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Romero, profeta y mártir
22-mayo-2015
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G.Ascencio-R.Lemus, Mural Oscar Romero UES (detalle)

Lo esperábamos. Más allá de manipulaciones y equívocos, la santidad de Oscar Arnulfo Romero resultaba clara. Su martirio por causa de la justicia y el odio a la fe comprometida con los pobres y los derechos humanos, también. Y aunque los procesos de canonización miran a la persona, no a sus coyunturas o implicaciones, la beatificación que mañana tendrá lugar en El Salvador sella también un dato de fe: el deber del testimonio en la esfera pública. Nos alegramos.

Nos alegramos enormemente. Y no puedo dejar de pensar en los hermanos sacerdotes y seminaristas con los que pude convivir hace años en el Seminario de San José de la Montaña, donde la perspectiva de su obispo santo había calado con sabiduría como una imagen de buen pastor. Nos alegramos por la Iglesia de ese país, por la de América Latina y por la Iglesia toda. Con la misma sonrisa benévola a la que el nuevo beato nunca renunció, incluso en sus momentos de mayor tensión.

Poco menos de dos meses antes de su martirio, Romero recibió en la Universidad de Lovaina un doctorado honoris causa. En su discurso había una madurez pastoral que no es sino la conciencia de lo que su propio testimonio habría de rubricar.

 
Educar
15-mayo-2015
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Antonio Zanchi, Abraham enseñando astrología a los egipcios

Entre las obras de misericordia aparece "enseñar al que no sabe". Desde esta perspectiva, se considera al prójimo en su necesidad de superar alguna ignorancia que de alguna manera le acarrea problemas.

Pero la enseñanza puede ser también considerada en el sentido del desbordamiento del bien. Así lo había descrito san Agustín, en una expresión que resulta oscura, pero que lleva implícito el imperativo de compartir lo que se sabe. Discúlpeseme citarlo primero en latín: "Omnes enim res quae dando non déficit, dum habetur et non datur, nondum habetur quomodo habenda est" (De doctrina christiana I,1,1). En español: "Pues todo lo que no se pierde cuando se da, si se tiene y no se da, no se tiene como se debe".

Una de las características más notables del conocimiento radica precisamente en esto. Si yo tengo un saber y lo comparto, quien lo recibe de mí no me lo quita, pues yo lo sigo poseyendo, y ahora, además, lo posee también él. El aprendizaje es una multiplicación que a nadie empobrece. Al contrario, genera la comunión que brota precisamente de ese movimiento de enseñanza. Por ello nunca olvidamos a los maestros que mejor han ejercido con nosotros su oficio.

 
Compartir
08-mayo-2015
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Albrecht Dürer, Adoración de los Magos (detalle)

La comunión en el bien que parte del propio bienestar desencadena la dinámica del compartir. El verbo puede indicar una condición previa, en la que no hay generosidad procurada: de hecho, se tiene en común algún bien, se participa en algo. Esto sucede, por ejemplo, cuando los vecinos comparten la calle o el parque público, o cuando se comparte el transporte colectivo. Ya en ello podríamos descubrir muchos valores implicados. Pero hay un sentido activo del verbo, en el que nos vuelve a aparecer el desbordamiento del bien. Entonces se puede obsequiar una posesión, dividiéndola y entregando una parte. Y más aún, percibida en su dimensión profunda, la liberalidad implica no sólo la cesión de la cosa que se tiene, sino el generar un vínculo interpersonal. Quien ha sido afortunado transmite a los demás su riqueza -material o moral- y da pie con ello a una realidad nueva, a un valor: el fortalecimiento de la relación humana, procurando también la alegría del prójimo.

Es verdad que hay experiencias contrarias. La de quien ha recibido un beneficio y lo esconde mezquinamente o la de quien procura con afán un peculio creciente sólo para su propia ventaja. Pero también se da el caso de quien entrega incluso en abundancia, pero sin generar compromiso alguno de fraternidad. Es el uso despectivo del término "limosna". Un adagio atribuido por san Pablo a Jesús, aunque no transmitido directamente por los evangelios, dice que "hay mayor felicidad en dar que en recibir" (Hch 20,35). Y en realidad, llegando más lejos, en última instancia se debe reconocer que somos siempre deudores de una generosidad anterior a la nuestra: "¿Qué tienes que no lo hayas recibido?" (1Co 4,7). Cada bien de la vida es un regalo, y compartirlo como regalo es precisamente participar de la fiesta de la vida, celebrar comunitariamente la dicha, fraternizar.

Un pasaje de santa Catalina de Siena retomado por el Catecismo de la Iglesia Católica reconoce aquí un misterio de la providencia divina. "En cuanto a los bienes temporales, las cosas necesarias para la vida humana las he distribuido con la mayor desigualdad, y no he querido que cada uno posea todo lo que le era necesario, para que los hombres tengan así ocasión, por necesidad, de practicar la caridad unos con otros. He querido que unos necesitasen de otros y que fuesen mis servidores para la distribución de las gracias y de las liberalidades que han recibido de mí" (Diálogo de la divina providencia, 7).

 
La dignidad del trabajo
01-mayo-2015
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Maestro de Flémalle, José en su taller

Trabajó con las manos. Nunca se cansó de recordarlo. Trabajó con la inteligencia. Lo demostró hasta el final de su vida. Si ha habido un pontífice con autoridad para hablar del trabajo, ese lo fue Juan Pablo II. Y aunque su enseñanza sobre el tema se inscribe en el ámbito de la Doctrina Social de la Iglesia, no dejó de imprimirle su propia huella particular, claramente heredera de su filosofía personalista.

Una relectura de su Encíclica sobre el trabajo humano, especialmente en su apartado teológico y espiritual, es siempre fascinante. Superando una falsa visión, que identificaba el trabajo como un castigo por el pecado, el Papa supo señalar la original bondad del trabajo como elemento constitutivo de la creación del hombre. No obstante la fatiga que implica en el actual orden de cosas, "el trabajo es un bien del hombre... Y es no sólo un bien 'útil' o 'para disfrutar', sino un bien 'digno', es decir, que corresponde a la dignidad del hombre, un bien que expresa esta dignidad y la aumenta". Y ello "porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido 'se hace más hombre'" (Laborem exercens, n. 9).

El talante personalista se subraya precisamente al poner al hombre en el centro de su reflexión sobre el trabajo. Aunque se pueda reconocer su dimensión objetiva en la "técnica" y en los productos, siempre es prioritaria en su visión la dimensión subjetiva. Afirmaba que "el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, su sujeto", y ello implica que "el trabajo están 'en función del hombre' y no el hombre 'en función del trabajo'". De ahí que, aún "suponiendo que algunos trabajos realizados por los hombres puedan tener un valor objetivo más o menos grande", se pone en evidencia "que cada uno de ellos se mide sobre todo con el metro de la dignidad del sujeto mismo del trabajo, o sea de la persona, del hombre que lo realiza. A su vez, independientemente del trabajo que cada hombre realiza, y suponiendo que ello constituya una finalidad de su obrar, esta finalidad no posee un significado definitivo por sí mismo. De hecho, en fin de cuentas, la finalidad del trabajo, de cualquier trabajo realizado por el hombre -aunque fuera el trabajo 'más corriente', más monótono en la escala del modo común de valorar, e incluso el que más margina-, permanece siempre el hombre mismo" (n. 7).

 
Felicitar
24-abril-2015
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Mariotto Albertinelli, Visitación

La exuberancia del bien adquiere contornos precisos. Cuando se trata del bien ajeno, que nos genera alegría, el movimiento de la relación se expresa como una felicitación. Cuando se trata del bien propio, que origina la fiesta, la dinámica que brota es la del compartir. En ambos casos tenemos la comunión en el bien. La excedencia de la vida, el desbordamiento de su cauce que se percibe como principio de gozo, puede estrechar los lazos humanos, abriendo la cotidianidad a la trascendencia, lo ordinario a su significado, lo pasajero a su sentido. El cascarón se rompe como una sorpresa que hace sonreír, que justifica la perseverancia, que vence la frustración, el aburrimiento y el pesimismo.

Felicitar puede parecer algo irrelevante. A veces lo hacemos por compromiso, como un gesto de cortesía trivial. Otras, surge como una exigencia formal, sin que lo respalde un genuino sentimiento de complacencia, o incluso con animadversión. Sin embargo, en la razón que dio lugar a la costumbre, se descubre su verdadero valor. Se propicia felicidad en referencia al bien ajeno. La propia satisfacción se reconoce vinculada con la dicha de los otros, por lo que han recibido, por lo que han logrado, por lo que son. Así se da pie a una expresión específica cuando el bien se constata ya presente, o se manifiesta su deseo respecto al futuro. Como lo sugiere la misma etimología, se trata de "hacer feliz", de crear felicidad. Su base es la disposición espiritual del compartir la alegría por ese bien: congratularse.

Tal vez resulte provocador pensar que hay que aprender a felicitar. Para que el movimiento del corazón brote de manera espontánea, con sinceridad y frecuentemente, es susceptible de ser educado: de provocar conscientemente la acción, revisarla en su vivencia, descubrir los mecanismos que la hacen auténtica, reforzarla como experiencia, reproducirla periódicamente, encauzarla y afinarla. Se trata, en realidad, de una pedagogía fascinante, porque se ejercita en la afirmación de la vida, en la contemplación del valor, en la comunión humana.

 
Festejar
17-abril-2015
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Mattia Preti, Bodas de Caná

"Las fiestas no son cosa seria", sentenció una voz avejentada, severa. "No corresponden al espíritu cristiano". Debo disentir. La figura de un creyente mustio, siempre apesadumbrado, pesimista y regañón, no tiene nada que ver con la misma palabra "evangelio", buena nueva. Más aún, la contradice. Y creo que sin ambages podemos reconocer la alegría festiva, el compartir los motivos de júbilo, como una "obra buena" típica de la sensibilidad evangélica.

Una simple revisión de los textos sagrados nos lo confirma. En el corazón del evangelio de la misericordia, la realización del Reino desemboca explícitamente en fiestas. Ante la recuperación de la oveja perdida, el pastor convoca muy contento a amigos y vecinos: "Alégrense conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido" (Lc 15,6). Lo mismo ocurre con la mujer que perdió una dracma y finalmente la encontró (cf. Lc 15,9). Pero ante todo, el retorno del hijo pródigo -y por encima de la furibunda reacción del hermano envidioso- se convierte en un gran festejo. "Convenía celebrar una fiesta y alegrarse", determina el padre misericordioso. Y en todos los casos, las parábolas convergen en señalar una realidad trascendente: habrá alegría en el cielo.

La Iglesia no deja de convocar a fiesta. Toda acción litúrgica, incluso las más graves, implica una dimensión celebrativa. Dentro de los ciclos del tiempo, algunos subrayan el carácter gozoso de la vida y de la propia fe, y desbordan en signos de una intensa alegría. Ninguno tanto como la Pascua. La luz, el agua, el banquete compartido, todo adquiere el valor de una síntesis optimista y esperanzada, que vence la oscuridad deprimida y la sequedad aburrida con la certeza.

 
Alegría por el bien ajeno
10-abril-2015
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Andries Cornelis Lens, Hércules protege a la Pintura de la Ignorancia y la Envidia

Las obras de misericordia no agotan el imperativo de "hacer el bien". La acción cristiana no se reserva sólo al servicio del prójimo en su necesidad. El ser humano es siempre más que su fragilidad o su carencia. Por ello, podemos reconocer en las mismas obras de misericordia propuestas tradicionalmente diversas claves que hunden sus raíces en algo más profundo, y que se extiende de hecho a la estructura misma de la relación humana. En todo caso, se trata de la búsqueda del bien ajeno, considerado globalmente y tomando al hermano en su realidad concreta. Este movimiento se desprende de algo interior: el vínculo que se reconoce con él, que no es otro que el deber del amor mutuo, y que parte del reconocimiento de la dignidad de cada persona, con quien se tiene en común precisamente la condición humana.

En este sentido, la sintonía con el prójimo trasciende la compasión. De alguna manera, lo ha logrado reflejar el moderno concepto de "empatía". Si conviene despertar la afinidad con el prójimo en sus problemas, no menos ha de hacerse con su bienestar. Si existe una razón honesta que genera satisfacción en una persona cercana, vibrar con ella y alegrarse de su suerte debería ser automático. Aunque no parece ser así.

Llama la atención que no circule en el lenguaje cotidiano algún antónimo preciso de la envidia. Ésta se reconoce fácilmente. Su experiencia ampliamente extendida lo confirma. Entendida como "tristeza por el bien ajeno", se esperaría que hubiera un término que expresara lo contrario: alegría por el bien ajeno. No lo hay. Acaso convendría acuñarlo, para tenerlo como referente. Pero más importante sería propiciar el hecho.

 
Pequeños cirineos
03-abril-2015
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Maestro Thomas de Coloswar, Cristo cargando la Cruz

El episodio lo narran, con ciertas variables, los tres evangelistas sinópticos. Mateo dice sencillamente: "Al salir, encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón, y le obligaron a llevar su cruz" (27,32). Marcos añade que volvía del campo y que era padre de Alejandro y Rufo. Lucas confirma que venía del campo, y especifica que llevaba la cruz detrás de Jesús. El Viacrucis recuerda la anécdota como su quinta estación.

En 2012, el último en el que Benedicto XVI presidió las celebraciones de Semana Santa, el piadoso ejercicio fue encomendado en su redacción a Danilo y Anna Maria Zanzucchi, del Movimiento de los Focolares, iniciadores del movimiento "Familias Nuevas". Así lo meditaron:

"Tal vez Simón de Cirene representa a todos nosotros cuando de repente nos llega una dificultad, una prueba, una enfermedad, un peso imprevisto, una cruz a veces dura. ¿Por qué? ¿Por qué precisamente a mí? ¿Por qué justamente ahora? El Señor nos llama a seguirlo, no sabemos dónde ni cómo".

 
Teresa de Jesús: 500 años
27-marzo-2015
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Luis Juárez, Santa Teresa y San Juan de la Cruz (detalle)

Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia, vio la luz el 28 de marzo de 1515. Los 500 años de su nacimiento han dado pie a una importante celebración a nivel mundial, y han quedado enmarcados en el Año de la Vida Consagrada convocada por el Papa Francisco a 50 años de la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II.

El perfil espiritual de esta extraordinaria mujer fue fielmente descrito por el Papa Benedicto XVI: "En primer lugar, santa Teresa propone las virtudes evangélicas como base de toda la vida cristiana y humana: en particular, el desapego de los bienes [desasimiento, lo llama ella] o pobreza evangélica, y esto nos atañe a todos; el amor mutuo como elemento esencial de la vida comunitaria y social; la humildad como amor a la verdad; la determinación como fruto de la audacia cristiana; la esperanza teologal, que describe como sed de agua viva. Sin olvidar las virtudes humanas: afabilidad, veracidad, modestia, amabilidad, alegría cultura".

Otra de sus facetas fundamentales la presenta como mujer de oración. "La santa subraya cuán esencial es la oración; rezar, dice, significa 'tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama' (Vida 8,5)... La oración es vida y se desarrolla gradualmente a la vez que crece la vida cristiana". A este respecto, su propia experiencia se convirtió en una gran escuela, de la que hasta la fecha se nutre la Iglesia.

 
Ante Dios
20-marzo-2015
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Bernardo Cavallino, Martirio de San Esteban

"Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2635). La última obra de misericordia espiritual que se menciona en la lista tradicional es "rogar a Dios por vivos y difuntos". En cuanto acción de misericordia, mira al prójimo en su necesidad. Como hecho religioso, su referencia a Dios es clara y directa. La centralidad de la oración entre los ejercicios de Cuaresma le otorga también a la intercesión una pertinencia peculiar. Por cierto, de particular urgencia.

La disposición interior es la de tener presente en la mente al hermano. Ya esto es un gesto de delicadeza, pues no se hace de manera accidental o atropellada, sino con una intención. Es una apertura del corazón que busca captar al otro en su realidad, en su condición, en su situación. Lo recrea, por tanto, en su originalidad, procurando despertar el respeto que merece y la solicitud ante su bien. La propia relación con él, entonces, aparece también, aún con sus posibles ambigüedades, y reclama su purificación. Pero lo principal es que, reconociéndolo como sujeto, se plantea el deseo de su felicidad. Espiritualmente reconozco que me incumbe su plenitud, y me involucro con él en el espacio más propio de mi conciencia, descentrándola.

Esta presencia intencional, sin embargo, se cumple en el contexto religioso. Es un traerlo a la mente ante Dios. Y con ello se alcanza también el misterio más profundo de la persona por la que se ora. Por un lado, porque el ámbito en el que la consideramos es el más sublime que puede formular el hombre. Pero también porque con ello se le identifica en la fuente de su dignidad, y se reconoce simultáneamente que su plenitud tiene que ver con Dios. Por imperfecta y balbuciente que sea la plegaria, tiene la virtud de ubicar al prójimo en su talante sagrado.



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Acerca del autor
 
Julián López Amozurrutia

Este espacio anhela ser una búsqueda compartida. Juan Pablo II decía que tenemos que dar el paso “del fenómeno al fundamento”. En el fundamento hay siempre buenas noticias: la de la vida humana, la de la dignidad de la persona, la de su trascendencia. Porque la realidad se nos presenta como un conjunto de VALORES por descubrir; porque la persona humana puede cultivarse en la VIRTUD; porque la mente se eleva hacia la VERDAD.

Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico.

Página personal: www.amoz.com.mx Twitter

 
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