Siempre he pretendido que no, pero la verdad es que las fechas sí me importan. Hago como que no pasa nada, pero sí siento algo cada vez que cumplo años o llega el Año Nuevo, e incluso cada vez que llega el 12 de diciembre, o el 20 de noviembre, como mañana, que es aniversario 99 de la Revolución Mexicana. Claro que en esta ocasión, y con los festejos de los centenarios ya encima, la fecha tiene más peso. Y la primera pregunta que emerge es fácil, aunque de respuesta complicada: ¿Sirvió de algo la Revolución?
Pienso que sí, que sirvió, y de mucho, porque echó a andar un proyecto de país; que ese proyecto se haya quedado en el camino, es otra cosa, pero la realidad es que hubo pensadores encargados de darle rostro a un país que tras 100 años de independencia seguía manteniendo un régimen semifeudal que no permitía el desarrollo. Ahora, a la luz del tiempo, los historiadores le han construido cierta estructura a un movimiento que, según algunos, no fue sino un montón de enfrentamientos a los que al principio no se les veía ni pies ni cabeza. De ahí el popular nombre de “la bola”. ¿Tú para qué crees que sirvió la Revolución?
Lo que es mucho más evidente es que tras la Revolución, ya pacificado el país, hubo administraciones preocupadas por crear una idea de México conveniente para el proyecto de país. Estas ideas pasaron por el arte, de ahí que el Palacio Nacional esté cubierto de murales, y que se haya dado impulso a la música que retomaba sonidos considerados autóctonos, por ejemplo. Nos llenamos de algo a lo que se llamó “nacionalismo”. Se crearon instituciones que todavía existen y se definió a grandes rasgos el camino del país y sus recursos humanos y naturales.
Un amigo me comentó ayer que un alumno suyo, de origen alemán, estaba muy sorprendido de que ante la subida de impuestos, los mexicanos no hayamos salido a las calles a protestar. El chavo estaba muy interesado y, sobre todo emocionado, por presenciar las manifestaciones del SME de ayer. Sin embargo su pregunta y , sobre todo, algunas opiniones del blog de la semana pasada me han hecho pensar en por qué sólo nos quejamos y no actuamos. ¿Por qué nuestras palabras, o nuestras emociones (como comentaba la semana pasada) no se convierten en acciones? En pocas palabras, ya nos enojamos, ya nos ofendimos, ya nos vieron la cara, ¿y luego? (¿Te acuerdas de: “Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear…”?)
Por supuesto estoy generalizando, hay muchas organizaciones con fines específicos surgidas a partir de molestias, creencias, causas, pero esa misma generalización no la puedo hacer para decir que los mexicanos somos un pueblo participativo, que convierte sus molestias y quejas en acciones para conseguir un mejor estado de cosas. ¿Por qué? Ensayemos respuestas.
La primera que se me viene a la mente es que tenemos muy poca capacidad de organización. Lo cual es fácilmente comprobable: intenta poner a la gente de acuerdo en pintar el condominio, lavar el patio, ordenar los autos en el estacionamiento o cualquier otra labor de convivencia cotidiana. Lo más probable es que acabes de pleito ¿y luego? Pues a la inmovilidad, porque como no nos gusta andar de pleito con nadie, pues mejor que cada quien se rasque con sus uñas. A vivir puertas adentro; afuera, que el mundo se caiga. Aunque después, cuando uno salga al mundo (porque tiene que salir) aquello sea un caos ejemplar. ¿A quien le echo la culpa?
A emocionales nadie nos gana y menos a la falta control de esas emociones. Nuestra cultura hace un alarde más sobre cómo sentimos que acerca de cómo somos. Y, sin embargo, tenemos muy poca educación acerca de qué hacer con las emociones, para qué sirven, de qué están hechas y, muy importante, para qué nos sirven.
Una cosa es el sentimiento, esa forma de experimentar algo, la tristeza, por ejemplo, y otra la emoción, una forma compuesta de sentimientos que se mezclan, confunden, van y vienen. Algunos estudiosos las llaman emociones y emociones compuestas, pero yo prefiero referirme a sentimientos y emociones, porque pienso que así los llamamos comúnmente en México.
Y traigo esto a colación porque los recientes resultados de las sesiones en la Cámara de Diputados y el Senado (en las que nos pusieron una impuestiza) han dejado un reguero de mexicanos aquejados de diversas emociones. En general hay mucho enojo, pero mezclado con tristeza, desazón, desgano, desengaño y otra serie de sentimiento que nos dejan en un estado de emocionalidad plena. ¿Y luego?
Se ha escrito mucho acerca del tiempo y de su relación con nosotros. Hay quien dice que somos tiempo. También he escuchado que el pasado no existe, el futuro tampoco y que no somos sino presente continuo. Sin embargo tenemos la memoria, una función humana que nos permite saber quiénes somos, recordar de dónde venimos y, por qué no, a partir de ahí planear hacia dónde vamos.
¿Qué tanto planificas de tu vida? Yo intento hacerlo lo más posible, pero a veces resulta un tanto frustrante porque en nuestra sociedad es difícil saber qué va a suceder mañana. Estamos llenos de imprevistos. De hecho uno sabe a qué hora sale de casa, pero no a qué hora volverá. Las calles de la Ciudad de México (y de muchas otras ciudades del país) son una aventura de pronóstico reservado.
¿Y qué me dices de cuando intentas organizar algo (desde fiesta hasta junta de trabajo)? ¿No te cuesta trabajo compaginar horarios, compromisos, ideas? Al final uno termina por hacer las cosas como mejor se puede, resolver lo inmediato, dejar a un lado lo que puede esperar unas semanas o unos meses. Y quién sabe cómo, pero al final las cosas resultan más o menos bien.
A veces pienso en todo el arte, toda la literatura que ya existía antes de que yo naciera y en la dificultad de siquiera vislumbrar parte de ese conocimiento. Además, hay que estar al día de las nuevas novelas, textos poéticos, obras de teatro, exposiciones. ¡Hay tanto por ver, no sólo hacia al pasado sino también en el presente!
Claro, lo más fácil es estar al tanto de lo de hoy, revisar carteleras, ir a las mesas de novedades en las librerías, asistir a ferias y presentaciones. Sin embargo, respecto al arte de hoy, a la cultura de hoy, me queda la duda de si estoy viendo reflejado en éste al México de hoy. A simple vista, mi respuesta es “no”. Los debates políticos y sociales son más evidentes en medios como el periodismo, en los blogs, en radio y televisión. Encuentro muy poca relación entre propuestas artísticas y el momento actual de nosotros los mexicanos. ¿Me equivoco?
¿Dónde está la música que hable de lo que hablamos tanto en los blogs? Los chavos que tienen tomado el auditorio en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM siguen reciclando viejos emblemas, consignas, incluso la música.
Supongo que te enteraste de que una activista señaló que interpondría una demanda contra Gabriel García Márquez por la eventual realización en cine de su novela Memoria de mis putas tristes por considerar que "promueve, glorifica, el tener a niñas en prostíbulos para ser accedidas por el poder".
Parece una broma de mal gusto, pero el gobierno de Puebla había señalado que financiaría esta coproducción entre México, España y Dinamarca que contaría con la participación del realizador danés Henning Carlsen y Jean Claude Carriere, guionista francés que trabajó al lado de Luis Buñuel. El gobierno de Puebla ya ha retirado el anunciado apoyo a la película y la productora ha dicho que retrasará el proyecto para reevaluarlo económicamente. Sin duda las presiones de las ONG auguraban un muy mal futuro comercial para una película que nacía con mala estrella.
Creo totalmente en la necesidad del activismo para llamar la atención acerca de temas que de otro modo pasan desapercibidos; sin embargo en este caso los proyectiles han golpeado en un sitio errado. La suspensión del filme no significa que las redes de pedofilia dejen de existir, ni que se haga una investigación de lo denunciado por Lydia Cacho en Los demonios del Edén, y sí, en cambio sienta un mal precedente en lo que se refiere la libertad de tratar temas dentro del arte. Bajo esta lógica, habría que prohibir libros como Lolita, de Vladimir Nabokov, (en donde por cierto la relación sexual sí se consuma, a diferencia de lo que sucede en Memorias…) e incluso textos de la Grecia clásica, en los que se habla del amor entre hombres mayores y jovencitos. ¿Y qué decir del famoso Marqués de Sade? ¿Prohibirán que se vendan libros de Bataille porque “promueve” el incesto?
Leí con una mezcla de horror y curiosidad la nota en la que se comunicaba que un grupo de padres de familia de Guanajuato había quemado, por considerar que contiene información contra su moral, los libros de texto de biología en los que se habla de la reproducción humana. Recordé otras quemas de libros: los de Salman Rushdie en países islámicos, pero también las efectuadas por la Inquisición en la época de los libros prohibidos. (Esto me demuestra que seguimos en la época del libro como objeto contenedor de cultura, nadie quema un CD, o hace “quemas” virtuales de páginas de internet.) En realidad, si a cualquier persona le preocupa que se dé a los niños información errónea sobre la sexualidad, debería ocuparse de los contenidos en internet, que es donde, a la distancia de un clic, se pueden encontrar todas las filias y fobias.
El caso es que la quema de estos libros en Guanajuato me hizo pensar en ese México, el de los cristeros, el que tiene una idea de la vida en la que una interpretación de la religión católica es el timón principal. ¿Tienen razón? Aquí, antes de echar por delante mis propias ideas, me propuse ponerme en su lugar. ¿Qué tal si yo tengo la idea de que un dibujo de los órganos sexuales es la puerta a la perdición de mi alma? ¿Se me deba tachar de retrógrada, de atrasado, de “mocho? Sin duda la primera tentación es la de descalificar; pero, por qué no pensar que para alguien que cree eso firmemente una transgresión de este tipo es algo contra lo que debe luchar.
Quizá el problema es que no nos hemos atrevido a reconocer que hay muchos tipos de mexicanos, y que cada uno tiene el derecho de vivir en este país de acuerdo a su moral. El reto está en construir un Estado en el que quepamos todos, independientemente de que se trate de proabortistas o defensores de la vida desde la concepción (entendida desde la óptica católica). Es curioso que entre grupos de izquierda se defienda a ultranza todo lo que tiene que ver con usos y costumbres indígenas y por otra parte se desprecie lo relacionado con las creencias de algunos grupos religiosos.
Me negué sistemáticamente a ver el video del ya conocido como “asesino del Metro”. He quedado hastiado de acercamientos o close up a sucesos violentos. De hecho esta sensación se manifiesta físicamente: es exactamente como cuando uno ha comido demasiado de algún alimento y está más que saciado; un poco más puede provocar dolor e incluso vómito. Sin embargo la repetición de las imágenes en periódicos, revistas, noticiarios, provocó que mis deseos de no ver el mencionado evento fueran infructuosos.
La pegunta que me hago y que te hago es: ¿necesitamos de verdad conocer estas imágenes? ¿No bastaría con que describieran el suceso? Como diría el Caníbal de la Guerrero: “vamos por partes”: ¿por qué estamos tan invadidos de este tipo de imágenes violentas? La respuesta, creo, es evidente: porque estamos inmersos en un contexto de violencia, se generan todos los días y hay un mercado que la consume. Nos sentimos con miedo, vulnerables ante un entorno con un gran mercado del crimen y, al mismo tiempo, agradecidos cada vez que uno mismo o el ser querido vuelve a casa con bien.
Dicen que el fenómeno de la exhibición del daño al otro funciona de manera inconsciente como una especie de alivio de que ése (el que muestran las fotos del diario o los videos de la tele) no sea uno mismo. Es, pues, una forma de afianzarse a la vida, al ver la mala suerte del otro. Seguramente lo explico de modo muy esquemático, pero es una teoría con la que intento explicarme por qué tenemos afecto por lo mórbido, lo relacionado con la muerte, con el thánatos.
Fui al cine, cosa que no tiene nada de especial. Tuve que soplarme al menos diez minutos de comerciales, cosa que tampoco resulta extraña. Sin embargo me llamó mucho la atención que la mayoría de los anuncios estuvieran destinados a causas sociales. La idea es que compres algo y ellos, los que pagan esos espots, darán dinero a buenas causas. Lo que no entiendo, es por qué si esas empresas quieren donar no lo hacen con su propio dinero. De hecho tengo la impresión de que nos utilizan vilmente para levantarse el cuello y decir que sí se preocupan por los desfavorecidos.
Hace algunos años, cuando vivía en Holanda, estalló un escándalo acerca de la asociación Foster Parents Nederland, una empresa social que pide dinero para ayudar a niños, especialmente en África, aunque también en Asia y Latinoamérica. Probablemente conoces el modo en que operan: hacen costosos programas en los que alguna figura pública pide que entregues una cantidad mensual, que es descontada automáticamente de tu cuenta, para apadrinar a algún niño. Tú podías elegir al niño que deseas apoyar y ellos te enviaban una foto y una carta del infante cada año. La carta no iba dirigida a ti específicamente (vaya, no llevaba tu nombre) y tampoco se te permitía saber los datos del pequeño, esto, con el argumento de que no se debía interferir en su contexto social y familiar.
Finalmente se descubrió que del dinero donado, menos de la mitad se usaba para el propósito que había sido entregado (alimentación, educación, vestido) y el resto era usado por la propia organización para pagar altos sueldos, viajes, investigaciones, oficinas (suena como a México). El sueldo del director de esta organización era en 2002 de 18 mil euros mensuales por un empleo de medio tiempo, al que debía acudir sólo tres veces por semana. Además el dinero nunca llegaba específicamente al niño que habías elegido, sino que era repartido en una comunidad o en programas implementados por Foster Parents. El engaño estaba en que el donante era invitado a elegir a un infante por medio de foto, con lo que se usaba su emoción, y se le hacía creer que la ayuda era entregada particularmente a su apadrinado.
Los estereotipos, como el famoso pachuco o el peladito, sirven a la sociedad para identificar a personajes que le dicen mucho de sí misma. Son esos espejos en los que nos vemos y reconocemos los defectos, la virtudes y a partir de los que creamos una idea propia e incluso de toda una nación. Los anuncios de los nuevos impuestos, especialmente el llamado “impuesto para la pobreza”, me hizo pensar en la imagen del mexicano pobre y en su permanencia como idea, casi estereotípico, dentro de la cultura mexicana.
Al pobre se le puede reconocer fácilmente en las caricaturas de los periódicos, ya sea en su representación urbana o rural. Lleva invariablemente la ropa raída y en el rostro un gesto rencoroso y triste a la vez que recuerda a los campesinos de la época de la Revolución. De algún modo este pobre de hoy es hijo de esos otros pobres que tienen ya una genealogía en la historia de México.
Pero ese pobre solamente existe si existe su contraparte: el rico. ¿Te puedes imaginar un México sin pobres? Yo, no. De algún modo la imagen de lo que somos actualmente gira alrededor de un México dividido, encontrado, en el que dos mitades se enfrentan siempre. Ahí está nuestra historia para probar que desde nuestro origen nos hemos contado la historia de dos mundos encontrados e irreconciliables. Los movimientos revolucionarios han modificado el panorama para que todo siga igual y surjan nuevos grupos encontrados, en el que siempre hay un vencedor y un vencido. ¿No es de algún modo el mismo esquema que sigue nuestro Juanito (sí, nuestro), el de Iztapalapa? Sabe que éste es el momento, que no habrá otro y que es su oportunidad de pasarse a la otra mitad, desde la que observará a los pobres, despojados, desclasados.
Alberto Castillo es originario de la Ciudad de México, egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y de la Universidad de Amsterdam (Holanda). Ha ejercido como periodista cultural en Estados Unidos, Holanda y México.
Está convencido de que es necesario conectar al público con las manifestaciones culturales; el arte no es espontáneo, sino resultado de decisiones tomadas por la sociedad. Tiene la teoría de que en México hay actualmente un divorcio entre espectadores y autores; fenómeno que está provocando la extinción de los creadores y el resentimiento del público.
En este espacio desea eliminar la sensación de que el arte y los artistas pertenecen a un mundo de iniciados.