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Amor materno
09-mayo-2014
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Istvan Dorffmeister, Madre del Buen Consejo

La primera certeza vital nos viene de él. Así lo describía, desde una psicología de insuperable talante humanista, Erich Fromm, al decir que las experiencias originarias "se cristalizan o integran en la experiencia: me aman. Me aman porque soy el hijo de mi madre. Me aman porque estoy desvalido. Me aman porque soy hermoso, admirable. Me aman porque mi madre me necesita. Para utilizar una fórmula más general: me aman por lo que soy, o quizá más exactamente, me aman porque soy" (El arte de amar, Barcelona 1981, 46).

Más adelante lo desglosaba: "El amor materno es una afirmación incondicional de la vida del niño y sus necesidades". Y acotaba: "La afirmación de la vida del niño presenta dos aspectos: uno es el cuidado y la responsabilidad absolutamente necesarios para la conservación de la vida del niño y su crecimiento. El otro aspecto va más allá de la mera conservación. Es la actitud que inculca en el niño el amor a la vida, que crea en él el sentimiento: ¡es bueno estar vivo, es bueno ser una criatura, es bueno estar sobre la tierra!" (ibid., 54).

San Juan Pablo II podía reconocer, a este propósito, la insustituible deuda de gratitud que todo ser humano, y en particular el padre, tiene con la madre. "El humano engendrar es común al hombre y a la mujer... Sin embargo, aunque los dos sean padres del niño, la maternidad de la mujer constituye una 'parte' especial de este ser padres en común, así como la parte más cualificada. Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos, es una realidad más profunda de la mujer, especialmente en el período prenatal. La mujer es 'la que paga' directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma. Por consiguiente, es necesario que el hombre sea plenamente consciente de que en este ser padres en común, él contrae una deuda especial con la mujer" (Mulieris dignitatem, n. 18).

 
Santo polifacético
02-mayo-2014
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El Papa Juan Pablo II fue un hombre polifacético. Es tan rica y prolija su producción escrita y la impronta que dio a la Iglesia como pastor, que difícilmente podemos delinearla. Me parece, sin embargo, que determinados rasgos sobre los que no siempre se habla delatan la fuerza de su personalidad y la eficacia con la que la supo poner al servicio de su ministerio. Lo propongo a partir de algunos de sus versos, que reflejan de modo más fino el manantial de su interioridad.

Juan Pablo II es el hombre del asombro. Todo su recorrido brota del instante primordial de su experiencia humana. Sobre él construye, de hecho, todo su edificio filosófico. "Pon tu mirada un instante en las gotas de fresca lluvia; mira reluciente en ellas todo el verdor de las hojas de primavera. Enteras las ves en las gotas lo mismo que en sus naturales confines. El asombro llena tus ojos y no puedes llegar al fondo de tu pensamiento. En vano tratas de acallarlo, como si fuera un niño que acaba de despertarse. ¡Permanece así, en tu estupor, no te apartes del resplandor de las cosas! ¡Vanas palabras! ¿No me oyes? Inmerso en la claridad de las cosas, debes por eso mismo encontrar dentro de ti un espacio más hondo" (K. Wojtyla, Poesías, Madrid 2005, 44).

Juan Pablo II posee una delicada conciencia sobre el ser humano y su dignidad, y encuentra en Cristo la clave de su comprensión. Admirable, aquí, su vuelta a temas que le fascinaban: la corporeidad, la temporalidad, el existente concreto: "¡No separes jamás a los hombres del Hombre que se ha hecho Cuerpo en la historia de ellos: la esencia humana no podrá ser salvada por las cosas, sino únicamente por el Hombre! Henos aquí, frente al pasado, a las puertas del porvenir, que se cierra para nosotros y al mismo tiempo se abre. No encerremos la unicidad de los que van y los que vienen en una conciencia abstracta: en ellos pulsaba la vida, fluía la sangre caliente" (ibid., 109).

 
Una bondad serena y luminosa
25-abril-2014
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Juan XXIII siendo Patriarca de Venecia

El Papa Juan XXIII, que goza de una particular devoción en su tierra de origen, es recordado ante todo como el "Papa bueno". A pesar de haber seguido una carrera diplomática, en tiempos y sitios de particular complejidad, y que su indiscutible inteligencia era desbordada por una gentileza cultivada y exquisita, las causas de su canonización deben encontrarse en la intimidad que logró con Jesucristo. Su pontificado fue muy breve, y sin embargo marcó a la Iglesia no sólo con la convocatoria del Concilio Vaticano II, sino también con su estilo personal caracterizado, justamente, por la bondad. Rasgo distintivo que cultivó durante su vida, pero que alcanzó sus mejores frutos en su período como Papa.

El mejor retrato de su talante espiritual lo encontramos en su Diario del Alma. Ahí podemos reconocer cómo la manifestación exterior de sus relaciones humanas prolongaba la relación con Dios. "En el trato con los demás, siempre dignidad, simplicidad, bondad: bondad serena y luminosa. Y luego manifestación constante del amor a la Cruz: amor que cada vez más me desapegue de las cosas de la tierra; me haga paciente, inalterable de carácter, que me olvide de mí mismo, siempre alegre en las efusiones de la caridad episcopal" (n. 650).

Esta disposición se aterrizaba en los detalles. "Mucha discreción e indulgencia en el juicio de los hombres y de las situaciones; inclinación a orar especialmente por quien sea para mí motivo de sufrimiento; y luego en todo, gran bondad, paciencia sin límites, recordando que cualquier otro sentimiento no es conforme al espíritu del Evangelio y de la perfección evangélica. Con tal de que triunfe la caridad a toda costa, prefiero ser tenido por poca cosa. Me dejaré aplastar, pero quiero ser paciente y bueno hasta el heroísmo. Sólo entonces seré digno de ser llamado obispo perfecto, y merecedor de participar en el sacerdocio de Jesucristo" (n 691).

 
Via Crucis
18-abril-2014 19:19
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Camino de la Cruz. Itinerario de Jesús desde su condenación hasta su descendimiento. Compañía en las "estaciones", cada una de las cuales da ocasión para una reflexión que incorpora las enseñanzas del maestro a la espiritualidad y a la vida cotidiana.

Hay otro sentido posible. La Cruz como camino. No mirar el desplazamiento que Jesús sigue con ella, sino mirarla a ella como senda. "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6), dijo el Señor. Y lo hizo tras la pregunta de Tomás, cuando Él había anunciado su ascenso al Padre. "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?" (Jn 14,5).

El camino es la Cruz. Cumple la figura de la escala abierta al cielo, mirada por Jacob en sus propias jornadas (cf. Gn 28,11-19). Así lo demuestra la apropiación que de ella hizo, ya en clave cristológica, el evangelista san Lucas al narrar el martirio de Esteban. No murió en cruz, en sentido estricto, pero su lapidación fue la primera participación discipular en el camino de la Cruz. "Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios" (Hch 7,56).

 
Vigilancia
11-abril-2014 10:38
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Caspar David Friedrich, Salida de la luna en el mar

La advertencia de san Pedro reza así: "Sean sobrios, estén despiertos" (1P 5,8). Una expresión cercana se encuentra en la admonición de Jesús a los discípulos durante la noche del huerto: "Velen y oren, para que no caigan en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil" (Mt 26,41). "Velar" o "estar despiertos" utiliza el mismo verbo (gregorein), que también puede traducirse como "vigilar", mantener la atención en la noche.

Pero la idea de la vigilancia se encuentra de igual modo en la sobriedad de la primera frase. De hecho, sobre dicho concepto (nepsis) los padres del desierto construyeron buena parte de su espiritualidad. Incluso llegó a llamárseles "padres népticos". El pequeño glosario que acompaña una versión castellana de la Filocalia la describe en estos términos: "Es una especie de ayuno espiritual que consiste en custodiar el intelecto, la mente y el corazón no alterados ni excitados por las pasiones ni por las distracciones, a fin de permitir al hombre permanecer en la oración" (Filocalia I, Buenos Aires 1982, 41).

Para quien desee introducirse en una vivencia auténtica de la Semana Santa, tal es la adecuada disposición interior. No puede observarse desde fuera, como un espectáculo. Quien así lo hiciera, lograría una visión interesante, pero no se integraría al misterio. Sólo la entiende en realidad quien participa, quien se incorpora espiritualmente al acontecimiento, quien se lo apropia o, dicho mejor, quien se dispone a ser apropiado por él. Y para ello hace falta una peculiar atención, una solicitud personal para abocarse a aquello que se ha reconocido valioso.

 
Profundidad
04-abril-2014
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Fra Angélico, San Jerónimo

La oración le da profundidad a la vida. Evita que las decisiones se precipiten, que las dificultades nos desorienten, que las sorpresas nos arrebaten la paz. La oración nos coloca delante de la sonrisa permanente del buen Dios, que no deja nunca de anunciarnos su amor. Nos conforta en las tristezas, nos impulsa en las batallas, nos da la certeza de su dulce compañía.

En la Cuaresma, la oración cobra el rostro de la Palabra como iluminación para el camino de la existencia. "Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero" (Sal 119,105). La fuerza de la palabra de Dios proviene justamente de su capacidad de penetrar hasta lo más hondo de nuestra profundidad como personas. "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas" (Hb 4,12-13). La lectura orante de la Sagrada Escritura, especialmente de los Evangelios, es por ello una de las acciones privilegiadas de este tiempo litúrgico.

El que faculta a recibir la palabra de Dios como tal y acogerla en la fe es el Espíritu Santo, quien también es descrito en la Escritura en la clave de la profundidad. "Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Pues, ¿quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios. Pero nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que viene de dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos" (1Co 2,10-12).

 
Sentido
28-marzo-2014 13:19
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Gioachino Assereto, Moisés sacando agua de la roca

¿Estamos suspendidos en el vacío? ¿Es la nada lo que nos rodea, lo que precede nuestra existencia y lo que continúa después de ella? El desierto cuaresmal nos plantea francamente la cuestión. Y nos mueve a pronunciar, madurando los balbuceos infantiles, una profesión de fe: hay un sentido. Y esta convicción no se estaciona en el nivel teórico: se vuelve invocación, diálogo con la trascendencia, oración.

El "sentido" aplicado a la vida (el "sentido de la vida") expresa una doble connotación: por un lado, el significado y el valor de la existencia personal, y por otro, su razón de ser, su finalidad y su destino, su orientación. En su primera acepción, contiene la sorpresa del estar vivo, la densidad del presente, la armonía con el entorno dentro del cual nos situamos, la intensidad de la propia identidad, que nos afirma. En la segunda, la memoria de un origen que siempre nos antecede, la integración de una historia que nos va configurando, la orientación hacia un destino que misteriosamente nos compete y se nos escapa, incontrolable. La primera evoluciona a partir de la constatación: "soy", hasta la pregunta: "¿quién soy?" La segunda abre la puerta a la ultimidad: "¿para qué?"

Nuestra cultura ha conocido dos trampas: la de la ausencia de sentido, que degrada hasta la depresión y la desesperación; y la de la pretensión de ser totalmente artífices del sentido, como si todo dependiera de nuestra creatividad. Tal vez han sido la respuesta a otro tipo de engranajes sociales, que dieron certezas a la libertad a costa de sacrificarla, ofreciéndole un sentido impuesto, como si en él la propia participación debiera ser descartada.

 
Necesidades
21-marzo-2014 12:20
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Vincent Van Gogh, El buen samaritano

Lázaro está a la puerta (cf. Lc 16,19-31). Con su hambre, su esperanza, las llagas en su carne, su soledad. Cerca. Muy cerca. El Evangelio lo presenta como signo divino, interpelación a la acción solidaria y a la comunión. El éxito o el fracaso ante Dios de la propia existencia se juegan en referencia a él. "Vengan, benditos de mi Padre… Porque tuve hambre y me dieron de comer" (Mt 25,34-35).

No se trata, por supuesto, de la cómoda ética indolora que busca ayudar de lejos, sin ensuciarse las manos. Tampoco de la autocomplacencia que se gratifica a sí misma por la propia generosidad. La cuestión mira al hermano en su indigencia real, y vibra con él, entra en consonancia con él, se compadece. Y entonces se compromete también con él. Actúa a su favor.

Hay una crítica racional a la compasión, que se justifica porque el asistencialismo favorece que la necesidad se prolongue y no se resuelva. Es verdad que hay que promover al hombre, propiciando que cada uno esté en condiciones de caminar con sus propios pies. Pero tampoco pueden cerrarse los ojos ante quienes sucumben bajo el peso de una inercia que no les permite recuperarse de la desgracia. Ninguna de las grandes utopías sociales de la humanidad ha logrado desterrar la necesidad.

 
Excesos
14-marzo-2014 22:26
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Cañón del Sumidero

Todo exceso termina en basura. Y es cadena de ocultas esclavitudes. Veleidad, superficialidad, frivolidad. Una mente estancada en banalidades y un corazón hartándose de vacíos.

La Cuaresma persevera en el ayuno como escuela de realismo. No para renunciar a la alegría de las satisfacciones, sino para no estacionarse en espejismos inútiles.

"No sólo de pan vive el hombre", dijo el nazareno (Mt 4,4). Y con ello no renunció a la bondad del pan. Ante multitudes hambrientas, lo repartió milagrosamente, y al fundar la memoria de su entrega en la Última Cena, lo consignó como el signo de su amor, la Eucaristía. La expresión la dijo cuando él mismo experimentó el hambre, y la pronunció solemne ante el Instigador morboso que buscaba aprovecharse de la indigencia para atraparlo. La estrategia diabólica -secular- de comprar a quien cae en desgracia a partir precisamente de su necesidad, que tantas veces vuelve a aparecer en las prácticas humanas -antihumanas- más innobles, fue vencida con un gesto de libertad interior: la renuncia a algo lícito. Un pequeño "no" que conquista el universo.

 
Lucidez
07-marzo-2014 20:04
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Joshua Reynolds, El Pequeño Samuel

Lucidez. Eso busca la Cuaresma. Ayudarnos a ver con claridad, a valorar con justicia, a reconocer el recto sentido. Aquí estoy. Existo. Y aunque en cada paso que doy estoy tan familiarizado con mi presencia, que no percibo ordinariamente su sorpresa, es un hecho que el universo entero podría funcionar sin mí. Con todo, soy parte del mundo. Y no sólo estoy en él. Una chispa interior me despierta para conocer que aquí estoy, para saber de mi existencia, para admirarme de ella y responsabilizarme de ella. Incluye muchas preguntas. Infinidad de ellas. Pero antes que nada me entrega a mí mismo como una compañía consciente, como un diálogo personalísimo, como una incansable permanencia. Mi realidad y la realidad se conjugan como una aventura apasionante. "Y vio Dios que la luz era buena" (Gn 1,4).

La lucidez, como la sabiduría, "es más bella que el sol y supera a todas las constelaciones. Comparada con la luz del día, sale vencedora, porque la luz deja paso a la noche, mientras que a la sabiduría no la domina el mal" (Sab 7,29). El hombre prudente la implora y sabe que ella lo guiará en sus obras y lo guardará en su esplendor (cf. Sab 9,11).

La luz abrasa cada célula de mis tejidos. Lo supo el profeta (cf. Jr 1,5) y lo cantó el salmista. "Señor, tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares" (Sal 139,1-3). Y ello se remonta a mi propio principio. "Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno" (Sal 139,13). Descubrirme vivo es también encontrarme con un saber que me antecede y sobrepasa, con una luz que está antes de mí y después de mí, abarcándome y trascendiéndome. Alguien que, como balbuceó Octavio Paz elevando los ojos al cielo estrellado, "me deletrea".



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Acerca del autor
 
Julián López Amozurrutia

Este espacio anhela ser una búsqueda compartida. Juan Pablo II decía que tenemos que dar el paso “del fenómeno al fundamento”. En el fundamento hay siempre buenas noticias: la de la vida humana, la de la dignidad de la persona, la de su trascendencia. Porque la realidad se nos presenta como un conjunto de VALORES por descubrir; porque la persona humana puede cultivarse en la VIRTUD; porque la mente se eleva hacia la VERDAD.

Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico. Hoy tengo la bella misión de acompañar como rector a los jóvenes que se preparan en el Seminario Conciliar de México.

Página personal: www.amoz.com.mx Twitter

 
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