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Ya vienen los días patrios, estamos en el mes de la Patria y a nuestro alrededor comienzan a pulular las banderitas tricolores, las trompetas, más tarde vendrán los sombreros y los gritos. Pero, ¿actuamos así porque somos nacionalistas, patriotas o patrioteros?
Empecemos por definir que es una Nación: en su acepción sociocultural es una comunidad que comparte características comunes. En México esas características comunes han sido creadas artificialmente, sobre todo a partir de la Revolución Mexicana, y aunque hoy pretendamos que el mariachi, la bandera y el idioma nos unen, esto es bastante nuevo se le compara con la larga historia de este territorio que hoy llamamos México.
En realidad somos un grupo de grupos, que pese a 500 años de esfuerzos no logra homogeneizarse, ni siquiera en lo lingüístico. Sin embargo las ideas importadas de Europa hicieron creer a los independentistas americanos (o novohispanos) que podríamos adoptar lo patrones que funcionaban en el Viejo Continente. Allá, los países se formaron básicamente a partir de naciones ya existentes. Es decir que ya había un grupo de gente que compartía lengua, religión, cultura y que a partir de esto decidía formar una país. En nuestro caso se hizo el país intentando unificar grupos humanos tremendamente disímiles. El resultado está a la vista: no tenemos un proyecto común de país porque México no es el mismo para los del Bajío que para los de Chiapas.
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| La primera vez que pisé suelo holandés fue un 5 de mayo de 1998. Todos me decían que había llegado cinco días tarde y me había perdido el Día de la Reina, que se celebra el 30 de abril. Tuve que esperar un año entero para tener la experiencia de la gran fiesta de los Países Bajos. Un día enterito en el que la gente sale a las calles a vender chucherías, comida, bebida y en el que se arma una fiesta en cualquier esquina; todo, además, sin pagar impuestos. Cuando vi lo que era de hecho esa famosa fiesta, no pude sino decir: “En México es Día de la Reina todos los días.” Me divertí, pero para mí eso era como estar en los exteriores de la estación del Metro Pino Suárez un domingo cualquiera.
El problema es que en nuestro país el relajo, entendido como falta de seriedad, barullo, relajación del orden, se ha convertido en nuestra forma de ser por antonomasia. Incluso muchas de nuestras fiestas populares carecen de orden (sí, en las fiestas hay una estructura y están organizadas de acuerdo a su objetivo) y son ya un mero pretexto para el relajo puro. Esto viene a cuento porque me enteré, como muchos de nosotros, de que en el Monumento a la Revolución de la Ciudad de México se reunieron unas 50 mil personas (más de 13 mil registradas) para bailar la canción Thriller, de Michael Jackson. De entrada no estoy de acuerdo en que aquello fuera una coreografía. Las imágenes muestran más bien un montón de gente reunida para echar, sí, relajo.
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La buena fortuna, de Eugenia Arenas |
Sí, ya sé que hace más de un año que cerraron el Run-Run, pero yo no termino de recuperarme de la noticia. Y no es que yo fuera cliente asiduo del mencionado cabaret, sino que su desaparición significó que en esta muy noble y leal Ciudad de México nos estamos quedando sin cabarets de verdad, de los tradicionales, con ambiente de fiesta eterna y noches llenas de sorpresas.
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Burkinis y nudista: contradicciones europeas |
Mucho se ha hablado de que los conflictos internacionales de este siglo serán (ya son) a causa de recursos naturales (el agua, sobre todo); pero poco se ha mencionado que el mundo se encuentra ya en un problema a causa del encuentro (uno más) entre el Islam y las culturas de Occidente.
Hace unos días me encontré con una nota que tras la inicial curiosidad se convirtió en un problema de fondo. Me refiero a que en una alberca pública de París se le prohibió la entrada a una musulmana que usaba un “burkini”. Sí, no es broma, los burkinis existen y según investigué han causado sensación en Europa porque han permitido a las mujeres que siguen rígidamente los señalamientos de vestido del Corán, tener acceso a playas, albercas y deportes acuáticos en general.
Un burkini es un traje de baño que sólo deja ver los pies, las manos y la cara, que se asemeja mucho a un traje de buzo. En otros países el conflicto que recién ocurrió en París ya se ha dado y se han tomado resoluciones. Por ejemplo, en Holanda la directora de una alberca municipal señaló que ver a mujeres vestidas así asustaba a quienes usaban trajes de baño “normales” y sugirió que asistan en horas y días especiales, como se hace con los “naturistas”, que nadan desnudos. El asunto fue llevado a juicio y el burkini ha quedado aceptado por considerarse que no daña a los demás y ayuda a la integración de las mujeres musulmanas a la sociedad. No creo que suceda lo mismo en París, en donde se le está dando batalla al uso del velo islámico en escuelas públicas porque atenta contra el laicismo al ser una señal evidente de creencia religiosa.
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Foto: Espacio Ciudadano de El Universal |
Me irritan profundamente los franeleros. Me refiero a quienes por medio de una cubeta, piedra o cualquier otro objeto, bloquean los sitios factibles de ser usados para estacionarse y permiten su uso a cambio de dinero. He visto como poco a poco la calle en la que vivo ha sido tomada por un franelero, quien ha ido extendiendo sus dominios agregando cada vez más cubetas. Pero el caso de mi calle no es la excepción sino la norma en esta ciudad en la que cada espacio está siendo privatizado. En las ocasiones que uso el auto (cada vez menos) procuro no entrar en sus dominios e irme varias calles más dentro, hasta donde su área de influencia no llega. Un amigo me ha dicho que así es en México, que me tengo que acostumbrar y que de no hacerlo solamente tendré enojos y frustraciones.
Casi nadie se enfrenta a ellos (yo lo he hecho muy pocas veces) por miedo a que dañen el auto o a que cometan cualquier otro tipo de tropelía como venganza por no ceder a sus peticiones económicas (ahora ya tienen tarifa). Casi ninguno habita en la zona que controla. Vienen de otros sitios y, como colonialistas del siglo XVII, reclaman las tierras que “descubren” colocando sus banderas rojas. Tienen poder, eso no hay que dudarlo, y si tuvieran realmente un lábaro, éste tendría en su escudo una franela y una cubeta.
Su táctica es la amedrentar, porque en las palabras “jefe”, “patrón”, “amigo”, uno puede escuchar las amenazas veladas y percibir el tono de la agresión pasiva: uno sabe que ninguno de esos nombres son reales y que son usados para señalar que quien manda es el que simula ser un vasallo. ¿De dónde les viene el poder? Y no me refiero ya al poder que surge de la fuerza, del daño posible, sino de ese otro que nos hace ceder a sus intenciones.
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El autor de este blog, en bicicleta |
Leí con mucho interés la serie de opiniones que dan en un foro los lectores de El Universal, acerca del uso de la bicicletas en la Ciudad de México, promovido por el gobierno de Marcelo Ebrard. La mayoría de quienes que rechazan este medio de transporte lo hacen porque consideran iluso, por decir poco, que uno pueda usar una bici en una urbe tan compleja, grande y agresiva como la nuestra. Quiero abonar a la causa de este artefacto de extraña forma y que para muchos de nosotros fue uno de los juguetes más deseados durante nuestra infancia.
Soy fanático de la bicicleta: la utilizo prácticamente a diario para transportarme en esta ciudad. Al principio tuve la sensación de que sería un asunto peligroso, que sería embestido por automovilistas, choferes de microbús y camiones. No ha sido así, y más bien es al contrario, porque si uno mismo va al volante, puede decidir qué hacer y qué no, mientras que como pasajero de una combi uno pone su vida en manos de gente que usa el camino con muy poca responsabilidad. A mí me da mucho más miedo viajar en el transporte público de esta ciudad que en mi bicicleta.
Otro de los argumentos en contra es el de las grandes distancias. Efectivamente, si uno vive en Satélite y trabaja en la Del Valle, una bicicleta no es la mejor solución. Y no la es en ninguna ciudad del mundo. En la mayoría de las metrópolis en las que la bici es usada masivamente, se emplea en trayectos cortos. La idea es acercarse a la estación del tren, Metro o Metrobús más cercana. Para ir a la UNAM, por ejemplo, yo la dejaba en las afueras de una estación del Metro, claro, hasta que fue robada del poste en donde la colocaba con dos cadenas. (Al rato entraré en este tema). Es en los trayectos cortos donde está la gran ventaja de este medio, ir al súper, a la papelería, la librería, el café, el banco, es más fácil y rápido de este modo. Y uno se ahorra mucho estrés.
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Esta semana me tocó viajar cerca de un famoso actor que fue galán de cine y televisión en los años sesenta y setenta. Escuché a una persona comentar, en voz baja, lo viejo que estaba el susodicho y que “sería mejor que ya no se dejara ver, para que se le recordara como alguna vez fue”. Una frase así, dicha al aire, parece ser sólo un comentario de chisme de revista de espectáculo, pero creo que va más allá, porque expresa una idea generalizada acerca de la vejez como algo malo, indeseable. Una especie de castigo que le sucede a uno por vivir de más.
Vivimos en una sociedad que adora la juventud, la exalta y coloca como al bien más preciado. Muchos productos culturales, especialmente los que tienen que ver con la mercadotecnia y el espectáculo, parecen querer congelar la edad del ser humano en el momento en que se es joven. Hay que conservar la piel lisa, brillante, sin manchas, a fuerza de cremas, tratamientos, pastillas y cirugías. Hacer como si los años no pasaran y nuestro tránsito por la vida no dejara huella en nuestros organismos. Me preocupa vivir en una sociedad como ésta, porque quizá cuando yo cumpla 70 u 80 años (si los cumplo) deba encerrarme en algún sitio recóndito para no molestar a los jóvenes con mi apariencia.
¿Por qué se ha convertido la vejez en algo indeseable? Quizá no es la idea de cumplir años lo que es rechazado por nuestros mercaderes de imagen, sino las características físicas que la edad trae consigo. Me explico: casi cualquiera desea vivir muchos años, pero cuando se piensa en los cambios que sufre el cuerpo, la longevidad se convierte en un proyecto difícil de realizar. ¿Sabes qué? Prepárate, cada vez vivimos más. Entre mis amigos hay al menos una decena cuyos padres ya rondan los 90 años con todos los problemas que esto conlleva.
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Renata Wimer y Luis Mario Moncada en Mamut. Foto: Aglae Abreu |
Cuando era niño veía desde el autobús, mientras pasaba por el rumbo de la Candelaria de los Patos, -un barrio del centro de la Ciudad de México- una carpa instalada junto a un parque. No se trataba de un circo, sino de una carpa como las que existieron en gran número durante la primera mitad del siglo pasado, en las que se presentaban espectáculos cómicos. Nunca fui. No pedí ir, y de todos modos tampoco creo que me hubieran llevado a ese recinto que desde la distancia ostentaba lo maltrecho y sucio de sus instalaciones. El teatro de carpa tenía la enorme virtud de poder llegar a casi cualquier sitio de la ciudad. Si la gente no iba a donde estaban los entretenimientos, los carperos los llevaban a donde estaba el público.
El sábado pasado vi una obra teatral que me recordó el momento que relato arriba, (aunque en este caso el espectáculo no estaba afuera, sino adentro) se titula Mamut. Está escrita por Omar Argentino Galván, dirigida por Marco Vieyra y Richard Viqueria, y actuada por Luis Mario Moncada y Renata Wimer (viernes y sábado, 21hrs). La función tuvo lugar en el interior de un trolebús estacionado en la esquina de Avenida México y Sonora, en la Colonia Condesa, del Distrito Federal. Para más señas, en la acera del Parque México y frente a la biblioteca. En dos hileras, frente a frente, separados por el pasillo central, los 35 asistentes fuimos partícipes de una obra construida en cinco historias, en la que hubo humor ácido, momentos álgidos, música y que me dejó una gran satisfacción como público. La actuación de Luis Mario Moncada es memorable. Claro, mientras la obra se llevaba a cabo, la gente se detenía a observar por las ventanillas, a veces por varios minutos y se iba con enorme curiosidad. ¡Es increíble todo lo que puede suceder dentro de un trolebús!
Unos días después me encontré con la publicidad de la obra El Refri, de Copi, con L. Gabriel Castillo, bajo la dirección de Amanda Farah, que se está presentando en Chilpancingo 123-8, un departamento de la colonia Roma. No he tenido oportunidad de ir a verla, (se presenta los viernes y sábado a las 20:30 hrs.) pero sin duda alguna iré, porque me seduce la idea de experimentar cómo un espacio destinado para ser habitado se transforma en una sala teatral. De hecho no hace falta más que público y actores para que se dé el fenómeno teatral.
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No lo sé. Me lo pregunto igual que muchos otros mexicanos, ahora que hay ejemplos de sobra para darnos cuenta que, como sociedad, se nos hace fácil no seguir las reglas. Ahí está el gobierno de Canadá diciendo que se ha abusado del derecho de asilo, el asunto del clavadista Yahel, que se presentó con aliento alcohólico, los cuestionables enroques planeados por López Obrador y su Pejuanito, las solicitudes de anulación de bodas eclesiásticas porque ahora ya no conviene que hayan existido, como las de La Gaviota (que ya se ve primera dama al lado de Peña Nieto) o la de Fox y Martita (de estos me espero todo). ¡Y qué decir de las guarderías subrogadas a puros cuates y parientes!
El caso es que como sociedad tenemos la tendencia a buscar las maneras de darle vuelta a la ley, de presionar, abusar del resquicio (que siempre habrá) o de pagar, porque tal parece que en este país todo tienen un precio. Y en este ensayo no me importa el protagonista de la historia, sino saber qué hace que este tipo de acciones sean tan comunes en México. Probemos un par de hipótesis.
1. Por la pobreza. Ésta hipótesis se cae de inmediato, porque si bien es cierto que mucha gente sobrevive infringiendo la ley, queda muy claro que la corrupción es ejercida también por los que más tienen. Ahí están nuestros industriales, a los que les devuelven muchísimo dinero de impuestos porque tienen abogados que buscan el famoso resquicio legal. Hoy en día la ilegalidad es una industria a la que se entra con inversiones muy altas.
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Orlan y sus transformaciones |
¿Qué habrá sido primero: los dibujos en cuevas o en sobre piel humana? Me inclino a pensar que antes que los primeros humanos se dieran a la tarea de pintar en las rocas, lo hicieron sobre el cuerpo de ellos mismos y sus congéneres. Pienso en esto porque se ha vuelto muy común que la gente use tatuajes como forma de expresión: uno es su propio lienzo, en el que se lleva la marca de fechas, nombres, figuras, signos. El ser humano ya no sólo produce la obra de arte, sino que puede, si así lo desea, transformarse en el contenedor material de su propio arte.
Y aunque esto es cada vez más común, no es ninguna novedad, sabemos que en muchas culturas antiguas se deformaba el cuerpo, se teñía la piel, los cabellos, los dientes, como formas de expresión cultural, casi siempre ligada a lo sagrado, aunque también por ideas estéticas.
A mí no puede dejar de sorprenderme cuando veo alteraciones en la piel, como las del llamado bodyart, que puede incluir, además de los tradicionales tatuajes y piercings, quemaduras, cortes controlados en la piel, introducción de piezas metálicas y prácticamente cualquier técnica con la que se intervenga el cuerpo.
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Alberto Castillo Pérez
Alberto Castillo es originario de la Ciudad de México, egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y de la Universidad de Amsterdam (Holanda). Ha ejercido como periodista cultural en Estados Unidos, Holanda y México.
Está convencido de que es necesario conectar al público con las manifestaciones culturales; el arte no es espontáneo, sino resultado de decisiones tomadas por la sociedad. Tiene la teoría de que en México hay actualmente un divorcio entre espectadores y autores; fenómeno que está provocando la extinción de los creadores y el resentimiento del público.
En este espacio desea eliminar la sensación de que el arte y los artistas pertenecen a un mundo de iniciados.
Síguelo en http://twitter.com/Metacultura
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