginal en el centro (2000), Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina (2000), Las herencias ocultas (2000), Apocalipstick (2009), Carlos Monsiváis. Carlos Monsiváis, (2004) de Linda Egan (Traducción de Isabel Vericat)

Lo fugitivo permanece. 21 cuentos mexicanos. Selección y presentación de Carlos Monsiváis (1989).

Carlos Monsiváis. Retrato hablado I. Canal 22.(Hay una breve entrevista con Marta Lamas, qué especialmente hermosa es...cuando habla de su Monsi tan amado)


Retrato hablado II. Canal 22. (La serie completa está en youtube)





EL ALBUR



LOS TEPETATLES



Memoria por Francisco Calderón Córdova:

"En alguna ocasión, allá por los setentas, tomando el café en el Toulouse-Lautrec en la Zona Rosa, sentados con Gloria Vidal (pintora -creo-jalisciense-, fallecida en los ochentas), Monsi, Eduardo Luís Feher y dos amigos adolescentes, como lo era yo, comentaron sobre esa participación de Carlos en la película de Juan Ibáñez. Ese recuerdo vino a mi memoria y gracias a la maravilla de YouTube lo pude encontrar.

Chequen al Santa Claus borracho en esta escena de la memorable película de Don Juan Ibáñez (el papá, eh?), Los Caifanes...Se trata nada menos que del querido CARLOS MONSIVAIS"



Homenaje. Creado por Rossana Reguillo y Daniela Baz. Me lo envió la pintora Sylvia Ordóñez Jones.



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Maana se cumple un mes del fallecimiento del Gato Tierno de la Cultura en Mxico.

Y tambin un mes del ltimo tranva que vimos pasar.

Me entristecen ambos.


 Enviado por Lennon - 20-julio-2010 a las 01:29 Enviar mail al autor

 

Se pusieron de acuerdo para dejarme hablando solo?
Yo no soy paranoico ni tengo delirio de persecucin, pero me parece muy extrao lo que ocurri con este blog.
Ya dganme dnde andan!

 Enviado por Lennon - 22-junio-2010 a las 14:51 Enviar mail al autor

 

Mentira si dijera que en mi biblioteca tengo un libro de Carlos Monsivis. A l ms bien lo escuch.

Coincido en cuatro cosas con Carlos:

Ser su contemporneo.

Su nombre de pila.

Su progresismo.

Y, claro, el gusto por los gatos.

Ignoro por que le gustaron los gatos. A lo mejor le pas lo que a m. Me hice de gatos para protegerme de las vboras.

El Manantial en el que vivo, es una Ciudad pequea, su zona urbana es de apenas 9 kilometros cuadrados. Resido en el mero centro, o sea que a 1.5 km. de aqu hacia cualquier direccin, se encuentra los agostaderos, el monte, el lomero. Por lo tanto las vboras estan muy cerca.

M padre me dijo que para protegerme de las vboras me hiciera de gatos. Las vboras, me dijo, le tienen miedo a los gatos. Los gatos las ligan -hipnotizan-, y luego le clavan una ua en la cabeza, esto hace que le entre aire y la vbora muera.

Quiz el Sr. Monsivis tambin se protega de la "vboras".

Saludos.

P.D. 1.- Para vagn videoteca: Escritores de la libertad.


 Enviado por Euclides - 22-junio-2010 a las 11:48 Enviar mail al autor

 

Qu cosa ms extraa.
En este blog a nadie le movi un pelo la muerte del Monsi?

 Enviado por Lennon - 21-junio-2010 a las 23:50 Enviar mail al autor

 

Mara Teresa:
Si te cumplieron con entregarte el clebre debate Monsivis-Paz, y si se encuentra en algn archivo magntico, podras compartirlo?
Hoy ms que nunca me gustara volver a leerlo.
Lo busqu y, al parecer, no est en la red. Y como te dije, me deshice hace aos de esos ejemplares de Proceso.

 Enviado por Lennon - 21-junio-2010 a las 02:22 Enviar mail al autor

 

Le a Monsivis, como todo estudiante de aquella poca, a partir de Das de Guardar.
Lo segu leyendo en todo lo que encontr de l, sobre todo en sus ensayos y artculos, sus secciones fijas. Me hice un "lector duro" de Monsivis, incluso a veces acrtico.
Lo conoc en una conferencia, en el puerto de Veracruz, y pude conversar con l atropelladamente (yo), sonriente (l).

Luego hubo varias oportunidades. Ac recuerdo una, que fue significativa para mi:
Despus de una conferencia en la universidad en la que trabajo, Monsivis sali del auditorio rodeado de alumnos y maestros preguntones, yo entre ellos. Era 1988.
Alguien le pregunt por quin votara para la presidencia. Yo esperaba que dijera lo que, para entonces, era ms o menos una obviedad: por Heberto Castillo, candidato del PSUM.
Pero se trataba slo de una obviedad para quienes, como nosotros en Veracruz, no veamos la campaa de Cuauhtmoc Crdenas, tapados prcticamente todos los canales de comunicacin.
Contest que votara por Crdenas y enseguida nos inform que "quiz" Heberto Castillo renunciara para adherirse a esa candidatura y de esa manera formar un frente amplio.
Tal cual.
En los siguientes das la discusin entre los grupos de izquierda provinciana se mantuvo en los lmites de la ortodoxia, el purismo y un antipriismo que inclua, por extensin absurda, al propio Crdenas.
La voz de Monsivis, sin embargo, haba dejado una huella de comprensin que fructific, abrindose paso entre el hermtico esquematismo de entonces.
Era esa labor, la de una gua con calidad moral, la que destacaba en su actividad cotidiana.
Y es lo que ms falta nos va a hacer.


 Enviado por Lennon - 21-junio-2010 a las 02:20 Enviar mail al autor

 

Mara Teresa:
No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada...


 Enviado por Lennon - 21-junio-2010 a las 02:04 Enviar mail al autor

 

Maana se cumple un mes del fallecimiento del Gato Tierno de la Cultura en Mxico.

Y tambin un mes del ltimo tranva que vimos pasar.

Me entristecen ambos.


 Enviado por Lennon - 20-julio-2010 a las 01:29 Enviar mail al autor

 

Se pusieron de acuerdo para dejarme hablando solo?
Yo no soy paranoico ni tengo delirio de persecucin, pero me parece muy extrao lo que ocurri con este blog.
Ya dganme dnde andan!

 Enviado por Lennon - 22-junio-2010 a las 14:51 Enviar mail al autor

 

Mentira si dijera que en mi biblioteca tengo un libro de Carlos Monsivis. A l ms bien lo escuch.

Coincido en cuatro cosas con Carlos:

Ser su contemporneo.

Su nombre de pila.

Su progresismo.

Y, claro, el gusto por los gatos.

Ignoro por que le gustaron los gatos. A lo mejor le pas lo que a m. Me hice de gatos para protegerme de las vboras.

El Manantial en el que vivo, es una Ciudad pequea, su zona urbana es de apenas 9 kilometros cuadrados. Resido en el mero centro, o sea que a 1.5 km. de aqu hacia cualquier direccin, se encuentra los agostaderos, el monte, el lomero. Por lo tanto las vboras estan muy cerca.

M padre me dijo que para protegerme de las vboras me hiciera de gatos. Las vboras, me dijo, le tienen miedo a los gatos. Los gatos las ligan -hipnotizan-, y luego le clavan una ua en la cabeza, esto hace que le entre aire y la vbora muera.

Quiz el Sr. Monsivis tambin se protega de la "vboras".

Saludos.

P.D. 1.- Para vagn videoteca: Escritores de la libertad.


 Enviado por Euclides - 22-junio-2010 a las 11:48 Enviar mail al autor

 

Qu cosa ms extraa.
En este blog a nadie le movi un pelo la muerte del Monsi?

 Enviado por Lennon - 21-junio-2010 a las 23:50 Enviar mail al autor

 

Mara Teresa:
Si te cumplieron con entregarte el clebre debate Monsivis-Paz, y si se encuentra en algn archivo magntico, podras compartirlo?
Hoy ms que nunca me gustara volver a leerlo.
Lo busqu y, al parecer, no est en la red. Y como te dije, me deshice hace aos de esos ejemplares de Proceso.

 Enviado por Lennon - 21-junio-2010 a las 02:22 Enviar mail al autor

 

Le a Monsivis, como todo estudiante de aquella poca, a partir de Das de Guardar.
Lo segu leyendo en todo lo que encontr de l, sobre todo en sus ensayos y artculos, sus secciones fijas. Me hice un "lector duro" de Monsivis, incluso a veces acrtico.
Lo conoc en una conferencia, en el puerto de Veracruz, y pude conversar con l atropelladamente (yo), sonriente (l).

Luego hubo varias oportunidades. Ac recuerdo una, que fue significativa para mi:
Despus de una conferencia en la universidad en la que trabajo, Monsivis sali del auditorio rodeado de alumnos y maestros preguntones, yo entre ellos. Era 1988.
Alguien le pregunt por quin votara para la presidencia. Yo esperaba que dijera lo que, para entonces, era ms o menos una obviedad: por Heberto Castillo, candidato del PSUM.
Pero se trataba slo de una obviedad para quienes, como nosotros en Veracruz, no veamos la campaa de Cuauhtmoc Crdenas, tapados prcticamente todos los canales de comunicacin.
Contest que votara por Crdenas y enseguida nos inform que "quiz" Heberto Castillo renunciara para adherirse a esa candidatura y de esa manera formar un frente amplio.
Tal cual.
En los siguientes das la discusin entre los grupos de izquierda provinciana se mantuvo en los lmites de la ortodoxia, el purismo y un antipriismo que inclua, por extensin absurda, al propio Crdenas.
La voz de Monsivis, sin embargo, haba dejado una huella de comprensin que fructific, abrindose paso entre el hermtico esquematismo de entonces.
Era esa labor, la de una gua con calidad moral, la que destacaba en su actividad cotidiana.
Y es lo que ms falta nos va a hacer.


 Enviado por Lennon - 21-junio-2010 a las 02:20 Enviar mail al autor

 

Mara Teresa:
No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada...


 Enviado por Lennon - 21-junio-2010 a las 02:04 Enviar mail al autor

 
 
Acerca del autor
 
María Teresa Priego

Tabasqueña. Feminista (tendencia retro) Estudió Letras en la Universidad de Monterrey. Diplomado en Historia del Arte en Roma. Maestría en Estudios de lo femenino en París VIII. Vivió en Suiza y en Estados Unidos.

Integrante del Comité Editorial de Debate Feminista. Fundadora del Instituto de Liderazgo para Mujeres Simone de Beauvoir. Traductora. Divanera compulsiva. Aprendiz de psicoanálisis. Fóbica del avión. Los elevadores y la vida social intensa. Es muy feliz en las bañeras, los mares, los ríos, las lagunas y la lluvia. La existencia de Plutón, es su más rotunda certeza científica.

Autora del libro de cuentos “Tiempos oscuros”. Cuentos en antologías de Cal y Arena. Planeta y en Debate Feminista.

Ha colaborado en distintos periódicos y revistas, desde hace cuatro años es articulista en la sección de Opinión de EL UNIVERSAL.


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