Entrañable por su sencillez, por su alegría, por su incansable sentido del humor, por su fina vida interior, el mártir Miguel Agustín Pro, sacerdote jesuita zacatecano, ocupa un lugar del todo singular en la difícil historia de México en tiempos de la persecución religiosa de principios del siglo XX.
Entre las perplejidades sobre el sentido de la vida y los sufrimientos interiores que más frecuentemente me encuentro, la mayor parte tiene su raíz en una pérdida de la intimidad. Personas que experimentan una gran dificultad para estar solas y otras que viven una intensa red de contactos humanos pero que terminan el día confesando el abatimiento de una franca soledad.
“A lo que más miedo le tengo –me dijo una vez un seminarista– es a sentirme solo”. En esos mismos días, atendí por separado a unos esposos que deseaban un impulso nuevo en su vida matrimonial y familiar. Ambos coincidieron en que a pesar de sus esfuerzos por compartir la vida, por ceder ante los requerimientos del otro, la generosidad incluso por vencer resistencias y comprender las necesidades de su cónyuge, con frecuencia se descubrían insatisfechos, incomprendidos y con una fuerte frustración justo en el ámbito de la comunicación y del sentirse acogidos y valorados. La cuestión no se resolvía, por lo tanto, en razón de la opción matrimonial o célibe que hubieran podido asumir. Pero ¿dónde está la raíz de la cuestión?
Personalmente, creo que una de los eslabones de fondo en esta problemática se encuentra en el ámbito del acceso a la propia interioridad. Nos hemos aturdido por la cantidad de ruido que nos persigue, o al que hemos cedido inconscientemente entregándole nuestros espacios más íntimos. El ruido no sólo nos rodea: lo fabricamos, en ocasiones obsesivamente. Y ello nos aleja de nosotros mismos, y nos impide al mismo tiempo una comunicación eficaz y viva con nuestros semejantes. Tenemos sed de tocar nuestro propio corazón, pero hemos cerrado su pozo. No menor es el anhelo de establecer contacto real con el prójimo, pero se nos ha bloqueado el camino hacia el verdadero encuentro. Lo mismo tenemos que decir de nuestra relación con Dios.
Uno de los vínculos más nobles de la naturaleza humana, el de la maternidad, es también uno de los más vulnerables. Hay incluso quien anuncia en carteles: “¿Necesitas ayuda? Nosotros tenemos una solución…” Lo que se insinúa es la trágica “salida” al “problema” del embarazo. ¿Solución?
Una pregunta del todo válida palpita en estas situaciones, y se refiere a si existe una verdadera cultura de ayuda a las madres solteras. Sabemos que no es así. Sin embargo, también aparecen luces que brindan esperanza a quienes se sienten en un túnel sin salida.
Una de ellas es la obra que han iniciado en la colonia Santa Úrsula Xitla las Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Ellas, fundadas por la Beata Eugenia Ravasco, tienen como lema “Hacer el bien por amor al corazón de Jesús”. En esta casa se brinda una opción concreta para aquellas jóvenes que son madres solteras y que requieren el respaldo social para poder salir adelante como madres y como trabajadoras.
“Hay un niño en la calle”. De México a Argentina, Negra, con cempasúchil, llegando el Día de Muertos. Extraña conmemoración la nuestra, plenamente mestiza, que sobrevive a la colonización celta que globaliza unas sonrientes calabazas. Pero aquí los panteones se siguen pintando de amarillo.
(Te cuento una anécdota graciosa de esta temporada, Mercedes. Cuando yo vivía en Hermosillo, el nuevo director de la Alianza Francesa se entusiasmó al ver aquellas flores de color vivo, intenso, casi desvergonzado. Y ordenó que le tupieran el jardín con ellas. Ajeno a la cultura local, con muy saboyana alarma se enteró después que era la “flor de muertos”, y lamentó su torpe inversión. Nuestra tierra, generosa y sonriente, sigue gastándole bromas al extranjero, sobre todo en estos días).
Tuve la enorme dicha de estar en tu último concierto en México. Tú no eras –nunca fuiste, en ningún lado– extranjera. Mandaste entonces que quitaran el humo que te hacía toser, mientras pedías té. ¡Qué contraste el de tu voz, engolada como un zarape que cubre del frío, fuerte y acariciante, rebelde y sabia, con aquellos ataques momentáneos que arrancaban un aplauso solidario! Me conmovió en especial el “ángel de la bicicleta” –comentaste que la historia se refería al seminarista Pocho, que murió gritando “¡No tiren, que aquí sólo hay pibes comiendo!”–. Y pude imaginarme a más de un joven bueno, de los que hoy no faltan, que acompañan también en algún rincón de mi ciudad a nuestros escuincles.
Fuerte de temperamento, noble, corpulento, con modales campesinos, el joven flamenco José de Veuster ingresó al noviciado en Lovaina de la Congregación de los Sagrados Corazones (conocidos como los padres de Picpucs, por la calle en la que fueron fundados, en París), profesando los votos de la vida religiosa el 7 de octubre de 1860. Enviado como misionero a Hawaii, fue ordenado sacerdote en Honolulu el 24 de marzo de 1864.
La carrera hacia el 2010 ha disparado toda una serie de revisiones históricas, reflexiones culturales y posicionamientos políticos que inevitablemente tienen como contenido nuestra historia y nuestra identidad nacional. Aunque con frecuencia se repiten lugares comunes, también van apareciendo chispazos de mayor profundidad y lucidez.
Simplemente el pasado 12 de octubre dio lugar a la vuelta sobre el tema del significado de tal fecha, desde el ya desacreditado “día de la raza” hasta el no menos cuestionado “día de la hispanidad”. Del término “raza” se ha conocido una doble vertiente de investigación: la biológica –que en el género humano termina por descartar una verdadera subdivisión racial– y la cultural –en la que las fronteras entre determinados grupos étnicos resultan inevitablemente cada vez más indeterminadas–. Los seres humanos tenemos entre nosotros más elementos en común de los que imaginamos, pudiendo hablar cabalmente de una verdadera familia humana, por encima de los contrastes y diferencias. Pero esas diferencias realmente nos permiten descubrir los rasgos de nuestra propia ubicación en el conjunto de la aventura humana, y nos podemos aferrar a ellas para cumplir tanto la necesidad interior de reconocernos a nosotros mismos como la del sentido de pertenencia a un grupo determinado.
El Congreso Guadalupano que anualmente se lleva a cabo en la Basílica de Guadalupe abordó en esta ocasión la pregunta sobre la identidad nacional, en el marco de los preparativos para la celebración del bicentenario del inicio de la gesta de Independencia nacional y el centenario de la Revolución Mexicana. La temática más específica miró directamente la vinculación entre la Virgen de Guadalupe y la Identidad Nacional. Las conferencias se encuentran íntegras en la dirección electrónica de la Basílica.
El sexto y último capítulo de la Encíclica Caritas in Veritate lleva por título “El desarrollo de los pueblos y la técnica”. El documento concluye, así, con una valoración de la técnica como expresión de la creatividad humana, pero advirtiendo también sobre el peligro de falsear su auténtico sentido cuando se le reduce a una lectura materialista de la vida.
En primer lugar, se manifiesta la base antropológica de la técnica. “La técnica es un hecho profundamente humano”, pues en ella “se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia”. Es el hombre en cuanto ser espiritual el que puede “dominar la materia, reducir los riesgos, ahorrar esfuerzos, mejorar las condiciones de vida”. Aunque estas realidades se proyectan como una realidad objetiva, tienen su origen en un elemento subjetivo: el hombre que trabaja. “Por eso, la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo” (n. 69).
A partir de ello se advierte, sin embargo, que la técnica es ambivalente, pues se puede alentar la idea de que es una realidad autosuficiente cuando la atención se concentra en los “cómos”, dejando de tomar en cuenta los “por qués”. Siendo que la técnica nace de la creatividad de la libertad, en un momento dado se puede pasar a entender la libertad como algo absoluto, lo cual inevitablemente la convierte en un poder ideológico. “Esta visión refuerza mucho hoy la mentalidad tecnicista, que hace coincidir la verdad con lo factible”. No debemos olvidar que incluso ante las muestras más admirables de lo que el hombre es capaz de fabricar, detrás de todo avance tecnológico está el ser humano (n.70).
A sus 85 años, doña Estela está aprendiendo a tejer. Ahora hace un suéter para que su amiga, la hermana Olga, pueda cubrirse del frío que ya se avecina. Es una manera de expresarle gratitud y reconocimiento, de la manera más cotidiana y doméstica. Mientras tanto, Adela y María Luisa ven en la televisión una novela en compañía de todas sus amigas; otras rezan, cantan, juegan, conversan; decenas de historias se entrelazan en esta Casa que con todo derecho es llamada “hogar”, pues el calor de una familia que cobija y protege se experimenta en todas sus instalaciones.
La Casa Hogar para Ancianos Dauverre se encuentra al sur de la Ciudad de México. Ofrece atención a las personas de la tercera edad a cargo de las Religiosas Verónicas de la Santa Faz. Más de cincuenta ancianos reciben en ella diariamente atención física, médica, psicológica y recreativa. La gran mayoría de ellos se mueven en sillas de ruedas, pues la avanzada edad no les permite desplazarse con facilidad. Sin embargo, las discapacidades y padecimientos propios de la edad no son motivo para hacer de la casa un lugar lacónico o triste; al contrario, al entrar en ella se respira un sereno ambiente de alegría y amistad. Cada uno de sus habitantes colabora para lograr un espacio de cercanía, respeto, apoyo mutuo y sentido del humor.
A muchos de los residentes los visitan periódicamente sus familiares. Con ellos comparten las experiencias que acumulan a lo largo de su estancia en la Casa Dauverre. Sin embargo, hay otros, como doña Agustina (pseudónimo), quien hasta hace unos años entregaba toda su vida en beneficio de su familia, que se encuentran ahora olvidados y abandonados, como si la historia hubiese borrado de sus líneas el recuerdo de su nombre y de su rostro. Pero ahí están, repitiendo esta realidad constante y desconcertante de la gran ciudad, que al avanzar entre ruidos ensordecedores confina a muchos de sus habitantes al peligro del aislamiento por la indiferencia y el egoísmo.
«Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad» (n. 53). Así inicia el Papa Benedicto XVI el quinto capítulo de su encíclica social. Podría sorprendernos, al parecer una afirmación que tiene que ver con la esfera privada de las personas. Pero lo cierto es que de ella deriva una importante enseñanza para entrar al tema de la necesaria colaboración de la familia humana. «Ciertamente –continúa el texto–, también las otras pobrezas, incluidas las materiales, nacen del aislamiento, del no ser amados o de la dificultad de amar. Con frecuencia, son provocadas por el rechazo del amor de Dios, por una tragedia original de cerrazón del hombre en sí mismo, pensando ser autosuficiente, o bien un mero hecho insignificante y pasajero, un “extranjero” en un universo que se ha formado por casualidad» (n.53).
Lo cierto es que esta alienación exige que el hombre reconsidere la relacionalidad como un elemento esencial de lo humano (cfr. n. 55). No son pocas las culturas y religiones que consideran la fraternidad y la paz, la vocación a la comunión, el descubrimiento de la humanidad como una verdadera familia, establecida en una unidad fundamental, como un elemento de suma importancia para el desarrollo humano integral. Pero también es cierto que “el mundo de hoy está siendo atravesado por algunas culturas de trasfondo religioso, que no llevan al hombre a la comunión, sino que lo aíslan en la búsqueda del bienestar individual, limitándose a gratificar las expectativas psicológicas” (n.55). Por otro lado, existe un cierto sincretismo religioso –uno de los productos no necesariamente benéficos de la globalización– que tiende a favorecer la dispersión y la falta de compromiso.
Es por ello que el verdadero desarrollo integral del ser humano necesita de las religiones y culturas de los diversos pueblos, pero éstas deben ser adecuadamente discernidas, de modo que se ubiquen en un verdadero servicio al ser humano. Así ha de entenderse la esfera pública que las religiones –relación humana con la trascendencia– reclaman para una participación razonable en el desarrollo (cfr. n. 56). «La negación del derecho a profesar públicamente la propia religión y a trabajar para que las verdades de la fe inspiren también la vida pública, tiene consecuencias negativas sobre el verdadero desarrollo. La exclusión de la religión del ámbito público, así como el fundamentalismo religioso por otro lado, impiden el encuentro entre las personas y su colaboración para el progreso de la humanidad. La vida pública se empobrece de motivaciones y la política adquiere un aspecto opresor y agresivo» (n. 56).
Aunque escuché hablar de él desde niño, su figura me resultaba ajena y, de alguna manera, temible. Se hablaba de un sacerdote estigmatizado –es decir, que habría recibido el don sobrenatural de llevar en su cuerpo las huellas de las heridas de Cristo crucificado–. El rostro que veía en las fotografías me parecía duro, tosco, de ninguna manera atractivo.
Fue sólo la labor paciente y sincera de un grupo de fieles umbros, de Narni, que se reúnen como “Grupo de Oración Padre Pío” cada día 23 de mes, para rezar el rosario, la que me fue introduciendo en el reconocimiento de este apasionante ejemplo sacerdotal.
Este espacio anhela ser una búsqueda compartida. Juan Pablo II decía que tenemos que dar el paso “del fenómeno al fundamento”. En el fundamento hay siempre buenas noticias: la de la vida humana, la de la dignidad de la persona, la de su trascendencia. Porque la realidad se nos presenta como un conjunto de VALORES por descubrir; porque la persona humana puede cultivarse en la VIRTUD; porque la mente se eleva hacia la VERDAD.
Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico. Hoy tengo la bella misión de acompañar como rector a los jóvenes que se preparan en el Seminario Conciliar de México.