Hace unos días una querida amiga y yo hicimos unos cuadros para mi casa de las imágenes de mis tres películas favoritas, una es El Padrino, la otra Taxi Driver y la tercera Scarface.
En dos de ellas participa Al Pacino, un actor que he visto su trabajo desde muy pequeño. Incluso hace unos días por televisión, volví a recetarme Perfume de Mujer, no su mejor cinta, pero sí con una actuación de verdad madura, manejando muy bien los espacios y con una expresión corporal de un monstruo del séptimo arte.
Al Pacino nació el 24 de abril de 1940 en Nueva York. Hijo de Rose y Salvatore Pacino, una familia de origen italiano muy humilde.
Pacino es del barrio como decimos nosotros en México, se crió en el sur del Bronx por su madre y sus abuelos ya que su papá los abandonó.
En ese lapso su madre se enferma y tiene que ponerse a trabajar para mantener la casa, trabajó de acomodador, de recadero y de muchos oficios más.
Luego de tanto trabajar finalmente consigue un premio Tony, entonces es cuando Francis Ford Coppola se fija en él al ver su actuación en Pánico en Needle Park y le ofrece el papel de Michael Corleone en la saga de El Padrino.
Luego de eso vienen las nominaciones para el Oscar; como mejor actor secundario por El Padrino, Dick Tracy y Glengarry Glen Rose y como mejor actor protagonista por su actuación en Serpico, El Padrino II, Tarde de perros y Justicia para Todos.
De las películas que para mi gusto demuestra su gran capacidad de actor son: Tarde de Perros, Serpico, Crusing, El Padrino, Cara Cortada y Fuego Contra Fuego.
Pero no es hasta 1993 cuando consigue el Oscar, por la película Perfume de Mujer. Que es la cinta por la que empiezo este blog. Un filme que te da una lección de vida. En ella Pacino demuestra su madurez, más allá de una súper producción, todo se centra en su actuación de ciego.
En la historia personifica a un militar que se queda ciego luego de su testarudez y mal carácter, un personaje duro que ya no quiere vivir por los errores de su pasado, pero que da una lección a quien la ve, a quien ya cree que todo está perdido.
Es un jalón de orejas para volver a vivir, para darnos cuenta que nunca es tarde para disfrutar de un buen whisky, del aroma de una mujer, de la adrenalina de la velocidad, del seducir al bailar, pero sobre todo del dolor que significa perder una batalla, más no la guerra (la muerte), de saberla desmenuzar hasta su última consecuencia, de sentir ese dolor en el pecho que no te deja levantar de la cama y luego pararte de nuevo y ponerte tu mejor traje para dar la mejor de las batallas, así es Pacino, un tipo de barrio, con cinco minutos de ventaja, con sentido común.
(Óscar Cedillo/El Conejo)