Lo único que no nos gustó de esta edición es el feo cartel. Ni modo, había que decirlo.
Nuestra cita anual con lo mejor del cine
internacional, cortesía de la Cineteca
Nacional, está aquí de nueva cuenta. Como lo
mencionamos anteriormente en este espacio,
la Muestra Internacional de cine de la
Cineteca Nacional era la única oportunidad
para ver cintas que -por culpa de la
precaria distribución en el país- muy
probablemente no volveríamos a ver jamás.
Pero, precisamente por ese halo de
exclusividad, la muestra –y el simple hecho
de ir a la cineteca- derivó en un asunto
medianamente elitista. No solo era un
problema encontrar boletos, sino que las
salas se abarrotaban de gente que acudía no
por el hecho de ver cine, sino por
simplemente estar. En algún momento, ir a la
muestra se volvió un asunto 'chic', de
'caché cultural', el evento de la 'elite
culta' de la ciudad.
Afortunadamente eso quedó atrás. Ahora,
además de la exhibición en cines
comerciales, tanto del DF como del interior
de la república, la muestra en esta ocasión
aumenta los días de exhibición de cada
cinta, de tres a seis días.
Luego de un largo recorrido por festivales, luego de muchos premios e incontables elogios, ‘Los que se quedan’, la última cinta de Juan Carlos Rulfo y Carlos Hagerman, pasará por la prueba más difícil: ustedes, el público, que acude al cine a ver una película.
Usualmente los documentales asustan a la gente, pero si en su vida se han dado la oportunidad de ver uno, este debería de ser con el que pierdan la virginidad en ese género. ‘Los que se quedan ‘ combate con calidad cinematográfica, la idea del documental como una invitación a la aburrición y el sueño.
Sobre este tema, y sobre el proceso para filmar la cinta, tuvimos la oportunidad de platicar con sus directores. Eh aquí lo que nos dijeron.
A veces una película es una lucha entre el director y el espectador. El director confronta al espectador con imágenes o historias que retan a su moral, sus costumbres, sus miedos y ansiedades. El resultado de esa lucha puede ser la aceptación de una realidad nueva y ajena, o el abandono de la sala.
En este espacio tenemos un particular gusto hacia ese tipo de películas, aquellas que incomodan, que hacen que la gente se salga del cine no porque la película sea mala, sino porque pide demasiado del espectador y este termina por quebrarse y abandonar la sala. Nos gusta cuando el cine nos pone a prueba con nosotros mismos.
Nuestra lista de las 10 películas más incómodas se compone principalmente de cintas en las que hayamos presenciado el abandono de la sala, evidentemente faltan muchas, díganos cuáles agregarían ustedes.
La séptima edición del Festival Internacional de Cine de Morelia ha llegado a su fin. Tras de sí deja una larga estela de películas (buenas, malas y regulares), pero lo que definitivamente dejará huella de esta edición es la visita de Quentin Tarantino. No es un hecho menor, y esto no sólo sitúa al festival como uno de los más importantes de México y América Latina, sino que además sitúa a nuestro país como una importante capital de cine.
Festivalear es un deporte de resistencia. Resulta imposible seguir la pista de toda la gama de películas y actividades que se nos ofrecen. Aquí una lista de lo mejor que pudimos ver en Morelia, la peor película, la que odiamos habernos perdido y un comentario sobre la cinta ganadora.
El mesías y sus seguidores. Foto: Paulo Vidales. Imagen Latente
I
…y entonces, por un leve instante, el centro de Morelia se paralizó. La camioneta negra se detuvo frente al cine del centro, la calle Santiago Tapia quedó bloqueada y de inmediato también las estrechas calles aledañas. El hombre se bajó de automóvil, con traje obscuro, camisa negra, lentes de sol con un filo dorado… y de inmediato el caos, el griterío, la multitud enloquecida ensordecía a los molestos automovilistas que tocaban inútilmente el claxon de sus coches.
Los fans no se encontraban confinados, no se encontraban detrás de una valla, no estaban amedrentados por guaruras, estaban justo frente a su ídolo. El hombre de negro no llevaba un amplio sistema de seguridad, o si lo tenía era imperceptible. Poco a poco se fue abriendo paso al interior del cine donde develaría una placa que conmemoraría su presencia en esta ciudad. En su camino no reparó en firmar carteles, posters, o tomarse fotos con quien se lo pedía. Los gritos de los fans eran la constante. Una de las más entusiastas cargaba un pequeño cartel que decía: “Fuck me”; otras también le gritaban: “Make me a child” e inmediatamente traducían, “Hazme un hijooo…”.
La multitud que abarrotaba el cine se desbordaba hasta la calle y tenía histéricos a los automovilistas. Uno de ellos me pregunta:
Cuando tenía 17 años cumplí el ritual que todo adolescente debe experimentar alguna vez en su vida: me metí al cine a ver una película “XXX”. Sin embargo, como muchas cosas en la vida, aquella clasificación era una mera cuestión de enfoques. Se trataba de “Bitter Moon”, o Luna Amarga, el último largometraje de un director que yo no conocía pero sabía que era importante, un tal Roman Polanski.
¿Por qué quería yo ver Luna Amarga?, en realidad no lo sé. Ni siquiera tenía idea sobre qué trataba, sólo sabía que era una película polémica y que la crítica, tanto nacional como extranjera, estaba escandalizada. Estoy casi seguro haber escuchado decir a Guitierrez Vivó en su afamado programa de radio matutino (escucha obligada en mi casa) que esa película era en realidad una cinta pornográfica disfrazada de cine de arte. “Tengo que ver eso”, pensé de inmediato.
Así, un día, sin planearlo, se me cruzó la película en un cine de mis rumbos, el famoso cine Pecime, de Coyoacán. Históricamente tenía muy mala suerte para que me dejaran entrar a ver películas “polémicas”. De las veces que con más dolor recuerdo que me corrieron del cine fue cuando intenté ver, junto con un tío, “Imagine” de John Lennon. Alguna mente brillante de la Secretaría de Gobernación (o de RTC) clasificó como “Sólo adultos” aquel documental porque tenía una secuencia donde aparecían John y Yoko desnudos (se trataba de un still de la portada del también polémico Two Virgins). Cuando yo y mi tío llegamos al cine (el muy famoso y entonces nice Cine Latino) el viejito que cortaba el boleto a la entrada nos dijo que yo no podía pasar. “Oiga, pero vengo con el” dijo mi tío. “No no se puede, si algún inspector se entera de que hay menores nos cierran el cine”. Por culpa de ese viejito nunca pude ver “Imagine” como debía de ser y no me quedó más opción que recurrir a Tepito y a una gloriosa copia en Beta (creo que todavía no existía el VHS).
Muchos acuden al cine en búsqueda de una experiencia, otros prefieren el dulce encanto de una historia bien contada, algunos más buscamos que la película nos cambie, nos cuestione, nos convierta en una persona diferente a la que éramos al entrar a la sala. Pocas películas es nuestra vida pueden presumir de haber sido todo esto y más. Fight Club es una de esas, una cinta que te golpea en la cara, que te atrapa, te cuestiona, te exige, que aún a 10 años de la primera vez, sigue estando en nuestro inconsciente. Aún podemos recordar la primera invitación: “¿Qué tanto podemos saber de nosotros mismos si nunca hemos estado en una pelea?”.
Verte al espejo es de los actos más valientes que puede haber. La imagen no miente, el reflejo nos muestra cómo somos y nuestra reacción ante la imagen nos dice quienes somos.
El cine mexicano –salvo el honroso caso de los documentales- pocas veces se ha decidido a ser un reflejo de nosotros mismos. El cine nacional usualmente transita por dos extremos: desde la visión tremendista de la pobreza y la miseria nacionales, hasta el ánimo aspiracional de un cine que se aferra a imágenes y situaciones de una realidad que no nos abarca por completo.
Ahora que estamos “en el mes de la patria”, me pareció más que adecuado recordar una de las pocas películas mexicanas que ha tenido la valentía de reflejar el “cómo somos” de este país: Mecánica Nacional.
El registro de la realidad no tiene por que ser aburrido.
¿Por qué la gente huye de los documentales? Lo he visto con mis ojos, gente que va al cine, se interesa por una película, pero cuando se entera de que se trata de un documental, da la media vuelta: “Ah, ¿es documental?...mmmno, mejor vemos otra cosa”.
¿Por qué a la gente no le gustan los documentales?, tengo una muy personalísima teoría. Cuando yo cursé la secundaria (hace ya algunos ayeres), las siempre brillantes autoridades de la escuela solían encerrarnos a ver documentales (esos aburridísimos de la empresa ILCE) como castigo cuando no llegaba un maestro y nos portábamos mal. Supongo que mi secundaria no era la única que hacía eso. El documental como castigo.
Francamente se trataba de sadismo puro. Los maestros, además, tenían una particular capacidad para elegir documentales aburridísimos. Cuando tienes catorce años, pocas cosas te pueden interesar menos que la vida de la estepa, el arte del renacimiento tardío, la revolución rusa o los grandes vestigios de la civilización en Egipto. ¡Vamos, teníamos catorce años!, todo lo que no fuera sexo o chicas nos parecía aburridísimo.
A Ximena, quien recién estrena este mundo.
El próximo 9 de septiembre de 2009, los Beatlemanos de todo el mundo seremos víctimas (una vez más) de una estrategia comercial de grandes proporciones. Aprovechando la curiosa alineación de nueves -09/09/09- en la fecha del miércoles próximo (el número 9 tiene un significado especial en la mítica Beatle) las siempre geniales mentes de la mercadotecnia han decidido hacer de esa fecha toda una celebración Beatle.
Ese día saldrán a la venta dos productos que tienen (nos tienen) a los fans al borde de la bancarrota. Se trata de una caja con todos sus álbumes en CD, remasterizados por primera vez y con las portadas de cartón, simulando a los acetatos originales. Además, los creadores del simulador musical “Rock Band” (sumamente popular para todos aquellos que cuentan con alguna consola de videojuegos) sacarán a la venta una versión ‘Beatle’ del juego. Ahora, todos podremos tocar junto con John, George, Paul y Ringo más de 45 rolas clásicas en un viaje virtual por la historia del cuarteto de Liverpool.
Ni modo, cuando los señores de la mercadotecnia se meten con nuestros ídolos sabemos que el perdedor será nuestro bolsillo. Es imposible resistirse.
No sé ustedes, pero yo estoy harto de los críticos de cine. Usualmente son individuos algo petulantes que odian el cine comercial y erigen sobre un pedestal a cualquier cinta de tres horas en blanco y negro. Desde su mirada fría y sin pasión creen tener la verdad absoluta.
Olvidan que el peor pecado que puede cometer un director de cine es hacer una cinta aburrida. ¿Cuándo habrá sido la última vez que esos críticos entraron con auténtica emoción a una sala de cine?
En este espacio nos gusta el cine, no importando de donde venga, ni quién lo haga. Se trata de recuperar esa capacidad de asombro, justo como ocurría en sus inicios, en aquel Salón Rojo (la primera sala de cine en la ciudad de México) donde la emoción de la imagen en movimiento se convirtió, con el paso de los años, en cinefilia.
Pero no nos malinterpreten, si bien nuestra dieta visual se permiten ciertas golosinas, tampoco soportamos aquel cine que atenta a nuestra inteligencia.
Sirva este espacio para platicar de lo que más nos gusta: el cine y su experiencia. Al fin y al cabo, la crítica la hacemos todos. Bienvenidos.